#Opinion – La crisis de chips que ya empezó y casi nadie está mirando

Columna de opinión por el Lic. Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology

Durante la pandemia, la crisis de semiconductores tenía una cara visible. Era tangible, casi obvia, fábricas detenidas, cadenas logísticas colapsadas, industrias enteras frenadas por la falta de componentes que, hasta ese momento, parecía menor. La imagen de autos incompletos esperando un chip se volvió símbolo de una época. El problema era evidente, faltaban semiconductores. El fuerte incremento en la demanda de dispositivos electrónicos desbordó la capacidad de producción y desencadenó una crisis global. Pero hoy emerge un fenómeno distinto, más silencioso, que ya comienza a reflejarse en el aumento de costos a lo largo de toda (Fuente Garnet Technology).

Muchos creímos que, una vez superado ese cuello de botella, el mercado encontraría un nuevo equilibrio. Que la industria aprendería, que diversificaría riesgos y que la experiencia reciente dejaría una cadena de suministro más resiliente. Se crearon nuevas fábricas, se invirtió muchísimo dinero en reacomodar la industria de los semiconductores, pero lo que está ocurriendo en 2026 cuenta una historia distinta.

Antes de seguir, me gustaría explicarte qué es un semiconductor: en esencia, es el material que permite controlar el flujo de electricidad y que da vida a los chips que hacen funcionar prácticamente toda la tecnología que usamos a diario, desde un celular hasta un sistema de seguridad. Es, en otras palabras, el cerebro invisible de la electrónica moderna. Y si hablamos de semiconductores, estamos hablando de memorias, te explico más adelante…. 

No estamos frente a una nueva crisis igual a la anterior. Estamos frente a su evolución. Un análisis reciente advierte que la crisis de chips ha regresado, pero con otra lógica. Ya no se trata de una escasez generalizada, sino de un fenómeno mucho más difícil de detectar, una tensión profunda en segmentos específicos, impulsada por una transformación tecnológica sin precedentes. Los números, a primera vista, parecen contradecir cualquier diagnóstico negativo. La industria global de semiconductores crece a tasas récord y se proyecta hacia un mercado cercano al billón de dólares. La memoria, especialmente, muestra incrementos impulsados por la inteligencia artificial. Todo indica que la máquina está funcionando. Y, sin embargo, algo no termina de encajar.

Porque este crecimiento no es homogéneo. Es selectivo. Es concentrado. Y, sobre todo, es profundamente desigual. La irrupción de la inteligencia artificial está reconfigurando la asignación de recursos a nivel global. Los sistemas de IA no solo demandan potencia de cálculo; requieren volúmenes masivos de memoria de alta velocidad y una infraestructura capaz de mover datos a una escala inédita. En ese contexto, la capacidad productiva comenzó a orientarse hacia donde está el mayor valor económico.

Es un fenómeno silencioso, pero determinante. La inteligencia artificial funciona, en términos industriales, como una verdadera aspiradora de capacidad. Absorbe silicio, absorbe memoria, absorbe recursos de fabricación. Y lo hace a una velocidad que la oferta global no logra acompañar. El resultado no es una escasez total, sino algo más complejo, un mercado que sigue creciendo, pero que empieza a desbalancearse.

A diferencia de lo ocurrido entre 2020 y 2023, hoy no faltan todos los chips por igual. Faltan, o se encarecen, aquellos que están en el centro de la nueva economía digital. La memoria, por ejemplo, vuelve a ser un punto crítico, con proyecciones de aumentos significativos en segmentos vinculados a servidores y almacenamiento. Esa presión, lejos de quedar confinada al mundo de los data centers, comienza a trasladarse a toda la cadena tecnológica.

Porque cuando sube la memoria, sube el costo del almacenamiento. Cuando sube el almacenamiento, sube el costo de la nube. Y cuando la nube se encarece, el impacto se derrama sobre múltiples industrias, incluso aquellas que no participan directamente del desarrollo de inteligencia artificial. ¿Quién hoy no almacena información en la nube? ¿O quién no gestiona su sistema de facturación sobre plataformas digitales conectadas?

El verdadero desafío

La industria de los semiconductores no está en crisis en términos de demanda. Está en crisis en términos de equilibrio. El crecimiento está concentrado en pocos segmentos, y esa concentración redefine prioridades. De hecho, ya hay estimaciones que indican que una porción mínima de la producción, vinculada a chips de inteligencia artificial, concentra una parte desproporcionada de los ingresos globales del sector. A esta dinámica se suma un factor que nunca dejó de estar presente, la geopolítica. Los semiconductores dejaron de ser simplemente un insumo tecnológico para convertirse en un recurso estratégico. Las restricciones comerciales, las tensiones entre potencias y la concentración productiva en determinadas regiones del mundo agregan una capa adicional de incertidumbre. Hoy, el acceso a la tecnología no depende únicamente de la capacidad industrial, sino también de decisiones políticas y alianzas internacionales.

