Me fascina que haya tanto revuelo porque no se que empresas chinas estén extrayendo datos de entrenamiento a no sé qué empresas estadounidenses para sus IA generativas. Me fascina porque hay mucha gente hablando de lo poco éticas que son esas prácticas, en perfiles de LinkedIn que alaban y adoran a los loros estocásticos, cuando ninguno de ellos se atrevió a señalar el elefante de su habitación: que los modelos estadounidenses a los que rinden culto también se construyeron mediante el robo masivo de datos para entrenamiento.
Y si bien veo una diferencia sustancial, esta no serviría para eximir a los yanquis en comparación con los chinos sino para asumir que el caso chino es un mal menor que el usamericano.
Porque ahora son empresas robando a empresas. Poderosos robando a poderosos. Peleas de gigantes que ocurre en su propio plano de existencia y, en realidad, por mi como si se aniquilan mutuamente.
Pero el caso estadounidense era un gigante robando al pueblo. Era, y es, un robo flagrante al mundo.
Y que seres humanos tengan como lícito el robo a personas mientras ven como un drama que dos empresas se peleen por unos datos que no pertenecen a ninguna, y generen encima un discurso de buenos contra malos me resulta totalmente distópico.
Y me fascina.