A ver, vamos a quitarnos las caretas con esto, porque la depresión tiene un marketing fatal.
Nos la imaginan siempre como alguien llorando en un rincón con luz tenue, pero la realidad es mucho más puñetera y, sobre todo, mucho más silenciosa.

A veces la depresión no es tristeza, es anestesia.
Es ese despertarte y sentir que el cuerpo te pesa 200 kilos, que hacerte el café es como subir al Everest y que las cosas que antes te hacían vibrar ahora te dan exactamente igual.
Es esa sensación de estar "en pausa" mientras el resto del mundo sigue girando a cámara rápida.
Te pones la máscara de "todo bien", sueltas un par de bromas en el grupo de WhatsApp y, en cuanto cierras la puerta de casa, te desplomas porque mantener el teatro agota más que un maratón.

Ese vacío no se llena con frases motivadoras de taza de desayuno, se gestiona aceptando que hoy no estás al 100% y que está bien no estar bien.
La oscuridad asusta porque parece que no tiene fin, pero no es una pared, es un túnel.
Y en los túneles no se corre, se camina paso a paso.

No te pidas hoy cambiar tu vida radicalmente.
Olvídate de los grandes propósitos.
Si hoy lo único que has hecho ha sido ducharte, beber un vaso de agua o aguantar el tipo, ya es una victoria.
La luz no se enciende con un foco gigante de golpe, se enciende con gestos minúsculos: abrir una persiana cinco minutos, escuchar esa canción que te gusta o permitirte decir "no" a un compromiso que te drena.
No te castigues por no poder con todo; bastante tienes ya con lo que llevas dentro.
Date tregua, que mañana será otro día y tú sigues aquí, que es lo que importa.

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