Mi vía de escape de la claustrofobia veraniega

Desde niño sufro claustrofobia veraniega. 

Salamanca se vacía; los estudiantes, a sus casas; los turistas, a la costa; los charros, al pueblo. 

En cientos de kilómetros a la redonda todo es meseta abrasada. Las vacaciones no se paran aquí, solo nos atraviesan a 120 kilómetros por hora, de un litoral a otro. 

Tarde o temprano, mi trabajo de profesor se ralentiza o se detiene. Encerrado en mi piso sofocante me hundo en bolsas de tiempo tan recalentadas que casi niegan la posibilidad de disfrutar de algo.

Y hasta ahí las condiciones objetivas. Pero las más opresivas, para mí, son subjetivas. 

Me veo atrapado en una sensación de encierro, para la cual solo se me ocurren vías de escape tan extremas como fuera de mi alcance: viajes lejanos, fiestones, grandes proyectos, profundos cambios… 

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, me he ido entrenando en una gimnasia mental que me está ahorrando parte de esa ansiedad. Llevarla a cabo no entraña ningún secreto: es la operación que haces todo el tiempo cuando meditas. 

Meditar es tratar de mantener tu atención en la respiración. Del mismo modo, ahora, cada vez que me asalta esa sensación de opresión veraniega, me concentro en lo que hay fuera de mí. 

Recoloco mi postura mental ante una obsesión dolorosa, como quien cura un dolor intenso de espalda aprendiendo a sentarse bien. 

Y cuando lo logro, mi rutina estival ya no me duele. 

Porque, de hecho, nada de fuera me oprime; ni las calles, ni la gente del barrio, ni mi piso, ni el calor; nada de eso me encierra.

No siempre lo consigo, claro, pero es una vía de aprendizaje que me gusta mucho, porque me reconcilia con la vida que tengo. 

Puede que la publicidad nos venda unas vacaciones frescas, radiantes, catárticas.

Y que, para la mayoría, se parezcan más a un reportaje de relleno sobre una ola de calor en el barrio.

A veces, por la calle, parecemos muertos que se acaban de levantar de una cuneta. 

Podría no ser así. Podríamos abolir el capitalismo. 

Pero, en lo que llega eso, yo apuesto por revalorizar, simplemente, mi existencia tal y como es. 

Lo bonito es que mi realidad circundante, en cuando le presto real atención, puede cobrar una intensidad sorprendente, similar a la que me aborda al desembarcar en un país nuevo o consumir pequeñas dosis de alucinógenos; y sin necesidad de hacer ningún plan súper especial o de emprender un cambio súper profundo. 

No todo está en la mente; pero algunas cosas sí. 

#claustrofobia #sinVacaciones #verano