«Yo lo conocía [al capitán Alatriste] hasta por las tapas. Lo había visto en coyunturas extremas, desesperadas muchas, y era capaz de interpretar miradas y silencios, incluso sus frases lacónicas, cuando el peligro rondaba cerca. El principio natural de un jefe —él siempre lo fue de algún modo, aunque no ostentase el mando principal— consiste en no traslucir inquietud o miedo: tanto el valor como el desfallecimiento son contagiosos, y cuando pintan espadas todos miran por instinto a quien muestra firmeza y resolución. El capitán sabía eso; y en los años que pasé a su lado, cada vez que pusimos la vida al tablero, jamás vi en él sombra de vacilación o duda. Y era tanta su impasibilidad, su discreta entereza, su estoico mutismo, que avergonzaba no estar a su altura. Yo sabía sin embargo que por dentro, ocultas en su corazón y su cabeza, esa apariencia de hierro albergaba las zozobras e incertidumbres de todo ser humano. Pero así era aquel hombre singular, y no de otra manera. Por eso, durante mucho tiempo y en diferentes lugares, tantos hombres bravos estuvieron resueltos a poner por él las vidas y las honras, siguiéndolo hasta la boca misma del infierno. También por eso era llamado “capitán” sin serlo, porque en realidad lo era y lo fue hasta el final, en el postrer cuadro de infantería de Rocroi: cuando, destrozado el tercio de Cartagena —yo mismo, alférez Balboa, sostuve en alto la última bandera—, muertos o heridos nuestros jefes y oficiales pero arrogantes y temidos incluso en la derrota, al acercarse los parlamentarios franceses para garantizar nuestras vidas si rendíamos las armas, respondió Diego Alatriste en nombre de los que todavía quedábamos en pie: “Decid al señor duque de Enghien que agradecemos su oferta, pero que éste es un tercio español”».
(Arturo Pérez-Reverte, Misión en París, p. 246)
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