La nueva obsesión de la cultura es la creatividad

El actor francés Jean Paul Belmondo y la actriz estadounidense Jean Seberg improvisan. El camarógrafo Raoul Coutard y la asistente de guio Suzanne Faye se adaptan a las circunstancias. El productor Georges de Beauregard, además de desesperarse, también improvisa y se adapta. Porque el director de  bout de souffle, Jean-Luc Godard, no hace otra cosa durante los diecinueve días de rodaje de esa película fundacional del cine moderno que decidir durante el desayuno diálogos, escenas y opciones técnicas y aplicarlas –o no– durante las horas posteriores, en un vaivén caprichoso e intuitivo y arbitrario y genial que trata de captar –ni más ni menos– que el oleaje de lo real.

La Vanguardia

Mutaciones, una nube de tags

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Narrativa Mutante

El pasado noviembre la editorial Berenice sacaba a la venta Mutantes, narrativa española de última generación, una selección de piezas narrativas de veinte autores reunidos por los antólogos Juan Francisco Ferré y Julio Ortega, y considerados claves para la renovación del panorama literario español. La nómina de escritores correspondía al grupo más o menos incierto que viene fraguándose desde hace ya varios años, y que adquirió mayor visibilidad a raíz de la generalización en la prensa del título colectivo «Generación Nocilla». Muchos de ellos (y otros que no tienen nada que ver) acudieron al encuentro de Málaga celebrado los pasados días 21, 22 y 23 de mayo, bajo el título «Mutaciones, tendencias y efectivos de la narrativa contemporánea», organizado el propio Ferré con el patrocinio del Instituto Municipal del Libro.

«Mutaciones» ha contribuido a la consolidación de un término que viene aglutinando sentido desde que Juan Francisco Ferré lo acuñó en el artículo «El relato robado. Notas para la definición de una narrativa mutante», publicado en Quimera en 2003. Más adelante sería asumido por Vicente Luis Mora, quien lo trasladó a su libro La Luz Nueva*. La posterior antología Mutantes sirvió para aportar importantes piezas a este constructo teórico sobre la última narrativa española, y finalmente ha servido a Ferré para componer el encuentro de Málaga. Allí donde es hemos podido asistir al raro espectáculo de ver una teoría echarse a andar. Durante tres días, los autores han cobrado voz y corporeidad ante los ojos de los asistentes, volviendo a la narrativa mutante una cosa viva que evolucionaba y se contradecía en directo. Durante esos tres días, la teórica mutante ha tenido que soportar el peso de lo real, saliendo fortalecida en algunos casos, desmembrándose en otros.

Ferré organizó las mesas, agrupando a los escritores en torno a varios temas, y animándolos a participar en sus exposiciones desde un mínimo cuestionario común. Dueño del tiempo y responsable de muchas de las preguntas que se hicieron, fue el autor de «la cosa», como él mismo la definió, con el mismo tono irónico y relajado que supo contagiar al resto del encuentro.

Los críticos los prefieren bien muertos y textuales, pues los muertos y los textos pueden poseerse, y son de cualquiera. Los de cuerpo presente, en cambio, solo se pertenecen a sí mismos y suelen recelar bastante de las versiones ajenas sobre su persona. El andamiaje de Málaga, en gran medida basado en las personalidades literarias de los asistentes, sufrió estragos por parte de aquellos que vinieron a desmenuzar las partes blandas del discurso que les había llevado hasta allí. Pero también se vio fortalecido por varios escritores que se reconocieron y quisieron contribuir ampliando en sus intervenciones las líneas propuestas por Ferré. Ambas vocaciones, constructivas y destructivas, mejoraron visiblemente la visión inicial. Se sanearon varios presupuestos inconsistentes y azarosos, desmontando relaciones ad hoc entre los asistentes e invalidando posibilidades para una teoría consensuada. Fue una criba necesaria que dejó al desnudo el pequeño reducto de pilares sólidos, y hasta verdaderos, del discurso teórico compartido entre los pocos escritores que podemos llamar mutantes. Y es que la tentativa tradicional de juntar a los escritores puede tener muchas motivaciones, pero solo unas pocas tienen que ver con la literatura.

Tradicionalidades

Narrativa contemporánea y tradiciones literarias fue el título de la primera mesa del encuentro en Málaga, donde se reunió a Menéndez Salmón, Andrés Reina, Lolita Bosh y Gabi Martínez, coordinados por Juan Francisco Ferré, quien ya en su introducción se encargó de poner en cuarentena los puntos de partida habituales en este tipo de debates. Empezó Ferré cuestionando el propio concepto de tradición literaria, y aclaró que las influencias actuales de los escritores provienen de todos los campos de la cultura y no solo de la literatura. Sin embargo, no tardaron las personalidades fuertes de la mesa en imprimir un estilo más conciliador con las posturas típicas de la historiografía.

