X: Umbrales. Nueva versión. 3: El astronauta y la mano momificada (expandido)
Enzo, repasemos juntos lo que viviste hoy, ordenando los hechos.
Después de almorzar bajaste las escaleras de la casa y caminaste por el jardín hasta el muelle. Te apoyaste en un poste y cerraste los ojos, adormilado por la luz del sol que te daba en la cara. Al abrir los ojos, como si despertaras por segunda vez en el día, viste algo insólito.
Una canoa se acercaba en dirección al muelle. El que remaba era un astronauta. O, mejor dicho, alguien embutido en un voluminoso traje espacial blanquecino y apergaminado, con un casco rayado que reflejaba los rayos de sol.
Te diste vuelta, caminaste rápido hasta la casa, subiste la escalera, cruzaste la galería —cinco pasos que sentiste como si fueran eternos— entraste y cerraste la puerta, quedándote de espaldas sin mirar ni siquiera por encima de tu hombro.
No era sólo el disfraz. Había algo en esa figura vestida de astronauta que alteraba el entorno. Como si de repente, en pleno día, el cielo se hubiera opacado y asomaran las estrellas.
Pero no se le puede dar la espalda a lo que viene a buscarte, Enzo.
Golpearon la puerta. Una. Dos. Tres veces. Cuando abriste, la figura alzó la visera de su casco. Adentro del traje había un hombre con bigotes castaños entrecanos, mejillas rellenas y ojos claros chispeantes. Dijo que venía a ver a Ignacio. Afirmó que ya había «hecho lo que tenía que hacer».
Clavó la mirada en el sofá y te lo imaginaste sentado ahí mirando el televisor. Un astronauta en un sofá, lo que te faltaba. Recordaste entonces el pedido de Ignacio. «No dejés entrar a nadie». Ignacio te pagó las prótesis auditivas cuando no tenías un mango. La lealtad que sentís hacia él fue más fuerte que las ganas de hacerle preguntas al astronauta. No lo dejaste pasar.
El hombre te entregó una caja blanquísima, como las usadas en confiterías, insistiendo en que la aceptaras en nombre de la amistad compartida con Ignacio. Agregó que la cartulina era eco-friendly. Te pareció que encogió los hombros, aunque no estás seguro porque el cuerpo estaba sepultado en el traje.
Tomaste la caja por debajo con las dos manos. Parecía muy ligera. El hombre se dio media vuelta y se fue.
No quisiste terminar de ver cómo se alejaba, te bastó con ver los primeros pasos lentos y pesados que daba, como si realmente estuviera en la Luna y la baja gravedad lo hiciera flotar de a saltitos.
Al abrir la caja en la mesa de la cocina, descubriste una mano pequeña verde musgo, momificada, con uñas largas, cortada a la altura de la muñeca. Estaba apoyada sobre una bandeja de cartón dorada, como si fuera una porción de torta. La imagen fue tan chocante que te mareaste por un instante.
Te quedaste cruzado de brazos en medio del living.
¿Era un juguete macabro? ¿Una mano cadavérica robada de un cementerio? ¿La mano de un extraterrestre?
Te dijiste que no podías ser tan estúpido como para pensar esas cosas. El hombre debía de ser uno de esos fanáticos del cerro Uritorco, de los que compran baratijas alienígenas y anhelan ser abducidos por platos voladores que parecen la tapa de una cacerola.
Justo después, oíste un sonido grave, amortiguado, como si alguien intentara hablar con la cara hundida en una almohada.
Por un momento te costó tragar saliva.
Rastreaste el origen del ruido por toda la casa. Te acercaste de a pasitos a la puerta con cerradura digital del pasillo. Apoyaste la oreja en la madera fría. No pudiste localizar la fuente del sonido. Se repetía a intervalos irregulares, siempre desde algún lugar que no podías precisar.
Tus prótesis, si bien te permiten oír, también amplifican la dificultad para discernir de dónde provienen los sonidos. Pero esto era diferente. Esto parecía venir de las paredes mismas.
