Llega un punto en el que el comodín de "es que de pequeña me pasó esto" o "es que mi familia es así" caduca.
Está muy bien entender de dónde venimos para no darnos cabezazos contra la misma pared, pero usar el pasado como un sofá para apalancarse y no moverse es hacerse trampas al solitario.
El pasado explica por qué estás aquí, pero no tiene por qué decidir a dónde vas.

La verdad es que a nadie le importa tu drama tanto como a ti, y esperar a que alguien venga con el kit de primeros auxilios a salvarte la vida es perder el tiempo sentado en la parada de un autobús que no va a pasar.
Sanar es un trabajo sucio, agotador y, sobre todo, individual.
Es tu responsabilidad dejar de lamerte las heridas y empezar a cerrarlas, porque si te quedas esperando una disculpa que nunca llega, te vas a quedar amargada mientras el resto del mundo sigue girando.

Lo bueno de que nadie venga a salvarte es que eso te da el control absoluto.
Eres tú la que decide si hoy se levanta a pelear o si se queda regodeándose en la queja.
Cada pequeña decisión que tomas, desde cómo contestas a un borde hasta cómo te hablas a ti misma frente al espejo, es lo que va construyendo tu nueva versión.
Así que deja de esperar el momento perfecto o la señal del cielo: el cambio empieza cuando dejas de buscar culpables y empiezas a buscar soluciones.

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