Lolita Bosh ofreció la respuesta más exhaustiva. Comenzó hablando de su infancia, y citó los nombres de muchos escritores [Dickens, Eric Clayton, Hermann Hesse, Bardbury, Bakunin, Monsivais]. Explicó como en el año 1994 se marchó a México, donde ingresó en una universidad socialista de profesores del exilio español, a los que considera maestros de su formación literaria. Bosh reafirmó su pertenencia indiscutible a una tradición, mexicana y apegada al grupo intelectual del exilio, y realzó las diferencias con el background de otros escritores de su generación afincados en Barcelona; no tuvo televisión durante muchos años, apenas ha ido al cine y prefiere la literatura del Este a la anglosajona.

Menéndez Salmón intervino para deconstruir el breve cuestionario que Ferré les había entregado previamente. Dejó claro que la literatura nunca ha estado adormilada, ni desactivada, y que sigue ostentando el gran poder de nombrar al mundo, pues quien es dueño del discurso está capacitado para dominar la experiencia. Argumentó además que no existe desfase entre los resultados de la literatura actual y la velocidad a la que el mundo se sucede. La gran literatura, dijo, desentraña el mundo actual más deprisa que la ciencia, y puso como ejemplo Ruido de Fondo, una novela de De Lillo que se adelantó a su propio tiempo. La contundencia y brillantez de Menéndez Salmón arrancaron los aplausos más encendidos, si bien José Luís Brea supo sacarle los colores al viejo estudiante de filosofía, al poner en evidencia la superficialidad de algunos de sus categóricos argumentos.
Sus intervenciones, unidas las de Gabi Martínez y Andrés Reina, cayeron sobre una platea donde se contaban más escritores que público propiamente dicho. Esta sobreabundancia y el apasionamiento de un debate que se contagió a la mesa posterior, provocó cierta atmósfera de logia masónica que sin duda disfrutamos los cuatro privilegiados que asistíamos en condición de testigos mudos. Se notaba que los escritores se movían en el cómodo terreno de las polémicas históricas, aquellas para los que todos, de una u otra manera, habían elaborado sus propias respuestas. Luego, en las jornadas posteriores, se dejó sentir la ausencia de disputas con tanta tradición en torno a, por ejemplo, literatura y cultura de masas, o literatura y ciencia, lo que sin duda hubiera contribuido a encender los ánimos tanto como el primer día.

La mesas ulteriores sí dieron la razón a Juan Francisco Ferré, sacando a colación numerosas referencias culturales externas al sistema literario, y confirmando que los mapas estéticos de nuestra época se conforman partir de la hibridación de todo tipos de lenguajes culturales y artísticos. Por eso deberíamos preguntarnos qué sentido tiene organizar un encuentro donde solo participan escritores cuando precisamente la filosofía subyacente al encuentro viene a contradecir ese planteamiento. Lamentablemente vivimos en un mundo heredado, donde prevalecen las categorías estancas de las artes y el conocimiento, y se necesita mucha voluntad, trabajo y talento para generar dinámicas enfrentadas a este fatum de la cultura. Sin duda Juan Francisco Ferré consiguió mucho en este sentido al animar a los escritores a hablar de arte contemporáneo, ciencia o tecnología, pero aún así resultó insuficiente. Un evento que pretenda reivindicar la esencia artística de la contemporaneidad debería

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El encuentro de Málaga trató de reunir a algunos de los narradores españoles más innovadores de los últimos tiempos, pero en la forma tuvo mucho de congreso de los de toda la vida. Alfredo Taján, director del Instituto Municipal del Libro, y Juan Francisco Ferré, optaron por el formato convencional, invitando a los escritores a buenos hoteles y restaurantes, y proponiendo la publicación de un libro con los textos que leyeron algunos de los participantes. Se debería apreciar la voluntad política de Taján quien, como recordó Vicente Luís Mora, se ha decidido a promover un evento cuyas coordenadas artísticas difieren mucho de las suyas. Pero también hay que advertir que, en este caso, las decisiones conservadoras no fueron las más inteligentes, al menos si la pretensión era dotar al encuentro de la mayor relevancia posible.

El tema del dinero nunca se trata abiertamente, y es difícil saber si estaba en la mano de los organizadores evitar esa falta de originalidad. Pero parece obvio que una pequeña página Web para colgar los textos, y sobre todo un podcast de las sesiones, hubiera multiplicado la difusión exponencialmente. En vez de eso, dentro de varios meses se publicará un libro que reunirá las ponencias que llevan colgadas en la Red una semana, y que presumiblemente pasará a engrosar ese desolador paisaje de libros institucionales cuyo único destino es robar espacio a sus accidentales propietarios. Ciertamente se ignoró Internet como medio de difusión, y también como aspecto fundamental de la actividad literaria de los escritores allí reunidos, aún siendo una de las característica definitorias de las mutaciones de la narrativa actual.

