El camarero entra y sale de la cocina sin apenas parar, llevando bandejas con bebidas y viandas. Cervezas, tortillas, quesos, vinos, embutidos o agua de saúco, siempre con una sonrisa y una palabra para cada une de sus parroquianes.
Pero, a veces, con más frecuencia a medida que avanza el día, se retira a un rincón de la cocina, oculto de miradas indiscretos, y dedica unos instantes a tranquilizar al niño asustado que vive en su interior.
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