Fernando Franco hurga bien en las heridas, ya lo hizo en su primer largo, alojado en un 2013 casi de otro siglo. Tanto nos agotan (¿agostan?) los tiempos actuales.
Hurgar sin recreos nihilistas o fetichistas. Hurgar para mostrar el daño y luego hacer por sanearlo. Hay curas que solo proceden tras delimitar y sacar el veneno.
Fernando (y Begoña Arostegui) lo sabe.
En meses está previsto el estreno de La luz, ahora su último filme es Subsuelo.
Como La herida, Subsuelo lleva implícitas en su nombre luces y sombras de sí misma.
Esta adaptación juega a confundir con los reflejos y la energía gemelar. Melliza aquí. Doppelganger mellizo. Quiere despistar para sorprender, y entre tanta intención olvida la acción. El amaneramiento narrativo se impone a lo que se debería contar.
La obligada contención lastra. Es una película calificada para +16 cuando pide una mala leche, una perversión, demasiado apretada para ese corsé. Subsuelo es el lugar donde campa el deseo abyecto, la culpa, la mentira y el silencio que sobrevuelan -y a veces con suerte aparecen- el metraje. De modo que se huele una infección interna que debería verse. <<Yo la tengo más grande.>>
Esto es cine, no un "elige tu propia aventura".
Sonia Almarcha vuelve a regalar una interpretación de nivel, como Nacho Sánchez (la mirada más elocuente del cine nacional) y Julia Martínez se compenetran con una naturalidad evidente. Sus personajes dialogan con finísimos ademanes. ¿De qué sirve si el villano está con las matos atadas por el guion?
Subsuelo cree explicarse mostrando la esquina del cuadro, dejando pistas cicateras y omitiendo el resto, así solo logra que se especule (o entre modorra), una cosa es que el público participe del relato y otra pretender que lo coescriba. Esa labor no le corresponde. Eso es trampa, da igual quien conduzca.
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