Esta película ya la vimos demasiadas veces y siempre termina igual: un imperio que se atribuye el derecho de decidir quién gobierna y quién no, y un pueblo al que le piden paciencia mientras le pasan por arriba la soberanía. Cambian los pretextos —narcotráfico, terrorismo, "defensa de la democracia"— pero el guión es el mismo. Las bombas nunca fueron libertad, y el capitalismo armado hasta los dientes jamás emancipó a ningún pueblo.
Que el gobierno de Estados Unidos actúe por fuera incluso de sus propios mecanismos institucionales en este contexto no es una anomalía: es la coherencia imperial del régimen de Trump. Se denuncia a Maduro como “narcotraficante” mientras se negocia, se indulta o se apoya a aliados con prontuario probado. Se habla de democracia mientras se promueven gobiernos dóciles y se castiga a los que no se alinean. No hay ética, hay recursos y control geopolítico. Ninguna intervención en Venezuela va a liberar a nadie.

La democracia no llega en portaaviones ni en operaciones encubiertas. Llega —si es que llega— cuando los pueblos deciden sin tutelaje externo y sin amenazas. Frente a una ofensiva imperial que se vuelve cada vez más burda, la respuesta no puede ser el silencio diplomático ni la “preocupación” tibia: tiene que ser movilización, solidaridad y claridad política. El enemigo es un capitalismo putrefacto que no duda en incendiar el mundo para maximizar sus ganancias. Y contra eso, o nos plantamos juntos o nos pasan por arriba una vez más.

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