Esta película ya la vimos demasiadas veces y siempre termina igual: un imperio que se atribuye el derecho de decidir quién gobierna y quién no, y un pueblo al que le piden paciencia mientras le pasan por arriba la soberanía. Cambian los pretextos —narcotráfico, terrorismo, "defensa de la democracia"— pero el guión es el mismo. Las bombas nunca fueron libertad, y el capitalismo armado hasta los dientes jamás emancipó a ningún pueblo.