RESEÑA
Tres generaciones diferentes unidas por el mismo deseo de volar. Mario, el protagonista, recuerda sus veranos al sol de Málaga, las tardes eternas en las que su abuela se quedaba dormida en el porche, en lucha perpetua con las moscas. Su abuelo, hombre de pocos gestos afectuoso, pero con un cariño inmenso hacia su nieto, arregló el juguete que más amaba en el mundo, su avión de madera, destrozado por el perro. Adoraba ver los aviones surcar el cielo, de camino al aeropuerto, y soñó ser un día como aquellos pilotos. De mayor, las deudas pendientes con su padre no le dejan tranquilo, e intenta transmitir a su hija la misma pasión que sintió él de niño cuando montó en avión por primera vez, soñando que iba al mando.
“Mi avión herido”, de Mario Castillo, es un excelente tributo al germen del vuelo. Una historia familiar narrada en diferentes etapas: 1938, 1970, 1987 y 2014 que nos hablan de la guerra, de accidentes aéreos y de ausencias, contada con sensibilidad. Ayuda tener conocimientos de aviación para una mejor comprensión, pero el mensaje principal llega a todos. Una novela introspectiva y hermosa que nos deja grandes frases y que es también un homenaje a Málaga, ciudad natal del autor. Encantará a los apasionados de los aviones.
“La experiencia no es más que un tipo demasiado confuso de conocimiento que nos permite reconocer un error cuando ya lo hemos vuelto a cometer. El sentido común está demasiado condicionado. Demasiadas presiones externas nublan la razón del piloto más experto. Procedimientos. Solo nos quedan los procedimientos.”
“Cuando ya nadie nos recuerde, cuando ya nadie sepa que hemos existido, mis palabras lanzadas seguirán rebotando ciegas contra las paredes de madera descompuesta de su tumba. Porque las palabras sobreviven y perduran como rayos de luz lanzados al espacio.”
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