Parece que el "pistoletazo de salida" del verano se ha adelantado este año, y no precisamente por el buen tiempo.
Ya tenemos aquí el primer caso de balconing de la temporada y, viendo cómo suben las temperaturas, parece que el cambio climático no solo derrite glaciares, sino que también les fríe las neuronas a algunos antes de tiempo.
Es como si el calor activara un resorte de estupidez colectiva que empuja a ciertos turistas a creer que son inmortales en cuanto pisan suelo mallorquín.
Es agotador.
Cada año la misma historia: alcohol a precio de saldo, esa sensación de que "en España todo vale" y un desprecio absoluto por la propia vida.
Lo de los ingleses y alemanes en Magaluf o el Arenal ya no es solo una cuestión de mala imagen; es una falta de respeto a una isla que les da todo y a unos servicios de emergencia que tienen que lidiar con el drama de recoger los pedazos de alguien que pensó que saltar desde un tercer piso a la piscina era una gran idea para Instagram.
Sinceramente, te hace reflexionar sobre qué tipo de vacío intentan llenar con esa adrenalina barata.
No vienen a disfrutar del Mediterráneo, vienen a huir de sus vidas grises a base de excesos, pero se pasan de frenada.
Y lo peor es que, mientras haya negocios que se forran con este modelo de "todo a cien", el cambio de chip va a ser lento.
El balconing es el síntoma de un turismo que nos sobra, de gente que no sabe divertirse sin jugarse el cuello y que nos obliga a todos a normalizar lo que es, básicamente, una tragedia evitable.
A ver si de una vez las multas de 60.000 euros empiezan a picar de verdad y entienden que Mallorca no es un parque temático para descerebrados.
Menos saltos al vacío y más respeto, que ya bastante tenemos con lo nuestro como para andar cuidando a críos de 20 o 30 años que no distinguen un balcón de un trampolín.
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