Aquel día de octubre, salí con mi sudadera y tenis viejos, y justo en aquel supermercado, la vi. La miré a los ojos, me miró de pies a cabeza, le invité un café, me respondió: lo siento, no tomo café con mensajeros de empresa.
Días después, don Miguel, tomó el teléfono y dijo: Claudia, tráigame dos cafés por favor, cerramos el negocio con Louis, su empresa es nuestra nueva proveedora de tecnología.
Claudia, entró con dos cafés en sus manos, sorprendida, me miró a los ojos y justo cuando yo salía me dijo: ahora sí te acepto el café; la miré, sonreí y le dije: acabamos de tomarnos ese café.




