La mayor parte de la vida construimos lo que no está y lo tratamos de dibujar al resto del mundo, somos lo que nos hemos contado que somos antes que lo que contamos que somos. Nos llega a influir mucho más que la realidad objetiva, tan presente y tan pequeña. Los conflictos suelen dominar nuestra cabeza tal cual hacen las expectativas, en esas patas se sostiene nuestra identidad.
El terror como género artístico borda sus primores con ese par de hilos tan vastos, por eso es tan complicado. Aunque, por otra parte, se adapta bien a los cambios sociales. Recuerdo aquel periodo supersticioso (lo podría poner en presente) en que se pensaba que las fotografías capturaban la esencia de las personas. Antes fueron espejos y retratos. No hemos evolucionado tanto como especie...
Andrea es una universitaria que mantiene una relación a distancia. La compu y el teléfono son partes de su cuerpo. Un día, manteniendo cibersexo con su chico, hay un corte de luz. A partir de ahí, casualmente, su novio ve una figura detrás de ella en un momento en que estaba sola en casa. El patrón se repite en otras fotos y videos, de día y de noche, dentro y fuera.
La obsesión.
Andrea es adoptada y ese patrón viene de antes, ella no es la primera. Así, el filme salta al pasado, a la Argentina, a través de un edificio estilo jenga que se aparece a las perseguidas en el tiempo y la distancia de donde salen llantos.
Entonces toma el relevo Camila, estudiante de cine que se enamora y descubre la misma presencia (y el mismo edificio) junto a Marie.
Todas perseguidas por un ente entre el calvo de la lotería y Nosferatu que las ansía y violenta desde una invisibilidad solo quebrada por objetivos.
Un ejercicio de terror interesante en composiciones y celoso en su narrativa que no alcanza el nivel que podría. Deja mucho en el aire y no a lo Lynch sino necesitando una parte dos. Si llega la veré.
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