đ¶Mira, suena un poco cĂnico, pero en realidad es el superpoder definitivo.
Hay una paz muy extraña que aparece cuando dejas de proyectar tus expectativas en los demĂĄs como si fueran pelĂculas de Disney.
Aceptar que la gente te va a fallar no es volverse un ermitaño ni dejar de querer, es simplemente entender que cada uno lidia con sus propios lĂos, sus taras y su egoĂsmo natural.
Cuando dejas de esperar que el resto actĂșe como tĂș lo harĂas, el mundo deja de ser un campo de minas de decepciones constantes.
Lo mejor de esta etapa es que, cuando alguien hace algo bueno por ti de verdad, te sabe a gloria porque no lo dabas por hecho.
Te vuelves mĂĄs selectivo, cuidas mĂĄs tu energĂa y, sobre todo, dejas de mendigar una atenciĂłn que no te nace de fuera.
Al final, la Ășnica persona que no te puede fallar eres tĂș, y una vez que te haces cargo de tu propia felicidad, lo que venga de los demĂĄs es solo un extra, no una necesidad.
Se vive mucho mĂĄs ligero cuando no esperas que nadie te complete el puzzle.
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