El hambre no tiene bandera: El costo humano del fanatismo
Es un fenómeno absurdo y cruel ver cómo las personas son capaces de ignorar estómagos vacíos y fosas comunes con tal de no admitir que su equipo va perdiendo. Cuando una ideología se convierte en una religión, la realidad pasa a segundo plano. No importa que los datos muestren miseria o que los ejecutados se cuenten por miles; el fanático prefiere culpar a un enemigo externo, al clima o a la mala suerte antes que aceptar que el líder al que veneran es el único que cena caliente mientras el pueblo se consume. Es una forma de suicidio intelectual donde la lealtad al color de un partido y la ideología vale más que la vida del vecino.
Este mecanismo de negación es el oxígeno de los dictadores. Ellos saben que si logran que te enamores de la idea, dejarás de ver al monstruo. El privilegio de unos pocos se construye sobre la ceguera de muchos que, por orgullo o miedo, prefieren mirar hacia otro lado mientras la evidencia del fracaso de ese líder y de esa ideología les golpea la cara, incluso algunos se atreven a decir y asegurar cuando se le muestran esas evidencias irrefutables cosas tan absurdas como "es que eso no es [ inserte ideología aquí ] + ismo", todo sea con tal de defender la ideología y al líder del cual se enamoraron sin importar la cantidad de muertos que tengan el patio trasero.
Al final del día, ninguna teoría política debería valer más que la dignidad o la vida humana, pero mientras sigamos eligiendo ídolos en lugar de soluciones, seguiremos alimentando a tiranos que se tienen todo tipo de beneficios y prestaciones vendiendo esperanzas de que "todos somos iguales" o de que "acumularemos riquezas", cosas que terminan en cementerios.
S.P. Filósofa Urbana
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