
La nueva obsesión de la cultura es la creatividad
El actor francés Jean Paul Belmondo y la actriz estadounidense Jean Seberg improvisan. El camarógrafo Raoul Coutard y la asistente de guio Suzanne Faye se adaptan a las circunstancias. El productor Georges de Beauregard, además de desesperarse, también improvisa y se adapta. Porque el director de  bout de souffle, Jean-Luc Godard, no hace otra cosa durante los diecinueve días de rodaje de esa película fundacional del cine moderno que decidir durante el desayuno diálogos, escenas y opciones técnicas y aplicarlas –o no– durante las horas posteriores, en un vaivén caprichoso e intuitivo y arbitrario y genial que trata de captar –ni más ni menos– que el oleaje de lo real.






