Antes de internet, el teórico de la conspiración promedio era algo así como un tonto de pueblo. Imbécil, pero aislado.
Luego, algunos de estos tontos se encontraron en foros en los 90 y confirmaron las disparatadas mentiras de los demás, pero una cámara de resonancia de 25 o 50 personas accesible a un máximo de 56 kbps no era tan peligrosa.
Ahora, los algoritmos promueven las tonterías más descabelladas ante millones de espectadores porque se trata de "contenido atractivo" y ese tonto de pueblo es un "influencer" cubierto por los medios de comunicación porque tiene cifras impresionantes de seguidores, retuits y visualizaciones, y cualquiera con números merece cobertura porque la interacción es ahora un sucedáneo de la credibilidad.
original en inglés de @the_etrain
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