El otro día fui con un amigo a una exposición en la sala de Arte Joven de Madrid. Molaba por la frescura y la variedad temática y, sobre todo, me gustó que fuera un lugar con algo más de libertad de movimiento para el espectador: puedes acercarte mucho a las obras, caminar entre sus elementos, incluso tocarlas a veces. En una concretamente puedes coger un par de libros, que son parte de la obra, y hojearlos. En comparación con un museo con mayúsculas, desde luego se siente como libertad.
Aún así llegamos a la última sala, donde había una obra que trata la cuestión de la contaminación en el caso concreto de la siderurgia en Asturias. La artista filtraba unas aguas contaminadas con ayuda de unos embudos de cerámica fabricados por ella y la huella de la toxicidad era recogida por unas planchas de papel. Los embudos estaban expuestos junto a algunas de estas planchas, pero otras de ellas estaban guardadas en cajones, dos de ellos abiertos para que el mueble tenga esa
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