Desde que tengo uso de razón
al umbral de la muerte le colgué el cartel de “salida”.
La adoré hasta el punto de ser mi credo
de no dejar espacio para ningún otro credo.
Todos los días pensé en cerrar los ojos y en no volver a abrirlos.
Sólo con imaginarlo
me recorría un calambre de alivio y de esperanza.
Esperanza, sí
no en el cielo
sino en que no lo haya,
en que la muerte sea el final cierto
que nos sugieren la biología
y la molecularidad de las cosas.
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