De nuevo en la unidad del dolor tras un año de baja y un mes desde la última infiltración. El dolor no remite.
Me siguen atiborrando con medicamentos para el dolor neuropático, pero el dolor no cesa. Se niegan a recetarme opioides.
Dicen que temen una posible adicción, pero la única que tengo es la adicción al dolor: una fiera salvaje que me devora poco a poco.
Las piernas cada vez duelen más. Incluso andar con bastones es un suplicio. La bestia prefiere muslo a pechuga.