Ríos Perdidos

La intervención de Javier Calvo resonó con especial importancia ante la ausencia inesperada de otras reflexiones acerca de Internet y literatura digital. El autor se confesó agotado del proceso de edición habitual, consistente en transferir un manuscrito a una editorial, vender cinco mil copias y vuelta a empezar. De esta sensación de estancamiento surgió Ríos Perdidos, un proyecto de intervención en dos espacios públicos de Internet: Blogger y My Space, que definió como dos plazas públicas abiertas día y noche, cuya escasa operatividad les confiere sin embargo un enorme tránsito. En términos de contenido, Ríos Perdidos pretende ser «una lectura partisana del casco antiguo de Barcelona y también la escritura de una mitología de resistencia contra las intervenciones institucionales de la zona». Calvo considera el proyecto como su primera labor literaria no dirigida a la publicación en libro, y rechaza la idea de que la literatura digital sea marginal, aludiendo a las miles de visitas recibidas en sus sites, que considera un medio para escapar de las dinámicas comerciales de la literatura. Un vistazo superficial a ríos perdidos.com revela que el proyecto es demasiado reciente como para valorarlo, aunque su declaración de intenciones fue esperanzadora.

La España política

El encuentro de Málaga confirmó la total internacionalización de las influencias de los escritores asistentes, todos españoles con una sola excepción. Lolita Bosh se declaró heredera de Dickens, Hesse, Bakunin, Juan Rulfo, de los maestros españoles del exilio mexicano, de la literatura del este de Europa… Gabi Martínez citó a Unamuno, Foster Wallace, Josep Pla, a los naturalistas franceses… Mendénez Salmón habló entre otros de Pierre Michon, Coetzee, Shirley, Pinkler, Joao Gilberto Moll… Germán Sierra trajo a Harry Mathews, Jeff Noon, Michael Joyce, Catherine Heigl… Se asestó así un nuevo golpe contra la tradición cadavérica de la cultura nacional retroalimentada, pero también se escenificó la misma paradoja presente en la antología de Berenice Mutantes. Narrativa Española de última generación. Ambos eventos han proclamado la globalización de la experiencia cultural de los escritores como argumento para defender una teoría sobre un grupo exclusivamente español. ¿Tiene un congreso o una antología nacional capacidad alguna para representar una realidad literaria contemporánea?

Lo que sí demostró el encuentro fue que a nadie le interesa hablar ya de España, sino exclusivamente como realidad política y económica a la que tensionar. España se configura como el lugar común de la insatisfacción social y cultural, y desaparece como espacio de una humanidad intrínseca compartida. Aunque se habló poco del sistema literario y mucho más de literatura, España absorbió las críticas de los asistentes, canalizándose hacia ella los discursos de disconformidad política y militancia. Gabi Martínez declaró que a partir de los 90 en España se había perpetuado una polarización entre el mercado y los escritores independientes, y calificó la literatura española como conservadora y ensimismada. La mayoría de los libros, dijo, parecen haberse retirado de la actualidad. Colomer señaló que el discurso de la Generación Nocilla es el más interesante porque es el único que hay en el país, pero que sin embargo ha servido para marginar a otros escritores. Dijo echar en falta a los francotiradores, a los activistas de la literatura. Jorge Carrión afirmó estar interesado en poner en crisis los contextos nacionales donde se inserta su obra, y recordó las intenciones de su libro GR83, donde se aborda el problema del diálogo intergeneracional como correlato del diálogo entre disciplinas expresivas, y el papel que la generación formada intelectual y sentimentalmente durante el franquismo ha jugado en la construcción de una industria de la memoria hacia el fin de la transición.

Pero fue Manuel Vilas quien capitalizó «España» en su intervención, con intenciones miméticas a las de España, su última novela. Dijo Vilas que él había empezado a escribir con ánimos neorrománticos y metafísicos, y poco a poco se había convertido en un escritor político, entendiendo la política como todo lo que supone una ordenación de la realidad o tiene sustancia política. Manifestó su interés por el tema de ETA, que apenas aparece en la literatura, y también por el de la identidad nacional. Habló además de anomalías en la construcción del canon español, que además es poco relevante a nivel internacional, quizás por la escasa relevancia de la sociedad nacional. Una sociedad gris, caída, poca cosa, dijo Manuel Vilas, con un tono que arrancó carcajadas a Lolita Bosh, que luego se contagiaron al resto de los asistentes, la sala entera descojonada de pura tragedia.

El sujeto corporación

Eloy Fernández Porta intervino para hablar del sujeto contemporáneo entendido como corporación, ofreciendo un adelanto de su próximo proyecto hecho de «porno emocional». Contó un ejemplo (copiado a vuela pluma):

<<Yo como usuario quiero adquirir un producto: un ser humano. Pretendo acceder a un sujeto con fines lúbricos, para lo que entiendo que es necesario un proceso de adquisición. Ese producto se diferencia del de rastrillo en que el del rastrillo carece de psique. El proceso de adquisición es un producto de tres discursos que confluyen: psicología social, psicoanálisis y psiquiatría. Al adquirir ese producto y en un primer momento de aproximación, mi manera de entenderlo está dominada por la psicología social, condicionado por referentes culturales estéticos. Mi aproximación sucede con una red debajo que funciona como conjunto de criterios como, por ejemplo, que las pijas valen la pena y las tontas no y así hasta un montón de criterios. Los criterios de psicología social son muy espontáneos, su discurso es el más optimista.

