La iglesia, amor y paz. Siempre.
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🦆💕Buenos días, niños y niñas:
Otra maravillosa mañana. Otra oportunidad de aventuras y disfrute. Otro día en el que nos embarcaremos en un sin fin de emociones que nos harán transportarnos a lo más alto del goce y la felicidad...
¡Bueno! ¡Vale! Que sí, que hoy toca ir al super... ¡Pero siempre hay que ponerle emoción a la vida!
Yo me imagino que me toca ir a un super de esos americanos, donde siempre se coloca un tipo, enloquecido por la última guerra a la que fue, en la torre más alta que da al aparcamiento, y con un arma de guerra de tropecientos mil tiros, va disparando a todo lo que mueve.
¡Ves, esa gente si que vive emociones! Con lo aburrido que es aquí ir tranquilamente paseando, hablando con los vecinos, saludando a las cajeras y quedando con cualquiera para tomar un café. Ellos viven. Nosotros solo estamos en este mundo. 😜
𝑬𝒍 𝑪𝒐́𝒅𝒆𝒙 𝑮𝒊𝒈𝒂𝒔: 𝒆𝒍 𝒍𝒊𝒃𝒓𝒐 𝒊𝒎𝒑𝒐𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆 𝒒𝒖𝒆 𝒕𝒂𝒓𝒅𝒐́ 𝒅𝒆́𝒄𝒂𝒅𝒂𝒔… 𝒚 𝒅𝒊𝒐 𝒑𝒊𝒆 𝒂 𝒖𝒏 𝒑𝒂𝒄𝒕𝒐 𝒄𝒐𝒏 𝒆𝒍 𝒅𝒊𝒂𝒃𝒍𝒐
Hay manuscritos antiguos que impresionan por su belleza.
Otros por su contenido.
Y luego está el Codex Gigas, que directamente desconcierta.
No solo por lo que contiene, sino por cómo se hizo.
La leyenda es conocida: un monje llamado Herman el Recluso, condenado por romper sus votos, promete escribir el libro más grande del mundo en una sola noche para salvar su vida.
Cuando ve que no puede cumplirlo, hace un pacto.
A medianoche, invoca al Diablo.
El trato: terminar el manuscrito… a cambio de su alma.
Como “firma”, incluiría su imagen en una de las páginas.
Suena a historia de miedo medieval.
Pero cuando te acercas a los datos reales, la cosa no se vuelve menos inquietante… solo cambia de forma.
El Códex Gigas pesa unos 75 kilos.
Tiene más de 600 páginas (624, para ser exactos) y está hecho con pergamino elaborado, según las estimaciones, a partir de la piel de unas 160 burras.
No es un libro: es un objeto monumental.
Aquí viene el primer golpe de realidad: los análisis paleográficos —es decir, el estudio de la escritura— han confirmado que todo el manuscrito fue copiado por una sola persona.
Y no solo eso: la caligrafía es prácticamente idéntica de la primera página a la última.
Eso, en términos humanos, es rarísimo.
Un escriba normal cambia con los años.
Le tiembla el pulso, modifica el estilo, comete más errores.
Aquí no.
La escritura se mantiene constante durante cientos de páginas, como si el tiempo no afectara al autor.
Ahora bien, la ciencia desmonta el mito de la “noche única”.
Copiar un libro de ese tamaño llevaría, en el mejor de los casos, unos 5 años de trabajo continuo solo para el texto.
Si sumas ilustraciones, preparación del pergamino y encuadernación, la cifra realista se va fácilmente a 20 o incluso 30 años.
Y eso encaja con el nombre del autor: “el Recluso”.
En el siglo XIII, en la región de Bohemia (actual República Checa), ese término no era simbólico.
Hablamos de alguien que vivía literalmente aislado.
Los llamados “emparedados” eran monjes que aceptaban —o eran condenados a— vivir encerrados en una celda sellada.
Sin contacto con el exterior.
Solo una pequeña abertura para comida y poco más.
