INDIFERENTES AL VESUBIO

Para Carmen Codoñer y Miguel Signes

El sabio […] vive contento con los bienes
presentes, despreocupado del futuro.
SENECA. Sobre la felicidad

Indiferentes al Vesubio, pasan
la mañana en el puerto los tres gatos
tomando el sol de enero y su dulzura
intermitente. Solo uno mira
al mar, si es que lo mira, entrecerrados
o cerrados sus ojos. De los yates,
del agua plateada solo importa
la calma general. Si están absortos
en algún pensamiento o si dormitan,
no hay tanta diferencia. Están atentos
—pero de lejos— al rumor del mundo.
Tampoco el tiempo y la eternidad
resultan tan distintos, el secreto
es prescindir de las categorías.
Más que para la cámara del móvil
parece que posaran durante horas
para un retrato regio. Están perfectos
en una página de los Emblemas
de Alciato, bajo el rótulo latino
“Serenidad”. Los veo en un grabado,
en un tapiz normando, en el escudo
de la propia ciudad, imagen suya
para un logo moderno, alegoría
de la vida mejor. Los verdaderos
símbolos desconocen que son símbolos.

Texto: Juan Antonio González Iglesias, Nuevo en la ciudad nueva, Madrid, Visor Libros, 2024, pp. 35-36.

Imagen: Gatos indiferentes al mar.

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EL EMBALSE

La estructura es frágil. Apenas se sostiene.
Por eso los vecinos la observan preocupados:
temen que, en invierno, cuando el viento sople
o haga frío, su piel fina de polilla se deshaga
y el abrigo azul no le sea suficiente.
Debajo de la prenda están los brazos
finos como juncos. Está el corazón tenaz, el plano vientre,
los pausados y rítmicos latidos,
las rodillas, los muslos, los pechos diminutos
y blancos como almendras.
En el portal se abrocha los botones,
camina entre la luz generosa de la tarde,
se pierde entre la gente que ha salido
con motivo del buen tiempo y el jolgorio,
y cuando cae sobre ella
el peso de la mirada huidiza, del susurro,
sus párpados violáceos se pliegan débilmente,
y abrazan el llanto gris
como un muro de hormigón junto al embalse.

Texto: María Paz Otero, «El embalse», en Los Atormentados, Madrid, Ediciones Rialp, 2024, p. 49.

Imagen: Mujer víctima de violencia llorando.

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QUERIDO HERMANO

Querido hermano:
Tenemos que olvidarte porque sentimos miedo
aunque todo está en orden desde que tú te fuiste.
Los padres hablan alto para borrar el sitio
de tu silencio. Todos
vamos elaborando nuestra muerte, más seria
que tu vida, pues somos
más justos. Lo sabemos: todo el mundo lo dice.
Sólo yo pienso. Y dudo.
(Algunas veces siento la sangre dividida
imaginando un rostro no visto en el oriente:
el tuyo. Yo era entonces
muy niña y no recuerdo).
Vivimos solitarios, sombras entre la niebla,
caminando detrás de la primera sombra,
levantando los brazos de las llagas del cuerpo,
con la mirada vuelta a ningún horizonte.
Un aire de silencio nos vela la palabra,
aunque tenemos todos permiso para el grito
que traspase la idea en que no estés borrado.

¿Qué fuego descubriste?
¿Qué secreto te envuelve por la casa?
Si algunas veces siento que me falta un pedazo
de la tierra que piso, de la sangre que llevo,
de una parte de Dios, extraña y silenciosa,
pienso si se habrá ido contigo por el mundo
dejándome este hueco en la frente perpleja.

Texto: Julia Uceda, «Querido hermano», en Extraña juventud, Madrid, Ediciones Rialp, 1962, pp. 21-22.

Imagen: Mujer caminando entre la niebla.

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[EL AIRE ENTRABA EN MÍ SIN ENCONTRARME]

El aire entraba en mí sin encontrarme.
En el globo cautivo de mi pecho
me contaba las islas invernadas,
las agudas piteras, los barrancos,
los desmandados mares sin adioses.
Y persiguió los pozos de las venas,
las galerías de los instintos,
las puertas de las cámaras vitales.
Y se marchó de mí sin encontrarme.
Yo me hallaba tan hondo y tan espejo
que era invisible al aire.

Texto: Pedro García Cabrera, «El aire entraba en mí sin encontrarme», de su poemario Transparencias fugadas (1934). Lo cito por Poetas del 27. Antología comentada, introducción de Víctor García de la Concha, Madrid, Espasa Calpe, 1998, p. 749.

Imagen: Caspar David Friedrich, Der Wanderer über dem Nebelmeer (El caminante sobre el mar de nubes). Hamburger Kunsthalle (Hamburgo, Alemania).

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NUEVO MUNDO

Hay que nombrar
de nuevo
este nuevo mundo

Cuál es el nombre
de la luz,
olvido de lo oscuro
Tiene el verde
de la hierba
otro decir
más que verde

Llegará el viento,
traerá la tarde
y lo llamaremos
calma

Texto: Nerea Campos Godoy, La fe, Valencia, Editorial Pre-Textos / Ayuntamiento de Alcalá la Real, 2024, p. 55.

Imagen: Hierba agitada por el viento.

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[«¿QUE DÓNDE ESTOY ENTERRADO?»]

(Huerta de San Vicente)

¿Que dónde estoy enterrado?
Al lado de cada beso,
donde los enamorados
asombrados de Universo.

Texto: Antonio Hernández, Nueva York después de muerto, Madrid, Calambur, 2013, p. 119 (en el original, en el primer verso se lee «¿Qué dónde…», pero sobra la tilde en «Qué», así que la suprimo).

Imagen: Federico García Lorca, «El beso» (1927). Museo Casa de los Tiros (Granada, España).

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ESCALA DOUGLAS

Hay caridad en las olas.
Se llevan, no sé a dónde, las soledades tóxicas.
Quizás a algún depósito de infiernos.

Te toman la amargura,
la disuelven,
la lavan.

Trabajan como un músico las olas.
Son construcciones frágiles
de presente purísimo.
Su armonía liquida
todo tu sucio caos.
Trabajan como músicas.

Texto: Aurora Luque, Un número finito de veranos, prólogo de Jaime Siles, Lleida, Milenio, 2021, p. 19.

Imagen: Joaquín Sorolla, «Corriendo por la playa» (detalle). Museo de Bellas Artes de Oviedo (España).

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