El animal sumergido. Versión reescrita y corregida (2026)
El Área de Observación Submarina es un pasillo largo y serpenteante que corre bajo el peso del estadio del parque marino. La luz azulada del tanque se proyecta en el suelo, dibujando tentáculos de luz que oscilan al ritmo del agua. Lucas está parado con los brazos cruzados frente al vidrio acrílico. A su lado, Mora lo mira con la misma admiración con que mira a Juana, la orca. Sabe que su hija no entiende del todo cuál es su trabajo, pero se da cuenta de que los desconocidos lo miran con curiosidad cuando él dice que es perito psicológico de animales en cautiverio. Mora les explica, con una seriedad que le parte el alma, que su papá escucha lo que les pasa y después lo cuenta por ellos.
Cuando la sombra gigante se acerca, Mora despega el dedo índice del vidrio y retrocede. Gira la cabeza para ofrecerle a él una mirada temerosa. Lucas sería capaz de tragarse toda el agua de ese tanque por esa mirada.
Una empleada aparece, agarra a Mora de la mano y se la lleva a recorrer el parque.
Ahora está solo con Juana.
La orca flota suspendida como por hilos transparentes. Lucas repasa mentalmente la ficha técnica que lo había traído hasta ahí. Juana: doce años. Seis metros de longitud. Cuatro toneladas de músculo y silencio. Negra. Correosa, maciza, reluciente. El ojo es apenas una hendidura oscura, una aceituna negra que se contrae con una lentitud de siglos. A su edad, cualquier otra orca nacida en cautiverio ya tendría la aleta dorsal caída y el esmalte de los dientes reducido a nada por la ansiedad del encierro. Juana tenía dientes impolutos. Lo que da ese aspecto casi inocente en las orcas son precisamente esos dientes que las humanizan. Los mismos que había usado para borrar a una persona del mundo.
Tenía que descubrir por qué.
Había ido a la casa de los padres de la joven fallecida. Era soltera, sin hijos, egresada de varias carreras: artes circenses, arreglos florales, cerámica, fotografía, administración hotelera, turismo, y finalmente la escuela de entrenamiento de mamíferos marinos. Había nacido ciega de un ojo. La madre dijo que siempre la trataron como si tuviera los dos sanos. Hacía diez años que no tenía novio. Ella decía que con el último habían terminado de común acuerdo, pero en realidad él se había alejado. Era un buen muchacho, fueron las últimas palabras de la madre, antes de largarse a llorar.
En unas horas tenía que dejar a Mora en la casa de su exesposa. Nunca imaginó que Valeria, que había insistido tanto en conquistarlo, se iría de un día para el otro. En las últimas noches hasta el fuego del resentimiento se había apagado. Ella decía no pasa nada con la mandíbula apretada, y él respondía como quieras y se encerraba en su silencio.
Lucas se quedaba sentado en la cocina, escuchando el zumbido de la heladera, repleta de imanes de animales, mientras Valeria fumaba en el balcón. Las estocadas mutuas que al principio delimitaron el terreno fértil de su relación, esos retazos del pasado lanzados para despertar celos (él mencionando a una ex, ella contando algo de un viaje con otro), se habían convertido en puñaladas de indiferencia que la habían desangrado.
Antes, la ley del hielo, el retiro gradual del cariño, el sarcasmo disfrazado de broma. La presión acumulándose sin salida directa. Hasta que uno de los dos estallaba. Sillas. Insultos. Portazos. Y después la nada. La nada que pesaba y se acumulaba y se desbordaba. Ahora Lucas la arrastraba por toda la ciudad. Nada por aquí, nada por allá. Su nada reflejada en el ir y venir de otras parejas; auscultada por amigos, predicha, aconsejada.
Juana daba vueltas y vueltas en su tanque.
De chico se la pasaba mirando un libro de Cousteau con papel fotográfico. Los animales marinos eran sus preferidos: seres que en otras culturas habían sido sirenas, krakenes, leviatanes. Cuando trabajaba con ellos sentía que lo invitaban, con todo pago, al palacio submarino de coral del Rey Dragón Ryujin, el dios del mar en la mitología japonesa. Volvía a ser el chico que pasaba las páginas en un dormitorio difuminado.
Le parecía raro que cuando era niño no sabía lo que era la paz. No era necesario saberlo. Recién con el correr de los años la había necesitado y descubierto. Tal vez después de que la vida se convirtiera en una lucha por encontrar el amor verdadero. La paz llegaba cuando conocía a una mujer que se la hacía sentir. Con esa mujer se quedaba, extasiado, enternecido. Pero enseguida comenzaba otra búsqueda. La de pureza. El niño solitario que había sido buscaba personas iguales a él. Alguien que no se hubiera entregado fácilmente al mundo. Una pureza que tenía la lógica de un niño triste.
La búsqueda de pureza lo había llevado primero a la psicología humana y después a la de los animales. Al principio, era capaz de mirar si las pupilas de Valeria se dilataban cuando le preguntaba algo importante sobre su pasado para investigar si existía esa pureza que siempre se le escapaba. Buscaba influencias negativas, contaminaciones de la sociedad o de algún exnovio que hacían que ella no fuera ella sino otra. Y si ella era otra, él podía ser muchos. Y él quería ser único. Él había sido único, diferente, y eso había dolido. Cuando no encontraba el reflejo de su soledad llegaban las punzadas en el pecho. El asco. La falta de comunicación. El bicho de caracol molestado que se metía adentro.
