La matanza fue la herramienta de restauración violenta del orden colonial capitalista. Con la anuencia de políticos profesionales, empresarios capitalistas y jerarcas religiosos, que sentían amenazados sus privilegios de clase no trabajadora.
Nada grande se hace sin alegría. Y aquella juventud era alegre, solidaria, comprometida. Decía que iba a hacer las más grandes cosas, y después las hacía. Prometió que iba a traer a #Perón de regreso, y cumplió. Anhelaba el pleno empleo para todos, y lo alcanzó apenas recuperada la democracia. Deseaba salarios justos, y los logró cada vez que se lo propuso. Porque era particularmente consciente de que no puede haber hambre en el país de los alimentos. La injusticia social, hoy en democracia como ayer en terrorismo de Estado, es un objetivo político arteramente planificado y no un efecto colateral indeseado. Por lo tanto, el país no es pobre, sino que es empobrecido.
Pero ese empobrecimiento planificado excluye al empresariado capitalista, que se beneficia del temor del obrero. La que se perdió fue la libertad política, democrática. No la de mercado. La noria capitalista no se detuvo.
Contra eso fue el terrorismo de Estado, contra la máxima socialización posible de un medio de producción, que es la propiedad estatal nacional, que hace dueños del mismo a los 42 millones de habitantes.
Por eso el terror y la privatización periférica a manos del golpismo militar y sus socios capitalistas.
El socialismo nacional pasó de utopía a realidad efectiva con las Sociedades y Corporaciones del Estado y el Delegado Obrero en el Directorio, creaciones de Juan Perón y La Tendencia de la Juventud Peronista. La fuerza de esas políticas, protagonizadas por la propia clase obrera #argentina, fue tan grande que la dictadura nos tuvo que masacrar para restaurar el orden conservador capitalista colonial. No nos derrotaron, nos exterminaron, que es muy distinto.











