Sin darnos cuenta, nos cercan las series perezosas. Fáciles de seguir en su estética y su -mínima- narrativa. Ficciones adultas desarrolladas de modo que las podrían seguir menores. Como si ya no maduráramos, como si nuestro peak fuese quedarnos con mentalidad young adult.
Producciones de alta digestibilidad que llenan no el estómago sino ratos, sin alimentar, y permiten a su vez estar en la pomada.
Siempre nos quedarán los aperitivos que dan todo sin renunciar a nada. Fáciles y contundentes. Esos que hacen viable lo imposible.
Maidagán y Montero llevan dos temporadas irreprochables demostrándolo en Poquita fe (que ya tiene versión alemana).
La ficción agarra el formato de comedia de situación con falso documental y lo saca a la calle, donde se empapa de costumbrismo y actualidad elaborando gags con ese material.
La segunda tanda del serial apuesta fuerte por una trama de temporada (las hay episódicas también) donde la vivienda es el eje de las situaciones y dislates. En cierta manera se puede entroncar con el drama social Cinco metros cuadrados (Max Lemcke, 2011). La casas de los padres llenas con sus vástagos de nuevo, personajes chispeantes colisionando, como esa panzona Julia de Castro que decide colaborar en casa fregando los suelos con el producto de sacar brillo a la plata y obliga a todes a caminar como patos.
Los chistes sobresalen en los capítulos, recuerdan a la parte más pulida de Aida (2005), que la tuvo. Especialmente memorable es el episodio 2x03 con sus pelusas-estepicursor (WTF!), la agobiante fiesta en el piso ("(Si tienes claustrofobia no puedes vivir en Madrid"), el cameo de Cobeaga, las llamadas desde el retrete o los seguratas reconvertidos en receptores de la wifi. Y al final, el escote en picha.
Sé que me arrepentiría pero tienta desear que dure para siempre.
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