"Decidnos, por favor. Mostradnos alguna prueba. Decidnos que el olvido tiene rostro, y que en él se traza la curva de una sonrisa, la bendición del reconocimiento. ¿Es pedir demasiado?
Pero aquel era el terror que se escondía detrás de todas las creencias. La elección de creer, cuando no creer abría la puerta al horror de la falta de propósito. Tantas esperanzas abandonadas, dejadas caer al suelo, olvidadas y hundidas en medio del denso barro... bajo una lluvia de cieno que lo cubría todo hasta enterrarlo.
Conocí una vez a un hombre que estudiaba fósiles. Había convertido aquello en el propósito de toda una vida. Habló con viveza de su necesidad de resolver los misterios del pasado lejano. Aquello guio su vida durante décadas, hasta que al fin, en una confesión que dejó escrita la misma noche en que se quitó la vida, acabó por declarar lo que había descubierto. «He comprendido el secreto, el único secreto que encierra el pasado. El secreto es el siguiente. Hay más formas de vida en la historia de este mundo de las que podríamos imaginar, y mucho menos comprender. Vivieron y murieron y lo poco que queda de ellas no nos dice más que una cosa: en su día, existieron. Ahí reside el secreto, este terrible secreto. Nada tiene sentido. No quedan nada más que fragmentos de hueso. Y todo... para nada».
No resultaba difícil de entender por qué aquello había desatado la depresión, en el mismo momento en que el entendimiento se rendía ante un abismo inabarcable.
Sin embargo, encontró un rostro familiar ante él, en medio de sus recuerdos atribulados, o en aquel mundo onírico. Fuera cual fuera la respuesta, allí estaba él, y en sus ojos uno podía ver el momento justo antes de que escupiese en la cara de todos los dioses que jamás existieron, solo para dedicarles a continuación el mismo tratamiento a los severos doctores, a los filósofos y a los poetas de melena salvaje.
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