Imaginad que una inteligencia nos visita y, por lo que sea, aterriza en una playa en julio. Como poco, la escena de cientos si no miles de monos sin pelo esparcidos por la arena y el agua tiene que resultar fascinante.
Un montón de mamíferos acuden a un mismo punto, muchos de ellos en clústeres de varios seres, pero apenas interaccionan con otros clústeres. No parece una cita de apareamiento como la de otros animales del planeta, porque muchos vienen ya apareados y con cachorros, aunque los clústeres familiares se dividen en aquellos que pierden de vista a sus retoños y los que los tienen recluidos en telas plásticas soportadas por mástiles.
No parece haber una actividad genérica, si descontamos la parálisis contemplativa u onírica y las quemaduras. Algunas de las agrupaciones vagan de un lado a otro de la franja de arena, pero sin buscar nada específicamente. Avanzan costa arriba y abajo, cruzándose con otros sujetos humanos a los que rara vez prestan atención. Otras alternan en actividades acuáticas que no guardan relación con la obtención de alimento del mar e intercambios de objetos esféricos en la arena. Si es un lugar de reunión, han conseguido hacerlo bastante solitario o, como poco, aislacionista.
Los clústeres colonizan la arena mediante el uso de unas telas generalmente rectangulares a toda costa que varias de estas agrupaciones de tejidos se toquen. Para respetar el territorio, hay franjas de arena entre las telas de otros clústeres. El ritual permite pisar exclusivamente tus telas y la arena, no las telas de los demás.