Comencemos por la dimensión general del racismo o de la xenofobia.
El rechazo a un “otro” definido como exterior a la comunidad nacional, con niveles de intensidad muy variables, es común al hitlerismo, al trumpismo y al lepenismo. En el caso del hitlerismo y del trumpismo, es la noción de racismo, explícito o implícito, lo que comparten. Los judíos eran considerados por el nazismo como una raza, en sentido biológico.
Las personas negras, esa diana apenas disimulada del Partido Republicano trumpizado, también están definidas biológicamente. Al lepenismo, en cambio, solo podemos asociarle el concepto de xenofobia. Árabes o musulmanes se definen por su cultura. Una de las características de la obsesión francesa por la inmigración sigue siendo su fijación en el islam y su incapacidad para fijar como diana a los negros, cuya llegada masiva, sin embargo, es el elemento más novedoso del proceso migratorio.
La tasa de matrimonios mixtos de las mujeres negras es muy elevada en Francia; en Estados Unidos sigue siendo insignificante.
Un rasgo común a los “populismos” occidentales es, por supuesto, su rechazo a la inmigración: Reform UK, los Sverigedemokraterna (Demócratas de Suecia), AfD, Viktor Orbán en Hungría, Derecho y Justicia en Polonia, Giorgia Meloni en Italia, superan, como Trump o Le Pen, la prueba de ese denominador común. ¿Basta con esto para definirlos como de extrema derecha, en el sentido en que el nazismo y el fascismo eran de extrema derecha? No lo creo.
Una diferencia capital opone el populismo actual a la extrema derecha de tipo hitleriano o mussoliniano: el nazismo y el fascismo eran expansionistas, con el objetivo de proyectar al exterior la potencia del pueblo alemán (ario) o italiano (romano). Eran agresivos, nacionalistas, conquistadores. Se apoyaban en partidos de masas. Cuesta imaginar a los populistas actuales organizar desfiles al estilo de Núremberg.
Los aperitivos “salchichón y vino” del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen son ciertamente antimusulmanes pero, en fin, menos impresionantes que las ceremonias guerreras hitlerianas. ¿De Núremberg a Hénin-Beaumont? ¿De verdad?
El único populismo occidental que pasaría hoy al 100 % la prueba del expansionismo sería el de Netanyahu. Colonias en Cisjordania, genocidio de Gaza: establecer un vínculo entre hitlerismo y netanyahuismo es inevitable.
Las xenofobias francesa, británica, sueca, finlandesa, polaca, húngara, italiana son, a diferencia del nazismo y del fascismo, defensivas. No estamos ante pueblos que quieran conquistar, sino ante pueblos que quieren seguir siendo dueños en su propia casa. Por eso la dimensión cultural se impone hoy en Europa sobre la noción racial y por eso solo cabe hablar aquí de xenofobia.
Esta xenofobia es conservadora, ahí donde el racismo hitleriano era revolucionario por cuanto trastocaba la organización social. La noción de nacionalismo no se aplica, pues, a los populismos europeos actuales; tampoco la noción de extrema derecha, o entonces habrá que introducir oxímoros como “nacionalismo moderado” y “extrema derecha moderada”. Prefiero hablar de "conservadurismo popular".
Personalmente favorable a una inmigración controlada, debo admitir la legitimidad de esa xenofobia porque acepto el axioma de que un grupo humano portador de una cultura, consciente de existir como colectividad, en suma, un pueblo, tiene derecho a querer seguir existiendo. Concretamente: un pueblo puede controlar sus fronteras. El nazismo, con sus soldados instalados del Atlántico al Volga para sojuzgar o exterminar a otros pueblos, era algo completamente distinto
El trumpismo representa una forma mixta porque combina un elemento central defensivo, antiinmigración, con un fuerte potencial de agresión hacia el mundo exterior. No se trata propiamente de expansionismo.
Fue la expansión anterior del aparato militar estadounidense y el papel del dólar en la depredación imperial lo que hizo posibles los actos violentos trumpistas dirigidos contra otros pueblos y naciones: Venezuela, Irán, nosotros los pueblos súbditos de la Europa occidental, y por supuesto los árabes, con los palestinos como blanco principal. La integración progresiva de Israel en el Imperio, a partir de 1967, hace que en 2025 apenas pueda distinguirse el trumpismo del netanyahuismo.