El proceso de adquisición tiene una segunda fase. Cuando decido que el producto realmente me interesa. Doy un salto de la psicología social y simulo que existe un factor individual, irreductivo, que está por encima de los rasgos colectivos, saltando de la psicología social a la psicología propiamente dicha. Pero es un error, un salto sin red.

Después de un estado de enamoramiento damos un tercer paso, a un momento psiquiátrico, que da lugar a un momento más conflictivo, donde se descubren los defectos de fábrica. Entonces descubrimos cuán equivocados estábamos respecto a ese producto.>>


Scary Movie 3: ¿Nueva narrativa?

Para Jordi Costa, las películas del tipo Scary Movie se parecen en su estrategia al postmodernismo literario. En ambos casos se dan discursos de segundo grado o de tercer grado, discursos pegados a un referente, a un repertorio de mitologías compartidas entre actor y receptor. Es habitual en esas películas transformar las convenciones de estilo de un género o subgénero en arbitrariedades ridículas (como, por ejemplo, en las escenas románticas ralentizadas de Agárralo como puedas). Costa habló de Casi 300 como la decadencia definitiva de este tipo de películas paródicas, al funcionar como acta de devaluación jerárquica de la cultura de la imagen. Para Costa, en estos territorios del cine desprestigiado es donde se nota -sobre todo en sus incorrecciones – elementos muy próximos a productos culturales vanguardistas como la nueva narrativa.

Fernandez & Fernandez

Corría el rumor de que Afterpop, la performance de Eloy Fernández Porta y Agustín Fernández Mallo que cerró el encuentro de Málaga, se programó en el último momento para sustituir la ausencia que dejó Vicente Verdú al declinar su invitación. No deja de tener cierta carga simbólica que un asentado macho de lomo plateado se apartara para dejar paso accidentalmente a una propuesta que trasgredió todas las convenciones de lo literario.

Fernández Mallo lo calificó en su blog de «espectáculo Video-Jockey». En la primera planta del MUPAM, en una sala de exposiciones vacía, con una barra de bar exenta en el lateral y una pared de cristal al fondo que dejaba ver el tráfico nocturno de la avenida Cervantes, se instaló una gran pantalla de plasma, un par de altavoces y una mesa donde se sentaron Fernández & Fernández. Sobre una base de música instrumental (Broadcast, Joy Division, Migala, muy variopinta), fueron mezclando videos del YouTube y leyendo sus textos, alternativamente. Mientras uno leía el otro mezclaba el video y la música, y viceversa. La voz armonizaba con el ritmo de las canciones pero sin metro o rima alguna, callando de vez en cuando para dejar hablar a la imagen y la música, o repitiendo pequeños conceptos a modo de estribillo. Los escritores se mostraron auténticos, sin rasgo alguno de impostura interpretativa. Más bien actuaron como vocalistas de una banda; integraron su estética textual con su personalidad real, fusionando su arte con su fisicidad y su directo.

La literatura se volvió escénica o lo escénico se volvió literario, lo mismo da. Los autores y el comisario del acto pueden estar seguros de haber perpetrado algo excepcional, al margen de la costumbre, que anuncia un apasionante camino a la futura experimentación. En la era de la reproductividad digital y la imagen, las artes han sido llamadas a la performación y la materialidad. Por eso la literatura, sin grandes capacidades para reflejarse visualmente o hacerse directo, se ha movido hasta ahora como un patito feo dentro los discursos estéticos contemporáneos. A nadie se le debería escapar el potencial de propuestas como afterpop, literarias, performativas y visuales, que integran el discurso textual en el espesor de signos propio de la recepción actual, devolviendo la literatura al curso de la hipermodernidad.

El afterpop tiene capacidad para introducir la literatura en medios habitualmente hostiles, como una sala de conciertos o un festival de música dance [zona chill-out, claro], pero también sirve para rescatar el evento literario de las manos temblorosas y moteadas del academicismo, el intelectualismo snob y la cursilada editorial. Finalmente si a algo se parece es al efecto de la cocaína: el audio y el video agrandan el impacto emocional de las palabras, contribuyendo a un placer superficial, a la facilidad adictiva de leer escuchando. El emisor se implica más en la producción quinésica y prosódica de sentido, recobra de lo vacuo una trascendencia olvidada.

