Hay momentos en los que parece que se apaga la luz de golpe y te quedas a oscuras, sin brújula y con una sensación de vacío que asusta.
Es eso que llaman la noche oscura del alma, pero que en realidad se siente como si estuvieras en el fondo de un pozo intentando escalar paredes de barro.
No es una simple tristeza de un par de días; es ese punto donde nada de lo que antes te llenaba tiene sentido.
Te cuestionas todo: quién eres, qué haces aquí y para qué tanto esfuerzo si al final te sientes así de sola.
Es agotador porque no hay una herida que se vea, pero duele en sitios donde no sabías ni que tenías sensibilidad.
Lo curioso (y lo más difícil de tragar) es que ese vacío no viene a hundirte por puro gusto, sino a obligarte a soltar lo que ya no te sirve.
Es como si la vida te reseteara a las malas porque vas cargando con demasiadas cosas que no son tuyas.
Duele porque romper el cascarón siempre duele, pero es la única forma de que asome algo nuevo.
Si estás ahí, no te desesperes intentando encender la luz a la fuerza.
A veces solo queda sentarse a oscuras, respirar y esperar a que los ojos se acostumbren a la penumbra.
Al final, siempre amanece, y lo hace con una claridad que antes ni imaginabas.
Confía, que de estas se sale con la piel más dura y el alma más limpia.
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