LA DOBLE MORAL DE LOS PROFETAS LAICOS 🤯
⌚ Lectura: 4 minutos
Hay una figura que el mundo moderno construyó con devoción casi religiosa: el intelectual. Ese ser iluminado que diagnostica los males de la sociedad, denuncia el poder, defiende a los vulnerables y señala con el dedo a quienes oprimen.
Durante décadas, nombres como Michel Foucault, Jean-Paul Sartre o Louis Althusser ocuparon ese pedestal. Sus libros se leyeron en universidades de todo el mundo. Sus ideas moldearon generaciones. Y sin embargo, cuando se rasca un poco la superficie, lo que aparece no es coherencia sino fractura, no es ejemplo sino contradicción.
El caso Foucault es quizás el más perturbador. En 2021, el escritor Guy Sorman relató públicamente que, durante la estadía del filósofo francés en Túnez hacia fines de los años sesenta, fue testigo de situaciones de abuso sexual hacia niños tunecinos en situación de extrema vulnerabilidad. Foucault, el mismo que dedicó buena parte de su obra a denunciar las estructuras de poder que oprimen a los más débiles, el mismo que teorizó sobre los mecanismos de dominación y control, habría ejercido exactamente esa dominación sobre quienes menos podían resistirla. Las acusaciones son de una sola fuente y Foucault no puede responder, dado que murió en 1984. Sin embargo, la pregunta que instalan no desaparece con la muerte del acusado: ¿cómo es posible que alguien construya todo un sistema de pensamiento sobre la liberación del oprimido y al mismo tiempo, en su vida privada, encarne al opresor?
No es un caso aislado. Jean-Paul Sartre, ícono del existencialismo y del compromiso político, firmó en 1977 una petición en Francia junto a otros intelectuales pidiendo la despenalización de las relaciones sexuales entre adultos y menores. Lo hizo en nombre de la libertad. El mismo Sartre que denunciaba el colonialismo y la opresión del sistema capitalista no encontraba ninguna contradicción en relativizar la protección de la infancia cuando se trataba de satisfacer deseos adultos. Louis Althusser, por su parte, estranguló a su esposa Hélène Rytmann en 1980 y fue declarado inimputable. El filósofo marxista que teorizó sobre la ideología y el aparato del Estado terminó siendo incapaz de gobernar su propia violencia interior.
La pregunta que emerge no es meramente biográfica. Es estructural. ¿Por qué tantos intelectuales que construyeron sistemas de pensamiento orientados a la justicia, la liberación y la denuncia del poder terminaron ejerciendo exactamente aquello que denunciaban? Una respuesta posible es que el pensamiento desconectado de la moral objetiva termina siendo un instrumento al servicio del ego. Cuando no hay una ética anclada en algo más alto que la razón humana, cuando el bien y el mal son construcciones sociales que cada uno puede reinterpretar a su conveniencia, el intelectual queda libre de aplicar sus categorías donde le resulta cómodo y de suspenderlas donde le resulta conveniente.
La cosmovisión cristiana, ante todo, parte de una premisa radicalmente diferente. La verdad no es una construcción discursiva ni un efecto de poder, como sostenía Foucault. Es una realidad objetiva que precede al sujeto y lo interpela. Y la coherencia entre lo que se proclama y lo que se vive no es una virtud opcional sino una exigencia central. El apóstol Pablo lo expresó con una claridad que ningún sistema filosófico ha podido superar: "Tú que enseñas al otro, ¿no te enseñas a ti mismo?" La pregunta no tiene fecha de vencimiento.
Esto no significa que todo intelectual sea hipócrita ni que el pensamiento crítico sea inválido. Significa algo más específico: que ningún sistema de ideas, por sofisticado que sea, puede reemplazar la formación del carácter. Un hombre puede leer a Kant, a Hegel y a Marx, puede citar a Nietzsche de memoria y escribir tres volúmenes sobre la ética del discurso, y al mismo tiempo ser incapaz de tratar con dignidad a la persona que tiene al lado. Dado que la inteligencia sin virtud no produce justicia, produce justificación.
El mundo académico tardó décadas en atreverse a cuestionar a estos íconos. La razón es también reveladora: cuando se convierte a un pensador en profeta laico, cuando su obra se sacraliza y su figura se vuelve intocable, se reproduce exactamente la estructura de autoridad que esos mismos pensadores decían combatir. Se genera un nuevo dogma, una nueva ortodoxia, y quienes se atreven a señalar las contradicciones son tratados como herejes.
La coherencia entre la palabra y la vida no es un detalle menor. Es, en definitiva, la única credencial que importa.