A mí me pareció algo chapucero que utilizarán un navegador Firefox para mezclar videos del YouTube, en vez de capturarlos y usar un programa de video-jockey (una consola sí que daría plasticidad). Luego Pablo [López Carballo] me dijo que esta utilización monitorizada de recursos de usuario no dejaba de aportar cierto significado al asunto. Desde luego armonizaba bien con la lógica descarada y carente de complejos que se necesita para atreverse con el afterpop, híbrido entre la cultura DJ y la literatura, video arte, performance, y navegación íntima en Internet. Durante cincuenta minutos, la diferencia entre lo superficial y lo profundo dejó de tener sentido.

punk journalism

Robert Juan Cantavella explicó una importante estrategia del personaje de su próxima novela: el punk journalism. Comenzó argumentando a favor del aportaje, un no-reportaje donde no existe un pacto de veracidad entre el lector y el periodista, sino un pacto de sospecha. El periodista no está obligado a certificar la autenticidad de lo que cuenta, ni a ofrecer respuestas. «En un aportaje la veracidad de un hecho nunca depende de algo tan grosero como un pacto alevoso entre el escritor y el lector. Es mucho más complejo y más sencillo. Debe quedar demostrado en la escritura. Eso es todo». En la misma línea, Cantavella explicó como el punk journalism es una forma bastarda del old journalism: «al punk journalism no solo le importan las elegantes trampas de la narración realista sino también otras menos respetables que tienen que ver con la pura fabulación, la parodia maliciosa, la especulación kamikaze (…) el punk journalism también trafica con mentiras, porque sabe que lo que está diciendo es verdad».

dar en el blanco

Agustín Fernández Mallo habló, mientras se tomaba una Fanta de naranja, de fórmulas para determinar la existencia de vida en otros planetas, de cálculos sobre la gravitación terrestre alrededor del sol y de alguna que otra analogía entre literatura y balística:

<<Dar en el blanco: ¿Qué significa dar en el blanco? Es cuando las dimensiones del proyectil son más o menos las de la dimensiones del blanco. En la novela das en el blanco cuando el producto que tú emites está más o menos en el orden de magnitud al que la sociedad va dirigido. Entonces hace impacto poético. Dado que la sociedad es compleja, las novelas deben ser complejas, que no complicadas.(…) Y hoy para estar en esa escala de impacto poético es necesario utilizar el modelo social en que vivimos, la red, el modelo de red. Red horizontal. Mapa. Y móvil, red móvil. Unos nodos ubicuos unidos por links estirables, links de chicle. Pasamos de un modelo de literatura Inmueble a literatura Mueble. >>

Heno 95 sin plomo

La mesa «narrativa, ciencias y nuevas tecnologías», la última de las celebradas en Málaga, contó con la participación de Vicente Luis Mora, quien se preguntó por qué las mismas personas que reivindican tecnología punta para su coche y para sus medicamentos, se conforman luego con producciones culturales anacrónicas y desfasadas, deslegitimando la vanguardia como concepto y las manifestaciones de tecnología literaria punta. Y continuó:

<<Es incomprensible que personas que se comunican con teléfonos móviles y correo electrónico lean novelas escritas con tecnología del siglo XIX, como si intentasen echar gasolina a un carro de heno. Creo que si esas personas quieren lo último en lo que de veras importa, como en los medicamentos, etc, y en cambio en cultura se conforman con cualquier cosa, preñada de cierto retraso temporal, quizás sea porque en el fondo no valoran demasiado la cultura.>>

La novela en la era de la base de datos

Germán Sierra se acercó al encuentro de Málaga para dar un breve apunte sobre su artículo «la novela en la era de la base de datos». Comenzó argumentando que algunas de las verdades más profundas no se refieren a la naturaleza de las cosas en su individualidad sino a los procesos de organización. Desde ahí pasó a analizar los objetos producidos por los nuevos medios, que en gran parte carecen de desarrollo o temática que organice sus elementos en una secuencia, lo que quiere decir que cada elemento es igual de significativo como cualquier otro. Según Germán Sierra:

<< La era de los ordenadores ha traído una alternativa a la narración: la base de datos. Como forma cultural la base de datos expresa el mundo como una lista de elementos. En contraste la narrativa crea una trayectoria causa-efecto de elementos aparentemente desordenados. Por lo tanto: narrativa y bases de datos son elementos naturales. (…) La narrativa y base de datos son dos modos de aportar significado al mundo perfectamente compatibles e imprescindibles para el desarrollo de una estética verdaderamente contemporánea. Esto sucede en los video-juegos, por poner un ejemplo muy evidente. (…) Existen modos de conciliar la narrativa argumental a la que estamos acostumbrados y la forma simbólica de la base de datos. Creo que esto forma parte del proyecto de muchos autores que estamos aquí presentes. >>

La epifania

Javier Fernández quiso desmarcarse del enfoque inicial de la mesa «narrativa, ciencias y nuevas tecnologías», aclarando que, aunque científico de formación, quiso dedicarse a otra cosa por su cansancio del método científico, así que su cariño a la ciencia no es excesivo. Para Fernández la tecnología es un aporte de aquello que existe, pero él no se basa en ella para escribir, sino más bien lo hace inspirado por la naturaleza humana, siguiendo a Faulkner, y por la intención política y su deseo de levar al lector hacia una determinada idea del mundo, tal y como enunció Orwell.

