/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
Todo el día había llovido sin descanso.
Una de esas lluvias pesadas que no hacen ruido, pero lo empapan todo: los tejados, los caminos, las paredes viejas del pueblo.
Al caer la noche, la lluvia paró.
Y llegó la niebla.
Al principio fue algo normal.
Una capa blanca bajando desde el monte, cubriendo la plaza, los coches, las farolas que empezaron a verse borrosas como si el mundo estuviera desenfocado.
En los pueblos nadie se sorprende demasiado por la niebla.
Pero aquella tenía algo raro.
No se quedaba fuera.
Se movía.
Muy despacio, empezó a arrastrarse por las calles como si buscara algo.
Se pegaba a las puertas.
Subía por las ventanas.
Se acumulaba en los marcos.
Y luego empezó a colarse dentro.
Por las rendijas.
Por debajo de las puertas.
Por los agujeros invisibles de las casas viejas.
Algunos pensaron que era imaginación.
Otros dijeron que la humedad hace cosas raras.
Hasta que alguien abrió la puerta de madrugada para mirar el patio.
La niebla entró en la casa como si estuviera esperando ese momento.
Silenciosa. Espesa.
La puerta volvió a cerrarse de golpe.
Por la mañana, el pueblo estaba limpio.
El sol había salido, los tejados brillaban y la niebla había desaparecido.
Pero algo era distinto.
En algunas casas faltaba gente.
No hubo gritos, ni puertas forzadas, ni señales de nada.
Solo habitaciones vacías… y un detalle extraño que nadie supo explicar.
En el suelo, cerca de las rendijas de las puertas, había marcas húmedas.
Como si algo hubiera entrado…
y luego hubiera salido arrastrando peso.
Esa noche volvió a llover.
Y en el pueblo nadie durmió tranquilo.
Buenas noches, criaturas valientes.
Si alguna vez veis que la niebla entra en casa… no respiréis demasiado hondo. 🌫️
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