Quote of the day, 27 March: José Vicente Rodríguez, ocd

Among the laypeople who followed John of the Cross, one stands out in a particular way: Doña Ana de Mercado y Peñalosa. She left Granada and returned to her native city of Segovia, where she took up residence in small houses purchased and made ready beside the convent of the Discalced Carmelite friars, so as to remain close to her spiritual father, Fray John of the Cross, and to the monastery whose foundation she was helping to support.

This was not the construction of a new house, as some historians have supposed, but the purchase of two small dwellings. Gaspar de Herrera—a priest and administrator of the Mercy Hospital in Segovia—sold, with the permission of the city’s provisor, “to the prior, friars, and convent of the monastery of Our Lady of Mount Carmel of the Discalced, outside the city walls […] two houses and an enclosed plot with poplars and a well fed by a natural spring, which the said Hospital owned in the parish of Saint Mark.” The agreed price was “180 ducats, amounting to 67,500 maravedís,” to be paid in three installments.

The deed of sale was carried out with particular solemnity, since all the members of the Consulta and four chapter members of the Segovia convent took part in it. All the members of the Consulta signed, including John of the Cross himself. The purchase is dated August 11, 1589. A few days later, Doña Ana de Peñalosa paid the agreed sum. Shortly afterward, the two small houses were joined into a single dwelling where she could live for the rest of her life.

She still retained her palace in the city, however, and John of the Cross would often go there as well. One of the household servants, Leonor de Vitoria—who saw Fray John many times and went to confession to him—recalls how, when he came to the house, he would speak with Doña Ana and her niece, Inés de Mercado y Peñalosa. She saw him “in the presence of all the servants, speaking and conversing about holy and spiritual things, about heaven, and about how they might become saints. His words were always of this kind. At times, while speaking of these things, he would read them certain devout texts; at other times, he would leave them books in which such things were written, so that they might attend to them and serve our Lord.”

It is not clear whether Ana de Jesús was already among Doña Ana’s household servants; in her Testament, Doña Ana refers to her as “my servant… now in my service.”

Leonor also notes that Doña Ana would always invite Fray John “to sit down and not remain seated on the floor; but the saint would not agree, always seeking the humblest place in which to sit.” She adds, speaking of his modesty and bearing, that “simply by seeing him and hearing him, one was recollected and seemed moved to desire to serve our Lord. His words were holy and good, never idle. Everything that could be seen in him, whether in his words or his actions, was entirely holy, and he appeared to be very full of God and of virtues.”

Another witness, Lucas de San José, says that Fray John taught Doña Ana and her niece Doña Inés “the way of perfection,” and that “when the saint would go out to speak with them at the confessional, it was a common saying among the friars: ‘Now Saint Jerome, Saint Paula, and Eustochium are together.’”

Luis de Mercado y Peñalosa, Doña Ana’s nephew, also had much contact with John of the Cross. What he says about the saint’s virtues comes both from his own experience and from what he heard—especially about his humility and modesty—from his wife, Doña Inés de Mercado, “who for many years was in close contact with the holy father Fray John of the Cross, together with her aunt, Doña Ana de Mercado y Peñalosa.” He also recounts in detail the transfer of the saint’s remains from Úbeda and the veneration he received in Segovia.

José Vicente Rodríguez, o.c.d.

San Juan de la Cruz, ch. 27

Rodríguez, J.V. 2015, San Juan de la Cruz: la biografía, 2nd edn, San Pablo, Madrid.

Translation from the Spanish text is the blogger’s own work product and may not be reproduced without permission.

Featured image: This detail from an image of St. John of the Cross was engraved in 1788 by Gilles Antoine Demarteau. The technique used—of which Demarteau was a master—was crayon-manner in red and black, based on a drawing by Taillasson. The Art Institute of Chicago has a marvelous image of the tools used in crayon-manner engraving, with detailed figures of the process. Image credit: Rijksmuseum, Antwerp (Public domain)

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Para ver la Iglesia románica de San Juan Bautista, en la localidad de Revilla (municipio de Orejana, Segovia) hay que ir de propio intento. No pilla de paso por ninguna carretera principal.
Eso si... merece la pena.
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 𝑨𝒄𝒖𝒆𝒅𝒖𝒄𝒕𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒆𝒈𝒐𝒗𝒊𝒂  

Si te plantas frente al Acueducto de Segovia y lo miras con calma, hay algo que choca: no debería seguir en pie.
Han pasado unos 2.000 años, no tiene ni una gota de cemento, y ahí sigue, tan tranquilo.
Y no es magia.
Es cabeza, precisión y entender la física mejor que muchos hoy.

Todo empieza con una idea sencilla pero brutal: piedra contra piedra.
Más de 20.000 bloques de granito colocados sin mortero.
Nada los “pega”. Lo que los mantiene es el peso y cómo ese peso se reparte.
Cada sillar empuja al de abajo, y ese al siguiente… y así hasta el suelo.
Si quitas uno, rompes el equilibrio.
Pero juntos, forman una estructura que se bloquea a sí misma.

Ahora bien, esto no es apilar piedras sin más.
Aquí entra el verdadero arte: el tallado.
Cada bloque se cortaba con una precisión casi obsesiva.
Las caras tenían que encajar perfectamente, como un puzle de varias toneladas.
Sin huecos, sin holguras.
Eso permite que la carga se reparta de forma uniforme.