Javier Fernández también habló brevemente de Cero Absoluto, un libro de ciencia ficción que en la presentación fue calificado por el coordinador Juan Francisco Ferré como uno de los más serios del género escritos en España. Explicó como allí se narra el último hito de la evolución humana. Si el último gran acontecimiento había sido la desaparición de los neandertales a manos de los cromañones, él plantea un choque evolutivo entre el hombre y un nuevo ser fruto de la tecnología y la evolución natural. El título del libro sirve como metáfora, pues en esa sociedad futura la cohesión absoluta entre individuos también ha producido una frialdad absoluta entre ellos.


Gin Tonic

Confirmamos que la bebida oficial mutante es el Gin Tonic con algunas digresiones hacia el cuba libre en vaso largo. Siguiendo a Vicente Luis Mora (los escritores mutantes se ponen la mar de interesantes a partir de las tres de la mañana) quisimos acompañarles durante un tramo de la noche malagueña, tratando de capturar algo de esa mesa en la sombra que paradójicamente fue más luminosa que algunas de las celebradas en el MUPAM. Según cockatilblogia.com, el Gin Tonic es uno de los cócteles menos reconocidos. Según Wiston Churchill, ha salvado más vidas y más mentes que todos los doctores del Reino Unido juntos.

En la red

Muchos de los autores participantes en el encuentro de Málaga han colgado sus intervenciones en la red. Jorge Carrión habla de la máquina imperfecta del taller del escritor. Manuel Vilas ofrece un decálogo. En Ríos Perdidos, el blog de Javier Calvo puede leerse el planteamiento de su proyecto. La conferencia de José Luis Brea, Telepatía 2.0 puede leerse vía Google. Próximamente aparecerá la conferencia de Agustín Fernández Mallo en El Hombre que salió de la tarta Otros sites de autores participantes son Diario de Lecturas (Vicente Luis mora); Germán Sierra Web (Germán Sierra), y los videos de Robert-Juan Cantavella en YouTube.

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Australia, de Jorge Carrión

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Jorge Carrión creció en Mataró, hijo de andaluces. Nació en 1976 y ha escrito un libro sobre la inmigración española en Australia, tomando como punto de partida la historia de una rama de su propia familia que emigró al continente en los años sesenta. Durante dos meses, Carrión viajó por el continente anotando testimonios de sus familiares y recorriendo las mismas rutas que estos siguieron en busca de trabajo y oportunidades, y también visitó misiones religiosas españolas y demás vestigios de la presencia ibérica desde los años del descubrimiento. El libro nos habla de esas historias, desplegadas conforme Carrión avanza por la geografía del país, intercaladas con la propia historia de Australia, del puro viaje y de las personas que el azar puso en su camino.

Jorge Carrión quiere acercarnos una realidad, no una ficción. Valiéndose de técnicas documentales e hiperrealistas, su prosa a menudo se sitúa más próxima al estilo sociológico o etnográfico que al literario. Se relaciona con lo que Verdú llamó «la temeraria escritura del yo», en un encendido decálogo que luego traicionaría minuciosamente en su última novela, No ficción, cuyo título alude inequívocamente a esas premisas. Un fuente autorizada como Philippe Lejeune llama a estos modos «relatos de vida», y sus resultados pueden ser o no literarios. Así que Australia, un viaje podría ser o no literatura, y podría ser o no ficción; la voluntad del autor ha sido hacer un libro literario de no ficción. Intentaré analizar la novela desde ahí para definirla.

Yo y lo otro

Australia, un viaje nos cuenta la historia de lo otro, es decir, lo externo a la voz narradora: los familiares, la historia del país, la descripción de sus paisajes, etc. No nos cuenta la historia del yo, ni los pensamientos del yo, ni las reacciones íntimas del yo, pues el yo ha sido suspendido momentáneamente, y se vive en lo otro. («Para hablar de todo ello debo recuperar el yo, entre paréntesis durante los dos meses que duró el viaje», escribió el autor al final del libro). Al modo de un documentalista, Carrión evidencia los aspectos elegidos de la realidad, o dicho de otro modo, deja que una realidad concreta se ponga en evidencia al ser mostrada, en lugar de resumirla en una reflexión subjetiva.