Allí rezaban, trabajaban… y esperaban la muerte.
Si Herman vivía así, su obra cobra otro sentido.
No es un milagro de una noche.
Es el resultado de décadas de aislamiento absoluto y una obsesión llevada al límite.
Y luego está la famosa imagen.
En la página 290 aparece una ilustración a página completa del Diablo.
Grande, frontal, casi incómoda de mirar.
Justo enfrente, una representación del Reino de los Cielos.
No es casualidad: el libro juega constantemente con la dualidad entre el bien y el mal.
Porque el Códex Gigas no es un libro “satánico”.
Contiene la Biblia completa (Antiguo y Nuevo Testamento), textos históricos, medicina medieval y hasta crónicas de la región.
Es, en esencia, una enciclopedia del saber de su tiempo… con un lado oscuro bastante marcado.
Incluye conjuros, fórmulas de exorcismo, rituales para curar enfermedades y protegerse de fuerzas malignas.
También una sección llamada “Confessio”, una lista extensa de pecados que muchos interpretan como una confesión personal del propio autor.
Es una parte densa, incómoda, casi íntima.
Hay otro detalle que inquieta a los investigadores: la tinta.
Los análisis han mostrado que su composición es prácticamente idéntica en todo el libro.
Está hecha a base de carbón, restos orgánicos —incluido hollín de nidos de insectos— y metales.
En la Edad Media, lo normal era preparar tinta en pequeñas cantidades que variaban con el tiempo.
Aquí no.
Aquí parece haber un control constante, obsesivo, casi industrial… o una preparación previa extremadamente meticulosa.
Tampoco escribía “a pulso”.
Bajo la tinta se han encontrado líneas guía hechas con plomo, una cuadrícula invisible que le permitía mantener cada letra en su sitio, con un tamaño y proporción casi perfectos.
Es decir: no hay magia.
Hay disciplina extrema.
Aun así, el libro tiene sus sombras.
Con luz ultravioleta se descubrió que faltan páginas.
Fueron arrancadas en algún momento.
Nadie sabe exactamente qué contenían.
Algunos creen que eran reglas monásticas.
Otros, que alguien decidió eliminar algo que no debía leerse.
Luego está la “maldición”.
A lo largo de su historia, varios lugares donde se guardó el manuscrito sufrieron incendios o desgracias.
El episodio más famoso ocurrió en 1697, durante el incendio del castillo real de Estocolmo.
Para salvarlo, lo arrojaron por una ventana.
Sobrevivió.
Dicen que al caer hirió a una persona.
SIGUE ↘️
Os paso esto para ayudar a pelear contra abogados cristianos que me he encontrado en Bluesky de un perfil que sigo.
(Vía: @tyrexito.bsky.social)
"Los putos abogados cristianos siguen acosando judicialmente a Ane Lindane. Para sacar pasta para que se pueda defender organiza unas jornadas ateas contra la represión cristiana el 19 de abril en Bilbao.
Si no podéis ir, ayudad a moverlo, porfa. Que Satán os lo pague."
𝑨𝒄𝒖𝒆𝒅𝒖𝒄𝒕𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒆𝒈𝒐𝒗𝒊𝒂
Si te plantas frente al Acueducto de Segovia y lo miras con calma, hay algo que choca: no debería seguir en pie.
Han pasado unos 2.000 años, no tiene ni una gota de cemento, y ahí sigue, tan tranquilo.
Y no es magia.
Es cabeza, precisión y entender la física mejor que muchos hoy.
Todo empieza con una idea sencilla pero brutal: piedra contra piedra.
Más de 20.000 bloques de granito colocados sin mortero.
Nada los “pega”. Lo que los mantiene es el peso y cómo ese peso se reparte.
Cada sillar empuja al de abajo, y ese al siguiente… y así hasta el suelo.
Si quitas uno, rompes el equilibrio.
Pero juntos, forman una estructura que se bloquea a sí misma.
Ahora bien, esto no es apilar piedras sin más.
