Una diferencia capital opone el populismo actual a la extrema derecha de tipo hitleriano o mussoliniano: el nazismo y el fascismo eran expansionistas, con el objetivo de proyectar al exterior la potencia del pueblo alemán (ario) o italiano (romano). Eran agresivos, nacionalistas, conquistadores. Se apoyaban en partidos de masas. Cuesta imaginar a los populistas actuales organizar desfiles al estilo de Núremberg.
Los aperitivos “salchichón y vino” del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen son ciertamente antimusulmanes pero, en fin, menos impresionantes que las ceremonias guerreras hitlerianas. ¿De Núremberg a Hénin-Beaumont? ¿De verdad?
El único populismo occidental que pasaría hoy al 100 % la prueba del expansionismo sería el de Netanyahu. Colonias en Cisjordania, genocidio de Gaza: establecer un vínculo entre hitlerismo y netanyahuismo es inevitable.
Las xenofobias francesa, británica, sueca, finlandesa, polaca, húngara, italiana son, a diferencia del nazismo y del fascismo, defensivas. No estamos ante pueblos que quieran conquistar, sino ante pueblos que quieren seguir siendo dueños en su propia casa. Por eso la dimensión cultural se impone hoy en Europa sobre la noción racial y por eso solo cabe hablar aquí de xenofobia.
Esta xenofobia es conservadora, ahí donde el racismo hitleriano era revolucionario por cuanto trastocaba la organización social. La noción de nacionalismo no se aplica, pues, a los populismos europeos actuales; tampoco la noción de extrema derecha, o entonces habrá que introducir oxímoros como “nacionalismo moderado” y “extrema derecha moderada”. Prefiero hablar de "conservadurismo popular".
Personalmente favorable a una inmigración controlada, debo admitir la legitimidad de esa xenofobia porque acepto el axioma de que un grupo humano portador de una cultura, consciente de existir como colectividad, en suma, un pueblo, tiene derecho a querer seguir existiendo. Concretamente: un pueblo puede controlar sus fronteras. El nazismo, con sus soldados instalados del Atlántico al Volga para sojuzgar o exterminar a otros pueblos, era algo completamente distinto
El trumpismo representa una forma mixta porque combina un elemento central defensivo, antiinmigración, con un fuerte potencial de agresión hacia el mundo exterior. No se trata propiamente de expansionismo.
Fue la expansión anterior del aparato militar estadounidense y el papel del dólar en la depredación imperial lo que hizo posibles los actos violentos trumpistas dirigidos contra otros pueblos y naciones: Venezuela, Irán, nosotros los pueblos súbditos de la Europa occidental, y por supuesto los árabes, con los palestinos como blanco principal. La integración progresiva de Israel en el Imperio, a partir de 1967, hace que en 2025 apenas pueda distinguirse el trumpismo del netanyahuismo.
Pero Trump, más allá de sus payasadas de “nobelizable”, es el culpable en jefe del genocidio de Gaza por sus alientos de larga duración a la violencia de Israel: ese hecho tan simple hace caer al trumpismo del lado del hitlerismo. Trump sigue al volante: acelerones y frenazos estadounidenses regulan la agresividad genocida de Netanyahu.
Tengo suerte: en el momento en que escribo, Trump, asustado por la reacción de los países árabes al ataque israelí contra Catar, y en particular por la alianza estratégica entre Arabia Saudí y Pakistán, recula. Ordena a Netanyahu disculparse por el bombardeo en Catar y este obedece. Trump impone a Israel un acuerdo con Hamás y Netanyahu firma. ¿Después? Trump es un perverso, imposible saberlo.
El concepto de trumpo-netanyahuismo, bastante feo, lo admito, permite delimitar la cuestión judía como punto común entre la crisis estadounidense de 2000-2035 y la crisis alemana de 1920-1945.
