/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
En Lituania saben que los rincones de una casa nunca están realmente vacíos.
Allí habita el Baubas, una criatura de dedos infinitos y piel como el cuero viejo, que se alimenta de la energía de los que no pueden dormir.
Héctor no creía en cuentos.
Se mudó a aquella vieja casa de techos altos y suelos que crujían por el simple placer de la soledad.
La primera noche, mientras leía bajo la única lámpara del salón, notó algo extraño: la alfombra del pasillo parecía más gruesa de lo normal, como si algo estuviera debajo, moviéndose con una lentitud desesperante.
Ignoró el escalofrío.
"Es el viento", se dijo con esa superioridad falsa que tenemos los vivos antes de que pase algo gordo.
Al irse a la cama, el ambiente cambió.
El aire se volvió pesado, con un olor rancio, como de ropa mojada olvidada en un baúl durante décadas.
Entonces lo vio.
En la esquina más oscura de su habitación, donde la luz de la luna no llegaba, dos puntos rojos como brasas empezaron a brillar.
No eran ojos grandes, eran pequeños, hundidos y cargados de una paciencia infinita.
Héctor intentó levantarse, pero sintió que algo le tiraba del pelo.
No era un tirón fuerte, era constante, como si unos dedos largos y arrugados se estuvieran enredando en sus mechones. Intentó gritar, pero el Baubas ya estaba sobre él.
No pesaba como un cuerpo, pesaba como una culpa.
Sintió los dedos del ser rodeándole el cuello, pero no para asfixiarlo de golpe.
El Baubas prefiere que sientas cada segundo de su tacto frío mientras te susurra verdades crudas al oído que solo tú conoces.
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