Julio César Cháves
#Filosofía #Intelectuales #DobleMoral #Foucault #Sartre #Althusser #ÉticaCristiana #Apologética #CríticaCultural #Pensamiento
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Hay una figura que el mundo moderno construyó con devoción casi religiosa: el intelectual. Ese ser iluminado que diagnostica los males de la sociedad, denuncia el poder, defiende a los vulnerables y señala con el dedo a quienes oprimen.
Durante décadas, nombres como Michel Foucault, Jean-Paul Sartre o Louis Althusser ocuparon ese pedestal. Sus libros se leyeron en universidades de todo el mundo. Sus ideas moldearon generaciones. Y sin embargo, cuando se rasca un poco la superficie, lo que aparece no es coherencia sino fractura, no es ejemplo sino contradicción.
El caso Foucault es quizás el más perturbador. En 2021, el escritor Guy Sorman relató públicamente que, durante la estadía del filósofo francés en Túnez hacia fines de los años sesenta, fue testigo de situaciones de abuso sexual hacia niños tunecinos en situación de extrema vulnerabilidad. Foucault, el mismo que dedicó buena parte de su obra a denunciar las estructuras de poder que oprimen a los más débiles, el mismo que teorizó sobre los mecanismos de dominación y control, habría ejercido exactamente esa dominación sobre quienes menos podían resistirla. Las acusaciones son de una sola fuente y Foucault no puede responder, dado que murió en 1984. Sin embargo, la pregunta que instalan no desaparece con la muerte del acusado: ¿cómo es posible que alguien construya todo un sistema de pensamiento sobre la liberación del oprimido y al mismo tiempo, en su vida privada, encarne al opresor?
No es un caso aislado. Jean-Paul Sartre, ícono del existencialismo y del compromiso político, firmó en 1977 una petición en Francia junto a otros intelectuales pidiendo la despenalización de las relaciones sexuales entre adultos y menores. Lo hizo en nombre de la libertad. El mismo Sartre que denunciaba el colonialismo y la opresión del sistema capitalista no encontraba ninguna contradicción en relativizar la protección de la infancia cuando se trataba de satisfacer deseos adultos. Louis Althusser, por su parte, estranguló a su esposa Hélène Rytmann en 1980 y fue declarado inimputable. El filósofo marxista que teorizó sobre la ideología y el aparato del Estado terminó siendo incapaz de gobernar su propia violencia interior.
La pregunta que emerge no es meramente biográfica. Es estructural. ¿Por qué tantos intelectuales que construyeron sistemas de pensamiento orientados a la justicia, la liberación y la denuncia del poder terminaron ejerciendo exactamente aquello que denunciaban? Una respuesta posible es que el pensamiento desconectado de la moral objetiva termina siendo un instrumento al servicio del ego. Cuando no hay una ética anclada en algo más alto que la razón humana, cuando el bien y el mal son construcciones sociales que cada uno puede reinterpretar a su conveniencia, el intelectual queda libre de aplicar sus categorías donde le resulta cómodo y de suspenderlas donde le resulta conveniente.
La cosmovisión cristiana, ante todo, parte de una premisa radicalmente diferente. La verdad no es una construcción discursiva ni un efecto de poder, como sostenía Foucault. Es una realidad objetiva que precede al sujeto y lo interpela. Y la coherencia entre lo que se proclama y lo que se vive no es una virtud opcional sino una exigencia central. El apóstol Pablo lo expresó con una claridad que ningún sistema filosófico ha podido superar: "Tú que enseñas al otro, ¿no te enseñas a ti mismo?" La pregunta no tiene fecha de vencimiento.
Esto no significa que todo intelectual sea hipócrita ni que el pensamiento crítico sea inválido. Significa algo más específico: que ningún sistema de ideas, por sofisticado que sea, puede reemplazar la formación del carácter. Un hombre puede leer a Kant, a Hegel y a Marx, puede citar a Nietzsche de memoria y escribir tres volúmenes sobre la ética del discurso, y al mismo tiempo ser incapaz de tratar con dignidad a la persona que tiene al lado. Dado que la inteligencia sin virtud no produce justicia, produce justificación.
El mundo académico tardó décadas en atreverse a cuestionar a estos íconos. La razón es también reveladora: cuando se convierte a un pensador en profeta laico, cuando su obra se sacraliza y su figura se vuelve intocable, se reproduce exactamente la estructura de autoridad que esos mismos pensadores decían combatir. Se genera un nuevo dogma, una nueva ortodoxia, y quienes se atreven a señalar las contradicciones son tratados como herejes.
La coherencia entre la palabra y la vida no es un detalle menor. Es, en definitiva, la única credencial que importa.
Julio César Cháves
#Filosofía #Intelectuales #DobleMoral #Foucault #Sartre #Althusser #ÉticaCristiana #Apologética #CríticaCultural #Pensamiento
