ESCUELAS QUE GESTIONAN LA DIVERSIDAD MEDIANTE ETIQUETAS
Hay una escena que se repite cada vez más en las escuelas.
Un alumno no se queda quieto, se distrae, interrumpe, no termina tareas. Entonces llaman a los padres. La reunión dura veinte minutos y la conclusión suele ser la misma: “llévenlo al neurólogo”, “hay que evaluarlo”,
“quizás necesite psiquiatría”.
Semanas después, el chico vuelve con un diagnóstico y, muchas veces, medicado.
El problema desaparece del radar institucional. El niño sigue siendo el mismo, pero ahora tiene una etiqueta. Y para el sistema, eso parece suficiente.
Pero esto no es inclusión.
Es gestión de la diversidad mediante diagnósticos.
La escuela actual no fue diseñada para la diversidad real. Fue diseñada para la uniformidad: alumnos sentados durante horas, atentos, silenciosos, obedientes, capaces de adaptarse al mismo ritmo y al mismo método.
Todo lo que se salga de ese molde genera fricción.
Y cuando el sistema no tiene tiempo, recursos ni herramientas, la fricción se resuelve etiquetando.
La psicopedagoga Gabriela Dueñas lo explica con claridad: frente a conductas consideradas “disfuncionales”, muchos niños son rápidamente
mediante evaluaciones rápidas e incompletas, centradas en medir supuestos déficits cognitivos, dejando de lado su historia, sus vínculos y sus condiciones de vida.
El diagnóstico termina funcionando más como clasificación que como comprensión
Entonces aparece una pregunta incómoda:
¿qué hace la escuela cuando un chico no encaja?
En el mejor de los casos, busca orientación.
En el peor, busca alivio.
Y hoy el alivio más rápido se llama diagnóstico.
TDAH, ansiedad, trastorno oposicionista desafiante, espectro autista leve.
Esos rótulos no solo nombran dificultades: también abren puertas dentro del sistema escolar. Permiten adaptaciones, acompañantes terapéuticos, tiempos especiales,