La postura radicalmente proisraelí del trumpismo enmascara a mi juicio un antisemitismo visceral y taimado: la identificación de todos los judíos con el netanyahuismo —fenómeno histórico efectivamente monstruoso, un cáncer en la historia judía— no hará sino renovar la concepción nazi de un pueblo judío monstruoso. Hablo aquí de antisemitismo 2.0.
Soy consciente de que pocos lectores me seguirán en este punto. Pero no hago sino hablar como un profeta cualquiera del Antiguo Testamento. “No hemos sido elegidos para estar del lado de los poderosos. La historia no deja de tendemos esta trampa”.
Cuántas veces los judíos se han creído salvados por los fuertes, por los poderosos, por el poder, por un imperio, e incluso señalados por un privilegio —éxito financiero, intelectual, importancia en el partido bolchevique— para, finalmente, ser arrojados en pasto a pueblos enfurecidos… Me sangra el corazón cuando veo a tantos judíos franceses, que hoy se creen bien arrimados al sol que más calienta y justifican la política de Netanyahu.
Cuando, en realidad, las fauces de una trampa están a punto de abrirse. Por la gracia de Trump, el planeta entero se vuelve antisemita. Los judíos estadounidenses, cuya mayoría rechaza la línea Netanyahu, son más sabios y justos. Pero ya a los judíos hostiles a Netanyahu, universitarios o no, el poder los sospecha de ser antisemitas. Reina la perversidad. Reina el trumpismo.
¿Para cuándo el cierre de la trampa? Un día, inevitablemente, las naciones cristianas harán la paz con 1,6 mil millones de musulmanes. Los judíos serán entonces abandonados por sus fans y, ya solos, arrojados en pasto a otros pueblos furiosos.
Las “tierras prometidas” se suceden, los desastres las siguen. Nightfall, temprano relato de Isaac Asimov, me parece una metáfora de la larga sucesión de dramas que constituye la historia judía:
en el seno de una civilización poderosa, un resto de profecía anuncia una misteriosa catástrofe… esta llega, sorprendente… la civilización se derrumba… entonces, lentamente, renace, se expande… un resto de profecía anuncia una misteriosa catástrofe… esta llega, sorprendente…
En verdad, el simple regreso de la obsesión judía al corazón de Occidente valida la hipótesis de una continuidad amenazante entre pasado y presente.
Protestantismo zombi y nazismo; protestantismo cero y trumpismo.
La crisis económica de 1929 fue un factor determinante, bien conocido, de la hitlerización de Alemania. Seis millones de desempleados hicieron escapar a la sociedad alemana de toda fuerza de llamamiento ideológico. La liquidación del desempleo por Hitler en pocos meses selló el destino del liberalismo.
El contexto religioso del ascenso del nazismo, igualmente importante, es menos familiar: entre 1870 y 1930, la fe protestante se desvaneció en Alemania, primero en el mundo obrero, luego en las clases medias y superiores. Las regiones católicas resistieron. En 1932 y 1933, el mapa del voto nazi pudo reproducir, con una exactitud fascinante, el del luteranismo. El protestantismo no creía en la igualdad de los hombres.
Había elegidos, designados como tales por el Eterno antes incluso de nacer, y condenados. Desaparecida la creencia metafísica protestante, lo que quedó fue la histerización —por el miedo al vacío— de su contenido desigualitario, con los judíos, los eslavos y tantos otros como condenados. En Estados Unidos, el protestantismo de origen calvinista fijó su diana en los negros.
El pueblo calvinista, centrado en la Biblia, se identificaba con los hebreos, lo que mantuvo a raya al antisemitismo estadounidense de los años treinta y puso a los judíos a resguardo. Bueno… a resguardo hasta la emergencia reciente de la fijación evangélica sobre el Estado de Israel.
