A veces parece que estemos viviendo la vida de otro.
Nos levantamos, cumplimos, aguantamos y tachamos días en el calendario como si fueran una condena, siempre esperando a que llegue "lo bueno".
Nos convencemos de que la felicidad es un premio que hay que ganarse a base de sacrificios, de renunciar a lo que nos gusta y de poner siempre las necesidades de los demás por delante de las nuestras.
Pero, ¿sabes qué?
Mientras esperamos ese momento perfecto, el tiempo no se detiene.
Se nos escapa en rutinas que nos apagan y en silencios que pesan demasiado.
Elegirte no es ser egoísta, es no dejar que se te olvide quién eres entre tanta obligación.
Disfrutar de lo que te da calma no es una pérdida de tiempo; es lo único que te va a dar fuerzas para levantarte mañana.
No te castigues más.
No tienes que pedir perdón por querer estar bien ni por buscar un respiro en mitad del caos.
La vida es demasiado corta para vivirla a medias, esperando un "después" que nadie te ha prometido.
Si algo te hace sonreír hoy, agárralo fuerte y no lo sueltes.
Te lo debes.
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