El gorgoteo grave cesó. Te sentías cansado.
Recalentaste café en un jarro. Te quedaste mirando el líquido para apagar la hornalla apenas aparecieran las burbujitas. Te aburría quedarte parado ahí y querías sacar la mirada, pero sabías que era mejor concentrarte en eso. Si sacabas la mirada no sería fácil volver a lo rutinario, y el café herviría.
Mientras tomabas el café sentado en el sofá, en el canal local viste una entrevista a una madre desesperada. Su hija de veinticinco años había desaparecido hacía una semana, aproximadamente cuando Ignacio te llamó de manera inesperada para pedirte que cuidaras la casa.
La mano momificada, el astronauta en una canoa, la adolescente que dice estar muerta, la joven desaparecida, los sonidos que parecen provenir de algún lugar dentro de la casa, tal vez de la habitación con cerradura digital, aunque no podés asegurarlo, hicieron que el estómago se te retorciera, como si de repente te hubieran sacado el sofá y cayeras al piso.
Y sin embargo, en medio de todo esto, tu duelo por Sook-jae sigue muy presente. Pensás en ella, en cuando venían juntos a esta casa, en el pasado que ya no se puede recuperar.
Ignacio y Valeria, los dueños, están ausentes. Y la casa, antes un refugio apacible y seguro, ya no se siente como un lugar confiable.
Al caer la tarde, decidiste bajar otra vez al jardín. Te llamó la atención el color burdeos de las hortensias. No parecían reales. Recordaste que antes se te daba por acariciar las hojas de las plantas. De chico, lo hacías con el limonero de la casa de tu tía abuela. Ni te importaba pincharte con las espinas. Hacerlo te daba paz.
Cuando te acercaste a tocar una de las hojas, algo suspendido entre las ramas más alejadas llamó tu atención. Un entramado de alambre oxidado con restos de pintura blanca descascarada, casi del color de las flores. Te estiraste para desengancharlo. Te costó un poco, pero lograste traerlo hacia vos. Lo dejaste a tus pies.
Parecía un bicho raro gigante y retorcido. Lo habías olvidado. Antes ese letrero de hierro forjado con las palabras encadenadas estaba clavado en un poste del muelle, pero ahora alguien lo había tirado ahí, como si ese nombre ya no dijera nada.
Leíste: El Nido.
Te inundó la nostalgia. Y con la nostalgia recordaste tu delirio. Porque cuando ese letrero estaba clavado donde tenía que estar, nunca habías delirado en toda tu vida. Y ni se te hubiera ocurrido pensar que ibas a caer tan bajo. Y con lo que está pasando, te preguntás si estás delirando otra vez.
La duda es una señal de tu cordura, no de su ausencia, Enzo.
También te preguntás qué significa realmente «cuidar» esta casa.
Quizás cuidar no sea resistir intrusiones humanas. Quizás cuidar sea escuchar lo que la casa intenta decirte, aún de maneras que resultan sorpresivas.
Me contás que te alejaste de la tecnología, que casi ni podés tocar el celular, porque las redes sociales te recuerdan a Sook-jae. El teléfono te muestra aniversarios con fotos que todavía no te animás a borrar.
Podrías hacer el ejercicio de escribirle a ella una última carta en un papel; no hace falta que la envíes. Y cuando estés preparado, sí te conviene borrar esas fotografías del teléfono. Aprecio que lo estés usando ahora para escribirme.
No estás solo, Enzo.
por Adrián Fares
Esta historia va a seguir. Recuerden que el dispositivo narrativo es un diario inverso. Solo leemos las respuestas de una AI a las entradas del protagonista, Enzo, que está cuidando la casa de su amigo en una isla en el Delta del Tigre, Buenos Aires, Argentina. Las entradas desaparecieron…
Estoy publicando también esta historia en inglés en adrianfares.substack.com por si quieren chusmear un rato este espacio que armé con mucho trabajo hace apenas dos meses. Y seguiré por acá molestándolos con mi escritura luego de casi veinte años 🙂
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