En la Francia católica (particularmente en la Cuenca parisina y en la fachada mediterránea), el derrumbe de la fe y la práctica hicieron que, a partir de 1730, la igualdad de oportunidades de acceso al paraíso (obtenida por el bautismo, que lava el pecado original) mutara en igualdad de los ciudadanos y en emancipación de los judíos. La idea republicana de “hombre universal” sustituyó a la de “cristiano universal” católico (katholikos significa universal en griego).
Un programa muy distinto del nazismo, pero que había representado, mucho antes que él, el primer reemplazo masivo de una religión por una ideología. En la Francia revolucionaria como en la Alemania nazi, sin embargo, el potencial de encuadramiento social y moral de la religión había sobrevivido a la pérdida de la creencia: el individuo seguía siendo miembro de su nación, de su clase, portador de una ética del trabajo y del sentimiento de obligaciones hacia los miembros del grupo.
La capacidad de acción colectiva era fuerte, quizá multiplicada. A eso lo llamo “estado zombi” de la religión. El nazismo correspondía a ese estado zombi, de ahí, por desgracia, su eficacia económica y militar.
Podría completar esta explicación religiosa de la ideología con una explicación de la propia religión, influida por estructuras familiares subyacentes, desigualitarias en Alemania e igualitarias en la Cuenca parisina.
Pero podemos conformarnos aquí con una continuidad del protestantismo al nazismo y del catolicismo a la Revolución francesa.
Volvemos a encontrar protestantismo en el trumpismo. Hallamos entonces la desigualdad, asociada a la negrofobia. Ya no estamos, sin embargo, en el estado zombi de la religión, sino en su estado cero: La moral común ha desaparecido.
La eficacia social ha desaparecido. El individuo flota, particularmente en esa Norteamérica de estructura familiar nuclear absoluta, individualista y sin reglas familiares tradicionales de herencia bien definidas. Cabe esperar, por tanto, otra cosa como ideología trumpista: la desigualdad, siempre, pero menos estabilidad en el delirio, oscilaciones brutales que no provienen, fundamentalmente, del cerebro de un presidente vulgar y vicioso, sino de la propia sociedad.
La capacidad de acción colectiva, económica y militar está, por fortuna para nosotros, muy disminuida.
Advirtamos en el caso del trumpismo el surgimiento de formas pseudorreligiosas nihilistas que incluyen una reinterpretación obscena de la Biblia, como la glorificación de los ricos. Aunque es bastante más débil que el nazismo en su dimensión racista, el trumpismo va más lejos en cuanto a inmoralidad económica.
El nazismo era simple y explícitamente anticristiano. El trumpismo se pretende religioso pero a la manera de un culto satánico, por inversión de valores. El mal es el bien, la injusticia es la justicia. Hitler no era más que el Führer, guía del pueblo alemán hacia su martirio; Trump no es Satán, pero sospecho que para sus fans satanistas su gorra roja es la del Anticristo.
En el caso del lepenismo no existe ningún legado desigualitario protestante. Ahí reside el verdadero misterio del Reagrupamiento Nacional: xenófobo, nació en tierra católica. Peor aún, sus primeras zonas de fuerza, en la fachada mediterránea y en la Cuenca parisina, fueron las de la Revolución: igualitarias en el plano familiar y descristianizadas desde el siglo XVIII. Entonces, ¿desigualitario el RN? ¿Igualitario? Misterio para nosotros; probablemente también para sí mismo.
Su rechazo al otro resulta de un igualitarismo perverso que exige una rápida asimilación de los inmigrantes, más que sentirlos como distintos por esencia. Sobre todo, el RN, fuertemente determinado por el rechazo a los inmigrantes e incluso a sus hijos, no deja por ello de ser llamado sin cesar a la tradición igualitaria francesa, porque sus electores detestan a los ultrarricos y a los poderosos —en suma, a nuestras élites imbéciles— y no solo a los inmigrantes.
