/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
El calor en esta habitación ha dejado de ser físico para convertirse en algo vivo que me oprime los pulmones.
Son las tres de la mañana y el ventilador sigue con su vaivén hipnótico, cortando el aire denso con un chirrido que suena a súplica.
De repente, el aire que llega a mi cara cambia.
Ya no es el bochorno de la calle; es una ráfaga gélida, con olor a tierra mojada y a encierro, que me eriza el vello de los brazos.
El ventilador se detiene en seco, bloqueado por algo invisible.
Escucho el motor forzarse, un zumbido eléctrico que sube de tono hasta que algo cruje.
En la oscuridad del techo, justo donde la luz de la calle no llega, las sombras parecen tener más volumen de lo normal.
Intento estirar la mano hacia el interruptor, pero el colchón se hunde a mi lado, lentamente, como si alguien de mucho peso acabara de sentarse a observar cómo intento respirar.
Una mano, cuya frialdad atraviesa la sábana húmeda, se posa con firmeza sobre mi tobillo.
No hay palabras, solo el sonido del ventilador intentando girar de nuevo y una respiración pesada que no es la mía, pegada a la nuca, recordándome que en esta casa nunca he dormido sola.
⋆。°✩。⋆ ── 🌑 oscuridad total ── ⋆。°✩。⋆
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