Con los animales era distinto. No había tanto que indagar. Comprendía tanto a un pitbull adorable convertido en una bestia desenfrenada con la boca cubierta de sangre que había sido capaz de arrancar el antebrazo de su dueño como a un chimpancé cariñoso que de repente desfiguraba la cara de su cuidador. En esos casos él aparecía, evaluaba la causa del quiebre y contaba una historia. Lo que lo había llevado a ese trabajo era exactamente eso: la posibilidad de fijar un relato simple sin la ambigüedad que lo paralizaba en todo lo demás.
Sin embargo, el caso de Juana era complejo.
Lo que más le sorprendía era que las medidas reglamentarias del tanque no se hubieran respetado. Un entrenador anterior la había sobreexigido. No la premiaba por las piruetas simples y le demandaba saltos imposibles. Por otro lado, el gerente aseguraba que los tiempos se cumplían, que Juana era excepcionalmente inteligente. Decía que tenía una memoria superior a la de otras orcas. En los atardeceres jugaba con los perros del parque asignándole a cada uno la misma pelota: al dogo la roja, al mestizo la azul, a la ovejera la naranja. También era sinéstata: si un entrenador le mostraba el número siete, se sumergía y tocaba en el piso del piletón una lámina naranja; el diez, una azul; el tres, una verde.
Había varias explicaciones para el ataque. Estrés crónico. El tanque era demasiado pequeño, lo que le provocó frustración por privación sensorial y una psicosis por confinamiento. La única estereotipia de Juana que delataba este primer relato era que flotaba inerte a veces. Otra mirada: Juana era demasiado inteligente, algo que la convertía en más sensible para el encierro. Y por último se podría decir que tenía una predisposición genética que ningún entorno hubiera podido corregir (Juana era de un ecotipo activo, acostumbrado a nadar 140 kilómetros diarios y vivir en una estructura social compleja; por lo tanto, más vulnerable al estrés extremo). Cualquiera de esas historias era verdadera. Cualquiera era defendible.
Una orca era megafauna. Millones en investigación, en imagen del parque, en los años de entrenamiento. En el fondo, su trabajo era un trámite más de una ley que querían vetar.
Las orcas en cautiverio no podían ser liberadas en el océano porque morían por la falta de habilidad en la caza. Además, nadie libera a una orca que probó sangre humana. Las veces que ocurrió un accidente así, nunca lo habían hecho. La otra opción, la que él prefería (hasta que los santuarios marinos fueran una realidad), era que la dejaran en su tanque, aislada. La tercera, la única tal vez, era el traslado, que Juana se convirtiera en una nueva, mortífera atracción.
Desde hacía cinco años operaba en la Patagonia un parque privado, financiado por una empresa llamada Riviera, al que algunos llamaban segunda oportunidad y otros, directamente, turismo negro.
El público, compuesto de morbosos irrecuperables, podía ver a animales peligrosos de manera segura, pero también el emprendimiento era tecnológico. Animales robóticos los acompañaban en sus hábitats y copiaban los movimientos y reacciones de los originales. La idea parecía razonable. Los animales salvajes, y algunos domésticos, serían reemplazados por clones robóticos. El pitbull que mordió estaba en ese parque. El chimpancé también. Los robots estresaban a los animales. Pero todos los que estaban ahí habían atacado antes a los humanos. Los jueces pensaban que se lo merecían.
Sabía que, dijera lo que dijera, Juana terminaría en Riviera. El informe no decidiría nada. Era un resabio burocrático, una historia más para justificar lo inevitable. Entonces lo importante no era el destino de la orca, sino otra cosa. La historia que iba a contar. La que más se acercara a esa aproximación a la realidad que llamamos verdad.
Siente que le tiran de la manga. Los reflejos ondulantes del agua acarician la frente de su hija.
—¿Dónde está, papá?
—En la otra punta de la pileta. Al final del pasillo.
Mora sale corriendo por el pasillo gris.
Aparece la terapeuta holística, una de las precursoras en el uso de esta práctica con animales. Saluda a Lucas, camina hasta el fondo del pasillo, besa a la niña. La alza y la deja a la altura de la flotante Juana. Mora grita, no se sabe si de alegría o de terror. Con los compases de La belle Hélène de Offenbach inundando el parque desde los parlantes del subsuelo, la terapeuta posa las palmas sobre el vidrio como si empujara un camión, pero sin esfuerzo.
La orca se aleja, pega un salto en la mitad del tanque que rompe el agua y deja entrar un rayo de sol, y luego nada velozmente hacia Lucas.
Mora lo llama. Él camina por el pasillo hasta la otra punta del mirador. La bestia negra vuelve y cruza lento frente al vidrio, pasando entera bajo las palmas de la terapeuta, como si necesitara una caricia. Después gira y queda flotando inerte; su cabeza apuntando al pasillo. Su hija se adelanta y, estirando los brazos, posa las palmas contra el vidrio como si fueran ventosas. Pega una mejilla. Cierra y aprieta los ojos.
Lucas la mira desde atrás. Mora no sabe nada de la entrenadora muerta, ni de lo que él va a escribir en el informe, ni de por qué su padre está ahí parado con los brazos cruzados mirándola pegar la mejilla al vidrio. Solo sabe que del otro lado hay un animal enorme y oscuro. Y siente la energía de algo que es incapaz de traicionar a su propia naturaleza.
Piensa que su hija nunca volverá a estar tan protegida en su vida como en ese momento. No se mueve. Se pasa la lengua por los dientes.
por Adrián Fares
Gracias por llegar hasta acá.
Pueden leer la versión en inglés de este cuento en Substack: adrianfares.substack.com
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