La literatura comienza cuando el libro que objetivamente habla de lo otro en realidad habla también del yo. Frente a la pretensión unívoca del conocimiento que se expresa mediante el lenguaje verbal, el lenguaje literario se distingue por su pluralidad de sentidos, y de esta manera la historia de los familiares que emigraron a Australia se convierte en una metáfora sobre la inmigración, y en último término sobre la identidad del propio autor, cuyos padres emigraron a Mataró desde Andalucía. Estamos llamados a interpretar estos dos niveles desde el comienzo del libro, e incluso antes. Ya en las primeras páginas Carrión nos ubica en los escenarios de su infancia, trazando analogías entre su situación (hijo de inmigrantes en Cataluña) con la situación de aquellos que va a ver (inmigrantes en Australia). Y además nos narra cómo en los colegios de Cataluña su nombre se transformó de Jorge Carrión a Jordi Carrión, catalanizándose por decreto.

Pierre Bourdieu habla de cómo el mundo social, que tiende a identificar la normalidad con la identidad entendida como fidelidad de sí mismo de un ser responsable, dispone de todo tipo de instituciones de totalización y unificación del yo. Quizás la más importante sea el nombre propio, que instituye una identidad sociable y duradera, «un punto fijo en un mundo móvil» -que dijo Ziff- para formar la identidad social permanente. A la luz de estas reflexiones, el cambio de nombre del autor representa una desestabilización de la identidad individual, que sitúa a Carrión al margen de la normalidad, como ser de identidad anómala, sumido en una crisis que al comienzo del libro sigue sin resolverse. Si creemos a Bourdieu cuando dice que el investigador y el objeto de la biografía comparten el mismo interés por aceptar el postulado del sentido de la existencia, Jorge Carrión liga en Australia, un viaje, su sentido del yo al sentido de lo otro, indagando a través de lo otro, el sentido de sí mismo.

Las obras abiertas a múltiples interpretaciones siempre nos permiten el viejo juego filológico de relacionar la biografía (oficial) del autor con lo dicho en sus novelas. En este caso viene de cajón casar la especial atención que se presta en Australia a los conflictos lingüísticos con la Cataluña que Jorge Carrión ha vivido, inmersa en un profundo proceso de «catalanización» después del intento de genocidio cultural del franquismo. Se trate de una coincidencia o de una intención, el contexto vital de Carrión se mantuvo a lo largo de mi lectura como una caja de resonancia donde la vivencia de los otros (inmigrantes, hijos de inmigrantes) iba creando interesantes ecos de la identidad del autor.

¿Es posible una autobiografía en verso?

En la biografía literaria se da una convergencia entre estética e historia, nos dice Paul de Man. Un texto que carezca de sentido estético no puede llamarse literario, ni tampoco puede llamarse «histórico» un texto donde el exceso de forma distorsione por completo el contenido. Australia, un viaje, que quiere ser un libro literario de no ficción, trata de mantener ese difícil equilibrio, igual que trato yo de mantenerlo en este texto, pretendidamente literario y no ficcional. No es posible una autobiografía en verso porque el autor se vería obligado a distorsionar una y otra vez la expresión de lo real hasta adaptarlo a las exigencias formales del metro, y de ahí que en Australia… se adopte un estilo sobrio, sin sobreexcitaciones del sentido literario excepto en contadas ocasiones. Un fragmento de este libro puede ser tan poco literario como la página de un manual de Historia.

En sus reflexiones sobre los relatos de vida, Philippe Lejeune presta especial atención al orden en que se cuenta una vida como uno de los factores esenciales que diferencian un texto de investigación de un texto literario. Lo cierto es que Jorge Carrión se comportó como un antropólogo cuando sentó a sus familiares a contestar sus preguntas, pero fue literato a la hora de ordenar sus respuestas. Es gracias a este orden «de autor» que el relato de vida gana centros, clímax, dramatismo, que jamás hubieran resultado de la mera trascripción de las conversaciones. La falta de literariedad del estilo queda así compensada por el intenso trabajo de montaje que culmina en la construcción de una historia tal y como la entendemos en literatura. Por eso uno de los grandes logros de la obra es precisamente articular dramáticamente un material hiperrealista como son las conversaciones con los familiares, la documentación, las apreciaciones sobre el terreno, etc. Sin duda, las mejores páginas del libro tienen mucho que ver con el modo en que Carrión gestiona el respeto hacia la representación de sus propios familiares que, no olvidemos, son los protagonistas del libro. Gracias a ese debido respeto, el autor se ve obligado a trabajar el significado de los silencios con más virtuosismo del que exigiría una obra de otra clase, produciendo un efecto nuevo.

Finalmente nos involucramos emocionalmente con las personas de la historia, con el destino de la voz narradora y los demás centros creados gracias a los recursos literarios. Como lectores hemos adaptado nuestro estilo de recepción a ese afán de historia y por lo mismo nos molestan las digresiones, lo que no aporta significado a los centros. Estas digresiones se vuelven abundantes en el epílogo, que funciona como una especie de cajón de sastre de lo que ha ido quedando en el tintero. Se rematan tramas familiares, se añaden informaciones históricas y datos sobre la inmigración que pueden agotar nuestro interés, pues Carrión no logra justificarlos desde esos centros literarios, permitiéndose licencias que contradicen algunas de las mejores cualidades aquí descritas. Una profunda revisión del epílogo no le vendría nada mal a un libro que funciona mejor sin él.