Aquí entra el verdadero arte: el tallado.
Cada bloque se cortaba con una precisión casi obsesiva.
Las caras tenían que encajar perfectamente, como un puzle de varias toneladas.
Sin huecos, sin holguras.
Eso permite que la carga se reparta de forma uniforme.
Y aquí viene algo clave que mucha gente no entiende: al no haber cemento, el acueducto no es rígido, es ligeramente flexible.
Si el terreno se mueve o hay vibraciones, las piedras se recolocan mínimamente.
Un muro moderno de hormigón, en cambio, se agrieta.
Esa “imperfección” es justo lo que lo hace durar tanto.
Luego están los arcos. 167 en total.
No son decorativos, son pura ingeniería.
El arco de medio punto transforma el peso vertical en fuerzas laterales que van a parar a los pilares.
La pieza clave es, literalmente, la clave: la piedra central superior.
Cuando la colocaban, el arco pasaba de ser un montón de piedras sostenidas por madera a una estructura que se sostiene sola.
Para levantar todo esto no tiraron de fuerza bruta, sino de ingenio.
Usaban grúas de madera llamadas polispastos, con sistemas de poleas que multiplicaban la fuerza humana.
En algunos casos, hombres caminaban dentro de ruedas gigantes —como hámsters— para elevar bloques de hasta 2 o 3 toneladas a casi 30 metros de altura.
Antes de eso, claro, había que sacar la piedra.
Lo hacían con cuñas de madera: las metían en grietas, las mojaban, y al expandirse partían el granito limpiamente.
Simple, eficaz, sin explosivos ni maquinaria moderna.
Pero lo más fino de todo no está en lo que ves, sino en lo que no se nota: la pendiente.
El acueducto tiene unos 16–17 kilómetros de recorrido y funciona solo por gravedad.
La inclinación es mínima, en torno al 1% o incluso menos en algunos tramos.
Mantener esa caída constante en un terreno irregular sin tecnología moderna… eso sí que tiene mérito.
Para lograrlo usaban herramientas como el chorobates, una especie de nivel gigante con agua, además de instrumentos como la dioptra o la groma para medir ángulos y trazar líneas rectas.
Topografía pura, pero hecha a ojo entrenado y paciencia infinita.
El agua tampoco iba “tal cual”.
Antes pasaba por depósitos de decantación donde la arena y las impurezas se quedaban en el fondo.
Y a lo largo del canal había accesos para mantenimiento.
O sea, no solo lo construyeron bien: pensaron en cómo mantenerlo siglos.
Eso sí, no todo ha sido perfecto.
En 1072, durante conflictos, se destruyeron unos 36 arcos.
En el siglo XV, bajo los Reyes Católicos, se reconstruyeron intentando respetar el estilo original.
Si no te lo dicen, casi ni lo notas.
Y luego vino la amenaza más absurda: los coches.
Durante décadas pasaban por debajo.
Vibraciones constantes, contaminación que se metía en el granito y lo iba deshaciendo, golpes ocasionales…
Lo que no pudo el tiempo casi lo consigue el tráfico. Hasta que en los años 90 se peatonalizó la zona.
Esa decisión lo salvó.
Y como toda obra grande, tiene su leyenda.
La del Diablo.
Una joven, cansada de subir agua, ofrece su alma a cambio de que alguien le lleve el agua a casa.
El Diablo acepta: lo construye en una noche.
Pero falla por una sola piedra antes de salir el sol.
Pierde el trato.
Y según dicen, los agujeros en las piedras no son de herramientas… sino de sus dedos.
Bonito cuento, pero la realidad es más impresionante: no hubo magia, hubo conocimiento.
Y sí, mientras hoy muchas infraestructuras fallan en pocas décadas, esto sigue ahí.
No porque antes fueran “más listos”, sino porque entendían muy bien los límites de los materiales y trabajaban con ellos, no contra ellos.
Eso es lo que realmente sostiene el acueducto: no solo piedra… sino inteligencia bien aplicada.
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