Por eso la unión de las derechas cuesta tanto en Francia. Bajo una forma u otra, la unión de los oligarcas y del pueblo (blanco) contra el extranjero no plantea problemas ni en Estados Unidos, ni en el Reino Unido, ni en Escandinavia, donde fuerzas populares conservadoras y derechas clásicas se entienden fácilmente. En Francia, la coalición de ricos y pobres contra el extranjero se escabulle.
No subestimemos, sin embargo, la potencial violencia de una xenofobia de cuño universalista. Muy bien puede devenir racismo. Si una persona piensa a priori que los seres humanos son en todas partes lo mismo y se topa con seres humanos portadores de costumbres diferentes, puede concluir perfectamente que no son humanos.
El RN es producto de un catolicismo cero, como la Revolución lo fue de un catolicismo zombi. Por eso no alumbrará ningún proyecto colectivo. Remito el examen detallado del RN y de su relación con el futuro a un próximo texto, ni impresionista ni expresionista, que consagraré por entero a la lógica interna y a la dinámica del caos francés.
Psiquiatría de las clases medias altas.
Paso ahora a una diferencia capital, que debería ser evidente para todos y recordada por los comentaristas políticos que nos remiten sin cesar a 1930 por su vocabulario. Comprender la dimensión religiosa o posreligiosa del hitlerismo, del trumpismo o del lepenismo presuponía conocimientos históricos que no podemos exigir a los politólogos de plató televisivo.
En cambio, sí podemos exigirles que sitúen socialmente las ideologías del pasado y del presente, que invocan sin descanso bajo el rótulo de extrema derecha. La diferencia entre pasado y presente aquí es muy clara.
El nazismo y los movimientos de extrema derecha de entreguerras encontraban su epicentro social en las clases medias y, particularmente, en las medias altas, amenazadas por el movimiento obrero, socialdemócrata o comunista. Estas clases medias estaban febriles, ocupadísimas en encerrar a sus mujeres y perseguir a los homosexuales.
Hoy, los movimientos llamados de extrema derecha encuentran, por el contrario, su epicentro en los medios populares, particularmente en un mundo obrero empobrecido, sacudido o destruido por la globalización económica, amenazado por la inmigración. Las clases medias de hoy, definidas en gran medida por la educación superior, están menos o incluso poco afectadas por la “extrema derecha”. Las clases medias altas, que combinan educación superior e ingresos elevados, están particularmente inmunizadas
Por esta razón prefiero hablar de conservadurismo popular antes que de extrema derecha. Su anclaje en el grupo de los dominados explica el carácter defensivo del conservadurismo popular. Su elector no se imagina conquistador de Europa o del mundo si piensa su propia vida como una supervivencia.
El verdadero error intelectual sería quedarse ahí. Sigamos avanzando; invirtamos incluso la problemática de la asociación entre ideología y clase.
Hemos comparado las ideologías del presente con las del pasado; comparemos ahora las clases del presente con las del pasado.
Ciertas clases medias europeas del periodo de entreguerras enloquecieron. El mundo obrero fue más razonable. Pero ¿son razonables las clases medias actuales, particularmente las medias altas? ¿Son pacíficas? ¿Cuáles son sus sueños?
Están locos. La construcción de una Europa postnacional es un proyecto de alucinado cuando se conoce la diversidad del continente. Ha conducido a la expansión de la Unión Europea —improvisada e inestable— en el antiguo espacio soviético. La UE es, de ahora en adelante, rusófoba, belicista, con una agresividad renovada por su derrota económica frente a Rusia. La UE intenta arrastrar a los pueblos británico, francés, alemán y tantos otros a una verdadera guerra.
¡Pero qué guerra tan extraña sería esa, en la que las élites occidentales habrían adoptado el sueño hitleriano de destruir Rusia!
La comparación por clases sociales nos permite, pues, una irrupción intelectual mayor. El europeísmo —y, por tanto, el macronismo— caen, por su agresividad exterior, del lado del nacionalismo, del lado de la extrema derecha de entreguerras.