Antes de nada: disclaimer. No soy personal sanitario, no tengo ningún tipo de formación médica. Lo que sí tengo son dos décadas de preguntas a mis médicos y médicas (que paciencia la suya), estudio de mis propias enfermedades y más visitas al hospital de la que me hubiese gustado. En la penúltima visita al hospital, a mediados de febrero (ayer tuve que ir a otros análisis, mi vida es apasionante) la reumatóloga me dijo textualmente "lo que sea que estés haciendo, sigue con ello".
Estuvimos hablando 40 minutos sobre mis análisis, márgenes de error en la toma de muestras e importación de datos. Me imprimió un total de 18 láminas de marcadores sanitarios, aunque se centró en su campo: los huesos. Yo le digo que ella es mi huesóloga de referencia, le cojo cariño rápido a la gente que me cuida, por lo que sea. Nivel que la huesóloga previa, que se jubiló hace unos años, acabó reseñando un libro mío y que mi primera alergóloga me invitó a su jubilación. ❤️
Ahora, ¿qué tiene que ver la recuperación ósea con la bicicleta? Esto es algo que en medicina se conoce desde hace muchísimo, de hecho en mi trabajo fin de carrera trabajé allá por 2010 sobre este principio: las fuerzas mecánicas de la actividad física, como impactos moderados y cargas rápidas, generan tensiones que activan un mecanismo de señalización a los osteocitos para su actividad celular.
Los osteoblastos son un tipo de célula que construye hueso, al igual que los osteoclastos lo destruyen. Ambas son células clave para la remodelación del tejido óseo. Los osteoclastos degradan y reabsorben hueso viejo o dañado mediante procesos enzimáticos y ácidos. (Gente de medicina, no me matéis, es una simplificación). La cosa es que las cargas mecánicas del pedaleo durante más de una hora diaria, mes tras mes, ha generado un impacto positivo en mi densidad ósea.