𝑮𝒊𝒐𝒓𝒈𝒊𝒐 𝑷𝒆𝒓𝒍𝒂𝒔𝒄𝒂: 𝒆𝒍 𝒇𝒂𝒔𝒄𝒊𝒔𝒕𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒔𝒂𝒍𝒗𝒐́ 𝒎𝒊𝒍𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒋𝒖𝒅𝒊́𝒐𝒔
La historia de Giorgio Perlasca es incómoda, contradictoria y profundamente humana.
No empieza con un héroe.
Empieza con un hombre que creyó en el fascismo.
Nació en 1910 en Como, Italia, aunque creció en Padua.
Su padre trabajaba para el Estado y su entorno familiar estaba ligado a funcionarios y militares.
Ese ambiente influyó en su mentalidad nacionalista y conservadora.
De joven apoyó el régimen de Benito Mussolini.
Se alistó como voluntario en la campaña italiana de Etiopía y más tarde combatió en la Guerra Civil española del lado de Franco.
Por ese servicio recibió un documento del gobierno español que le reconocía protección si alguna vez la necesitaba.
Años después, ese papel salvaría miles de vidas.
En 1938 todo empezó a cambiar.
Mussolini adoptó las leyes raciales inspiradas en el nazismo y la persecución contra los judíos comenzó también en Italia.
Perlasca no se convirtió de repente en antifascista, pero el antisemitismo nazi le resultó intolerable.
En 1942 vivía en Budapest trabajando como comerciante.
Cuando Italia cambió de bando en 1943 y se creó la República fascista de Saló, él se negó a jurar lealtad.
Las autoridades húngaras lo detuvieron junto con otros extranjeros.
Tras meses retenido logró escapar con un salvoconducto médico y se refugió en la legación española.
Allí presentó aquel antiguo documento de la guerra civil española.
Le concedieron protección diplomática.
Desde ese momento pasó a llamarse Jorge Perlasca.
Dentro de la legación descubrió que el diplomático español Ángel Sanz Briz estaba emitiendo cartas de protección para salvar judíos húngaros.
Para entonces unos 440.000 judíos ya habían sido deportados a Auschwitz y alrededor de 200.000 seguían atrapados en Budapest bajo la persecución del régimen fascista húngaro de la Cruz Flechada.
Perlasca se implicó de lleno en la operación.
Pero en noviembre de 1944 Sanz Briz tuvo que abandonar Hungría.
La red de rescate estaba a punto de desaparecer.
Entonces Perlasca tomó una decisión increíble.
Redactó una carta oficial y se presentó ante las autoridades húngaras como representante de España en Budapest.
No tenía autoridad real.
No tenía respaldo de ningún gobierno.
Ni siquiera era diplomático.
Era un comerciante italiano sosteniendo una mentira enorme.
Durante 45 días, entre diciembre de 1944 y enero de 1945, mantuvo prácticamente solo toda la red de protección española.
Organizó refugios en casas protegidas por España, distribuyó comida y emitió salvoconductos para impedir deportaciones.
Discutió con milicianos de la Cruz Flechada y con oficiales nazis.
En una estación de tren de Budapest logró detener la deportación de varios niños judíos que estaban siendo subidos a vagones.
Un oficial alemán lo desafió abiertamente.
Más tarde el diplomático Raoul Wallenberg recordaría que aquel hombre podría haber sido Adolf Eichmann.
Pero aún quedaba su mayor apuesta.
Perlasca descubrió que las SS y la Cruz Flechada planeaban arrasar el gueto de Budapest, donde permanecían decenas de miles de personas.
Exigió reunirse con el ministro del Interior húngaro, Gábor Vajna.
Allí lanzó un ultimátum: si el gueto era destruido, España tomaría represalias contra ciudadanos húngaros y sus propiedades.
Era un farol.
Pero funcionó.
La matanza no se llevó a cabo.
Cuando el ejército soviético liberó Budapest en enero de 1945, Giorgio Perlasca había contribuido directamente a salvar 5.218 judíos.
Probablemente muchos más se salvaron indirectamente al impedir la destrucción del gueto.
Para ponerlo en contexto: Oskar Schindler salvó alrededor de 1.200 personas.
Después de la guerra Perlasca regresó tranquilamente a Italia.
Se casó con Nerina Perlasca, tuvo un hijo —Franco— y volvió a una vida normal en Padua.
Intentó contar lo que había ocurrido.
En 1945 escribió un informe detallado y lo envió al gobierno italiano y al Ministerio de Asuntos Exteriores español.
Nadie mostró demasiado interés.
Un historiador judío pidió una copia en 1946.
Tampoco ocurrió nada.
Así que dejó de insistir.
Durante 42 años no habló de lo que había hecho.
Ni con vecinos, ni siquiera con su propia familia.
Cuando le preguntaban por Budapest decía simplemente que había sido una época complicada.
La historia habría podido desaparecer para siempre.
Pero en 1987 un grupo de mujeres judías húngaras, que recordaban haber sido salvadas por “el cónsul español”, comenzó a buscarlo.
Publicaron un aviso en un periódico de la comunidad judía.
La pista las llevó hasta un anciano de 77 años que vivía tranquilamente en Padua.
Poco después Yad Vashem, el memorial del Holocausto en Jerusalén, lo declaró Justo entre las Naciones en 1989.
Italia, Hungría y España también lo homenajearon.
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