Y aquí viene algo clave que mucha gente no entiende: al no haber cemento, el acueducto no es rígido, es ligeramente flexible.
Si el terreno se mueve o hay vibraciones, las piedras se recolocan mínimamente.
Un muro moderno de hormigón, en cambio, se agrieta.
Esa “imperfección” es justo lo que lo hace durar tanto.

Luego están los arcos. 167 en total.
No son decorativos, son pura ingeniería.
El arco de medio punto transforma el peso vertical en fuerzas laterales que van a parar a los pilares.
La pieza clave es, literalmente, la clave: la piedra central superior.
Cuando la colocaban, el arco pasaba de ser un montón de piedras sostenidas por madera a una estructura que se sostiene sola.

Para levantar todo esto no tiraron de fuerza bruta, sino de ingenio.
Usaban grúas de madera llamadas polispastos, con sistemas de poleas que multiplicaban la fuerza humana.
En algunos casos, hombres caminaban dentro de ruedas gigantes —como hámsters— para elevar bloques de hasta 2 o 3 toneladas a casi 30 metros de altura.

Antes de eso, claro, había que sacar la piedra.
Lo hacían con cuñas de madera: las metían en grietas, las mojaban, y al expandirse partían el granito limpiamente.
Simple, eficaz, sin explosivos ni maquinaria moderna.

Pero lo más fino de todo no está en lo que ves, sino en lo que no se nota: la pendiente.
El acueducto tiene unos 16–17 kilómetros de recorrido y funciona solo por gravedad.
La inclinación es mínima, en torno al 1% o incluso menos en algunos tramos.
Mantener esa caída constante en un terreno irregular sin tecnología moderna… eso sí que tiene mérito.

Para lograrlo usaban herramientas como el chorobates, una especie de nivel gigante con agua, además de instrumentos como la dioptra o la groma para medir ángulos y trazar líneas rectas.
Topografía pura, pero hecha a ojo entrenado y paciencia infinita.

El agua tampoco iba “tal cual”.
Antes pasaba por depósitos de decantación donde la arena y las impurezas se quedaban en el fondo.
Y a lo largo del canal había accesos para mantenimiento.
O sea, no solo lo construyeron bien: pensaron en cómo mantenerlo siglos.

Eso sí, no todo ha sido perfecto.
En 1072, durante conflictos, se destruyeron unos 36 arcos.
En el siglo XV, bajo los Reyes Católicos, se reconstruyeron intentando respetar el estilo original.
Si no te lo dicen, casi ni lo notas.

Y luego vino la amenaza más absurda: los coches.
Durante décadas pasaban por debajo.
Vibraciones constantes, contaminación que se metía en el granito y lo iba deshaciendo, golpes ocasionales…
Lo que no pudo el tiempo casi lo consigue el tráfico. Hasta que en los años 90 se peatonalizó la zona.
Esa decisión lo salvó.

Y como toda obra grande, tiene su leyenda.
La del Diablo.
Una joven, cansada de subir agua, ofrece su alma a cambio de que alguien le lleve el agua a casa.
El Diablo acepta: lo construye en una noche.
Pero falla por una sola piedra antes de salir el sol.
Pierde el trato.
Y según dicen, los agujeros en las piedras no son de herramientas… sino de sus dedos.

Bonito cuento, pero la realidad es más impresionante: no hubo magia, hubo conocimiento.

Y sí, mientras hoy muchas infraestructuras fallan en pocas décadas, esto sigue ahí.
No porque antes fueran “más listos”, sino porque entendían muy bien los límites de los materiales y trabajaban con ellos, no contra ellos.

Eso es lo que realmente sostiene el acueducto: no solo piedra… sino inteligencia bien aplicada.

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Abades (Segovia) es la primera localidad y municipio de CyL por orden alfabético.
Zuñeda (Burgos) es el último municipio, y Zuzones (Burgos) es la última localidad a nivel nacional.
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El PP recupera terreno, el PSOE frena su caída y Vox toca techo: radiografía de las elecciones de Castilla y León 2026

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El mapa de los resultados de las elecciones de Castilla y León 2026, calle a calle

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- 𝐂𝐢𝐞𝐫𝐯𝐨 𝐑𝐨𝐣𝐨 ♀︎ (𝐶𝑒𝑟𝑣𝑢𝑠 𝑒𝑙𝑎𝑝ℎ𝑢𝑠), fotografía tomada desde vehículo. Lastras de Cuéllar, Segovia.

Cámara Panasonic Lumix G90
Objetivo Panasonic Leica DG 100‑400mm ƒ4.0‑6.3 II
Datos Exif: ƒ4.0, 1/2000s, ISO 1250, 100mm

Científico: Cervus elaphus
Castellano: Ciervo Rojo, Venado, etc.
Catalá: Cérvol Comú o, simplemente, Cervol
Euskera: Orein Arrunta
Galego: Cervo ou Veado
Português: Veado-Vermelho ou Cervo
Italiano: Cervo Nobile, anche Cervo Reale, Cervo Rosso, etc.
English: Red Deer
Français: Cerf Élaphe
Deutsch: Rothirsch, auch Rotwild

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