El viaje

El escritor Juan Francisco Ferré advirtió del afán de autores como Carrión por fijar una codificación verbal de lo que hay de nuevo en el mundo, en respuesta a la regresión formal y temática de la literatura narrativa. Son especialmente valorables los intentos por contar lo que sucede caóticamente a nuestro alrededor, y que aún no ha sido ordenado por la memoria, ni por el discurso, ni por la destrucción, al revés de un pasado que, como dictan los posmodernos, ya es solo texto. Australia, un viaje consigue plasmar con bastante precisión el nuevo cosmos del viaje propio del siglo XXI, atrapando para la literatura una realidad hasta ahora inédita. En claro contraste con las líneas gruesas de la literatura de viajes, el viaje en Carrión pierde toda capacidad mitificadora del lugar, de la experiencia y hasta del propio viajero (son impagables las confesiones de debilidad de Carrión, su miedo a las avionetas, a la fauna y a los incendios). El viaje sirve para constatar la banalización del propio acto de viajar, capitalizado por el mercado turístico y la filosofía de consumo, poniendo en evidencia ese avance progresivo que va fagotizando la autenticidad de los lugares para luego vomitarlos como mercancía.

Australia acaba pareciéndose al desierto cultural que Baudrillard teorizó en Estados Unidos de América. El viajero trata de revelarse, de volver genuina su experiencia, pero inevitablemente acaba topándose con una nueva perversión de su expectativa, o de su propia imagen, cuando se cruza con semejantes que le devuelven una versión indeseable de sí mismo. La desertificación natural y humana del paisaje que se atraviesa hace del viaje una forma de deslocalización, no de localización en otra parte. Carrión también detalla a una serie de espíritus afines que el azar pone a su encuentro, viajeros como él, personas borrosas en su mayoría, huidas de vidas ingratas. A través de esos encuentros, el desierto de Australia se convierte en una metáfora de las relaciones posmodernas, surgidas en los entornos huecos del viaje turístico o el ciberespacio, con la crisis de la individualidad y la emancipación del deber colectivo como trasfondo.

Ideología y ficción

En los últimos años son muchos los que consideran la no ficción, el relato de vida o escritura del yo, como una tendencia deseable de la nueva literatura. Australia, un viaje puede inscribirse radicalmente en esa postura, en cuanto a su deseo de fijar una memoria sobre unos hechos comprobados, de su familia australiana y la inmigración española. Y en general lo hace de una forma adecuada a nuestro tiempo, teniendo en cuenta no solo lo nuevo del mundo, sino también sus nuevas formas de (des)conocimiento. Australia, un viaje se adecua a la filosofía de la contemporaneidad en muchos aspectos, y no en algún otro.

Conviene recordar que para Bourdieu hablar de historia de vida es presuponer (equivocadamente) que la vida es una historia. También Derrida denuncia que al considerar la escritura como un sistema de representación de la vida, se asume que la escritura encuentra una analogía estructural del lado de la vida, postulando así una representatividad generalizada de la misma. A.Moreiras nos aclara que es lógico que el deconstruccionismo -una de las corrientes filosóficas más influyentes de este comienzo de siglo- parta de cierto fracaso de la posibilidad biográfica, ya que parte del fracaso de la filosofía moderna, centrada en el estudio del fenómeno de la autorreflexividad. Todo ello nos induce a pensar que cualquier proyecto literario de no ficción que no haya absorbido el espíritu de este pensamiento aborta sus posibilidades de renovación. Seguirá siendo literatura -buena o mala- pero ya no podrá declararse renovadora, sino conservadora, incluso arcaizante.

Australia, un viaje toma para sí un principio ya capital para el advenimiento de la novela moderna, ahora trasladado a la no ficción, que Alain Robbe-Grillet señala como la aceptación de que lo real es discontinuo, y formado por elementos únicos, yuxtapuestos sin razón, y tanto más difíciles por cuanto surgen sin cesar de modo imprevisto, fuera de propósito, aleatorio. En Australia, un viaje, existe un orden literario basado en ciertos centros, pero finalmente Carrión se resiste a cerrar el sentido, o dicho con palabras de Bourdieu: se resiste a ser ideólogo de su propia vida. Carrión consigue librarse de la tentación, aunque hay ciertas trazas de postmodernismo y algún guiño a Baudrillard. Quizás en algunos episodios la figura del emigrante aparezca demasiado novelizada, sobre todo en aquellos en los que el escritor habla de los primeros años de sus familiares en Australia, cuando traduce con la historia verbal ya constituida, contada de memoria por sus fuentes, que sí está fuertemente ideologizada (la superación, el drama, el espíritu de trabajo, etc); pequeñas digresiones, no obstante, que no desmerecen un libro digno de llamarse contemporáneo.

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