El malagueño Carlos García-Galán, 27 años en vuelos tripulados, liderará como program executive el plan de base lunar de la NASA: de volver a la Luna a quedarse. https://aidoo.news/noticia/6AmL16
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𝑨𝒄𝒖𝒆𝒅𝒖𝒄𝒕𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒆𝒈𝒐𝒗𝒊𝒂
Si te plantas frente al Acueducto de Segovia y lo miras con calma, hay algo que choca: no debería seguir en pie.
Han pasado unos 2.000 años, no tiene ni una gota de cemento, y ahí sigue, tan tranquilo.
Y no es magia.
Es cabeza, precisión y entender la física mejor que muchos hoy.
Todo empieza con una idea sencilla pero brutal: piedra contra piedra.
Más de 20.000 bloques de granito colocados sin mortero.
Nada los “pega”. Lo que los mantiene es el peso y cómo ese peso se reparte.
Cada sillar empuja al de abajo, y ese al siguiente… y así hasta el suelo.
Si quitas uno, rompes el equilibrio.
Pero juntos, forman una estructura que se bloquea a sí misma.
Ahora bien, esto no es apilar piedras sin más.
Aquí entra el verdadero arte: el tallado.
Cada bloque se cortaba con una precisión casi obsesiva.
Las caras tenían que encajar perfectamente, como un puzle de varias toneladas.
Sin huecos, sin holguras.
Eso permite que la carga se reparta de forma uniforme.
Y aquí viene algo clave que mucha gente no entiende: al no haber cemento, el acueducto no es rígido, es ligeramente flexible.
Si el terreno se mueve o hay vibraciones, las piedras se recolocan mínimamente.
Un muro moderno de hormigón, en cambio, se agrieta.
Esa “imperfección” es justo lo que lo hace durar tanto.
Luego están los arcos. 167 en total.
No son decorativos, son pura ingeniería.
El arco de medio punto transforma el peso vertical en fuerzas laterales que van a parar a los pilares.
La pieza clave es, literalmente, la clave: la piedra central superior.
Cuando la colocaban, el arco pasaba de ser un montón de piedras sostenidas por madera a una estructura que se sostiene sola.
Para levantar todo esto no tiraron de fuerza bruta, sino de ingenio.
Usaban grúas de madera llamadas polispastos, con sistemas de poleas que multiplicaban la fuerza humana.
En algunos casos, hombres caminaban dentro de ruedas gigantes —como hámsters— para elevar bloques de hasta 2 o 3 toneladas a casi 30 metros de altura.
Antes de eso, claro, había que sacar la piedra.
Lo hacían con cuñas de madera: las metían en grietas, las mojaban, y al expandirse partían el granito limpiamente.
Simple, eficaz, sin explosivos ni maquinaria moderna.
Pero lo más fino de todo no está en lo que ves, sino en lo que no se nota: la pendiente.
El acueducto tiene unos 16–17 kilómetros de recorrido y funciona solo por gravedad.
La inclinación es mínima, en torno al 1% o incluso menos en algunos tramos.
Mantener esa caída constante en un terreno irregular sin tecnología moderna… eso sí que tiene mérito.
Para lograrlo usaban herramientas como el chorobates, una especie de nivel gigante con agua, además de instrumentos como la dioptra o la groma para medir ángulos y trazar líneas rectas.
Topografía pura, pero hecha a ojo entrenado y paciencia infinita.
El agua tampoco iba “tal cual”.
Antes pasaba por depósitos de decantación donde la arena y las impurezas se quedaban en el fondo.
Y a lo largo del canal había accesos para mantenimiento.
O sea, no solo lo construyeron bien: pensaron en cómo mantenerlo siglos.
Eso sí, no todo ha sido perfecto.
En 1072, durante conflictos, se destruyeron unos 36 arcos.
En el siglo XV, bajo los Reyes Católicos, se reconstruyeron intentando respetar el estilo original.
Si no te lo dicen, casi ni lo notas.
Y luego vino la amenaza más absurda: los coches.
Durante décadas pasaban por debajo.
Vibraciones constantes, contaminación que se metía en el granito y lo iba deshaciendo, golpes ocasionales…
Lo que no pudo el tiempo casi lo consigue el tráfico. Hasta que en los años 90 se peatonalizó la zona.
Esa decisión lo salvó.
Y como toda obra grande, tiene su leyenda.
La del Diablo.
Una joven, cansada de subir agua, ofrece su alma a cambio de que alguien le lleve el agua a casa.
El Diablo acepta: lo construye en una noche.
Pero falla por una sola piedra antes de salir el sol.
Pierde el trato.
Y según dicen, los agujeros en las piedras no son de herramientas… sino de sus dedos.
Bonito cuento, pero la realidad es más impresionante: no hubo magia, hubo conocimiento.
Y sí, mientras hoy muchas infraestructuras fallan en pocas décadas, esto sigue ahí.
No porque antes fueran “más listos”, sino porque entendían muy bien los límites de los materiales y trabajaban con ellos, no contra ellos.
Eso es lo que realmente sostiene el acueducto: no solo piedra… sino inteligencia bien aplicada.
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Lee esta impresionante historia en la pagina 34 de la edición numero 23 de la Revista NOVA TALASSA
en el siguiente link
https://drive.google.com/file/d/1uTCP_VrwAvV3UFsdHHfkM6XfLxhhND9i/view?usp=drive_link
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𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔
Hay inventos que no nacen para impresionar, sino para resolver un problema concreto y ya.
