Relato “El perdón y la memoria”
Hoy voy a hablar de uno de mis mejores amigos, Andrés.
Nuestra relación sufrió una fractura casi desde el principio, una grieta silenciosa que entonces no supe ver y que, con los años, acabaría empujándome hacia una etapa oscura de mi vida. Andrés es un amigo del instituto de FP, fue testigo de todo, y hay algo de alivio —y quizá de justicia poética— en saber que no recuerda lo ocurrido.
Yo, en aquellos años, era un chico torpe para la vida, excesivamente ingenuo. Esa ingenuidad me dejó marca. Aún hoy me cuesta demostrar que he cambiado —o que al menos estoy intentándolo—, sobre todo ante mi familia, que sigue mirando al pasado como si fuera una sentencia firme.
Fue entonces cuando empecé a perderme por las noches de Madrid. Andrés, amigo y compadre, era por aquel tiempo bakala; con los años se volvió un amante del rock. No era tan reivindicativo como ahora. Si hubiera sido entonces el hombre que es hoy, con la banda, con la gente que le rodea ahora, quizá esta historia sería otra. Tal vez yo sería hoy un hombre casado, un soltero de oro… y no este solitario que ha aprendido tarde a hacerse compañía.
Empecé a salir, a mezclarme, a confundir ruido con vida. Y ya entonces Andrés me advirtió sobre Marcos. Tenía razón. Me decía que ese tipo acabaría jodiéndome la existencia. Yo pensaba que exageraba, que intentaba comerme la cabeza, pero no: era una advertencia sincera. Alguna vez vino con nosotros y su actitud desentonaba de una forma incómoda, como una nota falsa en mitad de la canción.
Lo más triste llegó cuando, durante un tiempo, rompí mi amistad con Andrés. Aquello dejó una cicatriz que nunca terminó de cerrarse. Él se portó mal, es cierto. Pero también es cierto que el Daniel de entonces —el que yo era— no sabía defenderse del mundo. Me dijo que mis nuevas compañías le parecían gente extraña, que lo mejor era no volver a quedar. Fue un golpe seco.
Aun así, le perdoné. Y hoy, por suerte, mantenemos una amistad estrecha. El perdón existe, sí, pero no borra la memoria: convive con ella.
Lo verdaderamente doloroso son los dieciséis años perdidos. Dieciséis años de conversaciones no tenidas, de noches no compartidas, de momentos que nunca ocurrieron. Ojalá Andrés y yo hubiéramos sabido gestionar aquello de otra manera. Eso es lo que pesa.
Si pudiera volver atrás, si me fuera dado alterar los recuerdos, borraría muchas de las sombras que vinieron después. Pero el tiempo no concede ese privilegio. Solo deja la palabra. Y este intento de comprender.
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