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Dicen que, cuando la noche cae cerca de las vĆ­as del tren, hay un sonido que no deberĆ­a existir.
No son pasos.
No es el viento.
Es un teke… teke… seco, insistente, cada vez mĆ”s cerca.

Teke-Teke fue una joven. Eso es lo Ćŗnico seguro.
Una estudiante que cayó a las vĆ­as —nadie se pone de acuerdo en si fue un accidente, una broma cruel o el final de un acoso que nadie quiso ver—. El tren no se detuvo. Su cuerpo quedó partido en dos. La sangre tampoco.

Desde entonces, su rencor camina… o mejor dicho, se arrastra.

Sin piernas, pero mĆ”s rĆ”pida que cualquier persona viva, aparece en estaciones, puentes y callejones donde la luz duda. Avanza golpeando el suelo con codos y manos, produciendo ese sonido que da nombre a la maldición. Si la oyes, ya es tarde. Si la ves, corres… pero nunca lo suficiente.

A quienes alcanza, les regala su mismo final.
Porque el dolor, cuando no se apaga, se replica.

Algunos la llaman Teke-Teke.
Otros susurran otro nombre: Kashima Reiko.
Dicen que se aparece en los baƱos y pregunta con voz hueca:
—¿Dónde estĆ”n mis piernas?

Responder mal es sellar tu destino.

No es solo una historia para asustar niƱos.
Es una advertencia vestida de fantasma:
hay heridas que, cuando nadie escucha, regresan caminando… o arrastrĆ”ndose.

Si esta noche escuchas un teke… teke…
no mires atrƔs.
No preguntes.
Y, sobre todo, no creas que las leyendas se quedan quietas.
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