/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
La Paparrasolla no entra si la nombras.
Por eso en las casas antiguas nadie decía su nombre.
Bastaba con señalar al techo cuando un niño lloraba demasiado tiempo.
Vivía arriba.
Siempre arriba.
En el desván, en la buhardilla, en las torres donde el viento hacía sonar las campanas sin manos.
Tenía cabeza de mujer y pechos caídos, como si hubiera amamantado siglos de miedo.
El cuerpo era de ave de rapiña: alas enormes, plumas negras y garras largas, afiladas, pacientes.
Aquella noche el llanto no paraba.
La madre caminaba de un lado a otro, exhausta.
El niño gritaba como si algo invisible le doliera por dentro.
Entonces ocurrió: del techo cayó un poco de polvo.
Luego otro.
El llanto se cortó en seco, como si alguien hubiera tapado una boca.
La madre alzó la vista.
Las garras bajaron primero, despacio, tanteando el aire.
Después, el resto.
La Paparrasolla descendió sin hacer ruido, con los ojos clavados en la cuna.
No dijo nada.
Nunca decía nada.
Se llevó al niño con una precisión casi delicada y volvió a subir, dejando tras de sí un silencio espeso, antinatural.
Pasaron horas. Nadie durmió.
Al amanecer, algo golpeó el suelo del desván.
La madre subió temblando.
Allí estaba el niño, vivo, acurrucado en un rincón.
No lloraba.
No hablaba.
Solo miraba hacia arriba, siguiendo algo que ya no se veía.
Dicen que los que vuelven nunca vuelven del todo.
Que aprenden el silencio demasiado pronto.
Y que, cuando el viento suena raro y alguien llora sin consuelo, levantan la cabeza… porque saben quién escucha desde arriba.
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