Y los dolos son un buen ejemplo de eso.
En lugares como las costas de Hong Kong se ven montones de piezas de hormigón grandes, colocadas unas sobre otras sin un orden aparente.
A simple vista parecen bloques tirados sin más, pero en realidad están pensados con bastante precisión.
Se llaman dolos, y su función es proteger la costa frente al impacto del mar.
No están ahí para detener las olas de forma directa, como haría un muro sólido, sino para hacer algo más inteligente: dejar pasar el agua entre ellos.
Cuando las olas chocan contra estos bloques, la fuerza se dispersa en lugar de concentrarse en un solo punto.
Eso hace que el golpe pierda intensidad y que la energía del mar se vaya reduciendo poco a poco.
La idea es simple: en lugar de resistir la fuerza del agua de frente, se deja que el propio sistema la vaya frenando.
Este tipo de diseño se empezó a desarrollar en los años 60, cuando el ingeniero Aubrey Kruger trabajaba en mejorar la protección de puertos.
Más tarde, Eric Merrifield ayudó a perfeccionar el concepto hasta convertirlo en una solución muy utilizada en ingeniería costera.
Lo interesante no es solo la forma, sino la decisión que tomaron con el diseño.
No lo patentaron.
Es decir, no lo protegieron para explotarlo comercialmente.
Podrían haberlo convertido en un negocio, pero prefirieron que cualquier país o puerto pudiera usarlo sin pagar derechos ni licencias.
Con el tiempo, los dolos se extendieron por muchas partes del mundo y siguen utilizándose hoy en día en zonas donde el mar es fuerte y la erosión supone un riesgo real.
Al final, su eficacia no viene de imponerse al mar, sino de trabajar con él.
No lo bloquean de forma rígida, lo obligan a perder fuerza a través del propio movimiento.
Y ahí está la clave: a veces las soluciones más útiles no son las más complejas ni las más visibles, sino las que entienden el problema y lo gestionan en lugar de intentar aplastarlo.
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El mito de los "antiguos astronautas" y el desprecio a la capacidad humana: el por qué si estas teorías fueran ciertas, los humanos seríamos en verdad muy muy estúpidos.
Existe una corriente de pensamiento, popularizada por programas de televisión y autores de teorías de conspiración, que sostiene que las grandes obras de la antigüedad —como las pirámides de Giza, las líneas de Nazca o los templos de Puma Punku, las pirámides de Egipto — no pudieron ser construidas por seres humanos. Según esta lógica, nuestros antepasados eran supuestamente demasiado primitivos, ignorantes o torpes para realizar cálculos matemáticos complejos o mover bloques de piedra de varias toneladas. La solución que proponen estos teóricos es que seres de otros planetas tuvieron que descender para dar las instrucciones, los planos, incluso usar la tecnología necesaria para levantar estas estructuras.
Sin embargo, al analizar esta postura con detenimiento, lo que se revela es un profundo desprecio por la inteligencia y la inventiva del ser humano. Al afirmar que "solo los extraterrestres pudieron hacerlo", los ufólogos le quitan al hombre antiguo todo el mérito de sus logros. Ignoran que civilizaciones como la egipcia, la maya o la inca dedicaron generaciones enteras al estudio de la astronomía, la geometría y la ingeniería civil. Decir que el ser humano es incapaz de poner un par de ladrillos o piedras juntas para crear un templo o una pirámide sin ayuda de las estrellas es tratar a nuestra propia especie como si fuera inútil, tonta y estúpida, restándole importancia a miles de años de evolución cultural , sabiduría y experimentación qué han pasado de generación en generación.
La arqueología moderna ha demostrado que estas obras monumentales fueron el resultado de una organización social masiva y de herramientas ingeniosas que aprovechaban las leyes de la física, como la palanca, el plano inclinado y el uso de rampas. Atribuir estos éxitos a visitantes espaciales no solo carece de evidencia científica, sino que funciona como un insulto a la creatividad, inteligencia e ingenio de nuestros ancestros. El ser humano siempre ha sido capaz de resolver problemas complejos mediante la observación y el trabajo duro; subestimar esa capacidad solo para alimentar una fantasía de ciencia ficción sobre hombrecillos grises o verdes o seres venidos de otras galaxias es cerrar los ojos ante la verdadera grandeza de la historia humana.
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¿Ha curado la IA el cáncer de un perro? 🤔 No exactamente...
«La noticia de una vacuna creada usando IA y ChatGPT para curar el cáncer de un perro ha corrido como la pólvora en internet. ¿Pero qué tan cierto es esto? Entrevista al biotecnólogo Daniel Pellicer, explica qué es real y qué es sensacionalismo en esta noticia tan interesante».
00:00 Introducción
02:28 Conversación con biotecnólogo Dani Pellicer
05:21 ¿Ha sido importante la IA?
09:24 Vacunas de ARN mensajero
10:31 Conclusiones
Vía: Dotcsv - Divulgación sobre Inteligencia Artificial
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Fósiles de la Edad de Hielo, Fusión Nuclear, Conducción Distraída y Suelos Inteligentes. (Inglés)
Vía: Mission Unstoppable, Miranda Cosgrove
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