La industria de la seguridad electrónica enfrenta un desafío particular

No porque vaya a desaparecer el acceso a componentes, sino porque cambia la forma en que ese acceso se construye. Los plazos dejan de ser previsibles, los costos comienzan a moverse con mayor frecuencia y la prioridad de producción se desplaza hacia sectores con mayor capacidad de inversión y volumen. Las grandes compañías chinas de fabricación de productos ya han aumentado sus precios dos veces en el año y se prevé que siga incrementando. Ya no se trata de reaccionar ante la falta de productos, como ocurrió durante la pandemia. Se trata de anticipar un escenario donde la disponibilidad existe, pero no necesariamente en las condiciones esperadas.

Ese es, quizás, el mayor aprendizaje de esta nueva etapa. La fragilidad no desapareció. Simplemente cambió de forma. Hoy no vivimos en un sistema colapsado, sino en un sistema que funciona, pero bajo tensión. Un sistema donde la demanda crece más rápido que la capacidad de adaptación, donde la innovación redefine las reglas y donde el acceso a la tecnología se vuelve, cada vez más, una cuestión estratégica. Y en ese escenario, donde el “cerebro” de la economía moderna entra en una fase de desequilibrio, el impacto ya no es inmediato ni evidente. Hace un tiempo escribí que éramos “simplemente vulnerables frente a la tecnología”. Hoy lo sigo sosteniendo, pero con una diferencia. Antes la vulnerabilidad venía por la escasez. Hoy viene por la complejidad.

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¿Cuánto cuesta no tener seguridad? El impacto económico en hogares y comercios

Columna de opinión por Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology 

Cuando se habla de sistemas de alarma, muchas veces la conversación gira en torno al precio de instalación o al costo mensual del servicio. Sin embargo, la pregunta más relevante es otra: ¿cuánto cuesta no tener seguridad?

En Argentina, tanto casas de familia como pequeños y medianos comercios enfrentan un escenario donde los riesgos no solo implican pérdidas materiales, sino también consecuencias emocionales y económicas que se extienden en el tiempo. Un robo en una vivienda no solo significa la pérdida de objetos de valor; implica sensación de vulnerabilidad, gastos imprevistos en reparaciones, reposición de bienes y, en muchos casos, cambios en la rutina familiar. En el caso de un comercio, el impacto puede ser aún mayor, mercadería sustraída, daños en accesos, días sin operar y pérdida de confianza de clientes (Fuente Garnet Technology).

Frente a esta realidad, la instalación de un sistema de alarma se convierte en una herramienta de protección concreta. Pero dentro de esa decisión surge una segunda pregunta: ¿conviene una alarma monitoreada o una autogestionada? Alarma monitoreada: respaldo profesional permanente. En el sistema monitoreado, los eventos generados por la alarma se envían a una central que opera las 24 horas. Ante una intrusión o una situación de emergencia, un operador recibe la señal y activa un protocolo previamente definido. En una vivienda, eso puede significar aviso inmediato al propietario y contacto con fuerzas de seguridad. En un comercio, puede implicar una reacción coordinada que reduzca el tiempo de exposición y, por lo tanto, el daño.

La principal ventaja es que la gestión no depende exclusivamente de que el usuario vea o atienda una notificación. Incluso si el propietario está de viaje, durmiendo o sin señal, la alerta es atendida por un tercero especializado. Esto reduce significativamente el margen de error humano.

El punto a considerar es el costo mensual del servicio. Sin embargo, cuando se lo compara con el valor de los bienes protegidos o con el impacto de un solo evento delictivo, suele representar una inversión proporcionalmente baja.

Alarma autogestionada: autonomía con responsabilidad

Las alarmas autogestionadas, cada vez más presentes en hogares y pequeños comercios, envían notificaciones directamente al celular del propietario a través de una aplicación. Son una alternativa más económica desde el punto de vista mensual y ofrecen control total al usuario. En una casa de familia, puede ser suficiente si el titular está habitualmente disponible para reaccionar ante una alerta. En un comercio pequeño, también puede funcionar cuando el dueño vive cerca o puede actuar rápidamente. Sin embargo, este modelo implica una mayor responsabilidad. Si el usuario no ve la notificación, no atiende el llamado o no puede responder en ese momento, la señal puede quedar sin gestión inmediata. La efectividad depende directamente de la disponibilidad y capacidad de reacción del propietario.

El costo real va más allá de lo material

En viviendas, el costo de no tener seguridad no se mide solo en dinero, sino también en tranquilidad. La sensación de invasión tras un robo puede alterar hábitos y generar estrés prolongado en la familia. En comercios, el impacto es más directo en la rentabilidad. Un solo episodio puede significar pérdida de stock, rotura de instalaciones, interrupción de la actividad y gastos adicionales en reposición y logística. A eso se suma el posible aumento en primas de seguros o la dificultad para asegurar ciertos bienes sin sistemas de protección adecuados. La decisión entre monitoreo profesional o autogestión dependerá del nivel de riesgo, el valor de los activos y el perfil de cada usuario. Lo que resulta evidente es que no contar con ningún sistema deja expuesto un patrimonio que, en muchos casos, representa años de trabajo.

La seguridad, tanto en el hogar como en el comercio, no debería analizarse únicamente como un gasto mensual, sino como una herramienta de prevención que protege ingresos, estabilidad y tranquilidad. Porque cuando ocurre un incidente, la pregunta ya no es cuánto cuesta la alarma, sino cuánto costó no haberla tenido.

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