Se me viene al cerebro otra construcción lingüística que no incluye al femenino: “guatón parrillero”. Aquel sujeto –muy atractivo para las féminas– que durante el asado no se aleja del fuego y propina desde ahí órdenes y apreciaciones sobre el punto de cocción de los alimentos. Su abdomen se llena de manchas de hollín y transpira como chancho, pero pese a todo es como un sex symbol. ¿Y la guatona parrillera? Tal como la hombreriega, ha sido invisibilizada en una sociedad donde la guata femenina es asquerosa, salvo si es por embarazo o por algún cáncer. Una guata que no merece existir y que da cuenta de una mujer gozadora en todos los sentidos de la palabra. Una plaga cuya exterminación es el paraíso económico para nutricionistas, cirujanos plásticos y fabricantes de fajas y otros artículos de asfixia.