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Este año demencial solo podía terminar con un vuelo retrasado 4 horas y media por falla técnica, cuya espera involucró pasajeros amotinados intentando boicotear otros vuelos, un imbécil fumando a bordo y la espera mientras llegaba la policía.
Pero, como todo este año, en medio del caos hubo un rayito de luz. La tardanza me dio el chance de ver esto.
Adiós, 2023. Bien ido. Que llegue la serenidad.
Al mar vine este año tres veces.
La primera, llena de miedo. La segunda, llena de dudas.
La tercera, llena de gratitud.
La vida, medida en mareas.
De este señor me despedí el fin de semana. Hoy lo pusieron a dormir.
Se llamaba Otto, y era el perro de la finca de mis tías. Las acompañó por más de 10 años, y cada vez que mis hermanos y yo íbamos, él se moría de la dicha porque sabía que el plan era ir a consentirlo todo el día.
El bobo grande. El que se comía los aguacates del palo (palo que, además, sembró su papá). El que se iba por horas a charquear. El pana.
Qué vida sabrosa tuvo. Qué falta va a hacer en esa casa.
Vengo a mostrarles esto que me pasó hoy. Descubrí que en el campus de mi universidad están viviendo 8 guacamayas.
Y yo no sé si ustedes saben de la alegría genuina que me producen esos bichos. Pero verlas a todas ahí fue un momento absoluto de plenitud.