EL PROCESO CONTRA DIMITROV
La primera campaña propagandística contra la URSS y el movimiento comunista internacional se inició con la quema del Reichstag en 1933, nada más subir los nazis al poder en Alemania. Estaba
perfectamente preparada: Dimitrov, dirigente de la Internacional Comunista, fue acusado del incendio y los nazis desataron un ofensiva publicitaria de dimensiones hasta entonces desconocidas. Hoy está probado que fueron los propios nazis quienes quemaron un Parlamento
que ya no les servía para nada, pero la primera campaña de intoxicación
demostró que la técnica funcionaba. El legendario
Partido Comunista alemán fue perseguido, su
secretario general Thaelmann encarcelado junto
con otros miles de camaradas que inauguraron los
primeros campos de concentración y, como luego
escribió Bertold Brecht, tras los comunistas fueron
los antifascistas y, finalmente, los judíos y muchas
otras víctimas del terror imperialista.
Era el primer ejemplo histórico de la nueva propaganda imperialista, basada en la estrecha unión de la policía política (la famosa Gestapo) y los medios de comunicación. Los nazis inventaron la figura del periodista-policía, una nueva estirpe de siniestros funcionarios al servicio de las más burdas mentiras. Goebbels resumió esta nueva técnica en una frase hoy conocida: "Una mentira que se repite un millón de veces acaba convirtiéndose en una verdad". Pero nadie reconoce que los comunistas
fueron los primeros en padecer la infamia sistemática de los
nazis.
LOS TROTSKISTAS SALEN A ESCENA
A aquella primera campaña de propaganda anticomunista le siguió otra,
con la leyenda de un supuesto genocidio cometido en Ucrania contra los
"campesinos" por la colectivización socialista. Según aquellas
informaciones difundidas por la Gestapo, la colectivización habría
supuesto una terrible catástrofe en la que millones de campesinos
murieron de hambre.
La colectivización del campo, un episodio más de la lucha de clases bajo
el socialismo en la URSS, como no podía ser de otra forma, corría
paralela a una fuerte polémica -también otra más- en el interior del
Partido bolchevique entre dos corrientes políticas opuestas. Triunfó la
línea marxista-leninista de continuar la construcción del socialismo que encabezaba Stalin, y
las posiciones derrotistas y claudicadoras que bullían en su seno fueron depuradas y
expulsadas del Partido.
La más conocida -pero no la más importante- de esas corrientes es la trotskista, un
movimiento insignificante inflado hasta la saciedad por la propaganda imperialista. En
realidad Trotski nunca formó parte del Partido bolchevique, hasta pocos días antes de la
revolución, cuando en plena efervescencia del movimiento de masas, se incorporó -como
tantos otros- a las filas bolcheviques a las que antes había combatido sin cesar.
Trotski fue admitido en la dirección del Partido y asumió importantes funciones tras la
Revolución como responsable del Ejército Rojo, en el que tuvo que ser destituido pocos meses
después, tras sus reiterados fracasos en la dirección de la guerra con los
contrarrevolucionarios. Fue sustituido en esa función por Stalin y a partir de ahí sus desvaríos
no cesaron. A pesar de ello, los bolcheviques demostraron una paciencia más propia de los
franciscanos que de los revolucionarios.
Tuvo que ser destituido de la dirección del Partido,
luego expulsado de él, luego expulsado de la URSS y, finalmente, ejecutado en México.
La burguesía imperialista siempre ha presentado esta lucha como una pugna personal por el
poder entre Stalin y Trotski y no como un aspecto más de la lucha de clases contra la
burguesía en el seno del Partido. Porque mientras Trotski volvió finalmente al lugar del que
había salido, a las filas de la reacción, Stalin siguió también donde siempre había estado: entre los bolcheviques. Así que la inmensa mayoría del Partido estaba por un lado, y Stalin con él, mientras por el otro estaban Trotski
y un reducido número de militantes que se podían contar
con los dedos de las manos.
Por tanto, la fama de Trotski proviene de su obstinada lucha contra los bolcheviques,
prolongada durante varias décadas, y del apoyo que a esa lucha le proporcionó la burguesía.
Trotski proporcionó al imperialismo algo muy valioso que éste no tenía: información de
primera mano, del mismo interior de las filas revolucionarias en las que se había infiltrado.
Esto dio un "tono" distinto a la campaña de infamias contra Stalin y el comunismo a través de un cúmulo de grupúsculos trotskistas que no eran más que el "caballo de Troya" del imperialismo camuflado entre algunos sectores estudiantiles o intelectuales. El nazismo nunca desperdició esta ayuda de los trotskistas en su guerra psicológica contra el movimiento comunista internacional.A su vez,los trotskistas se beneficiaron de los altavoces que el imperialismo les proporcionó en la prensa y la radio
DE GOEBBELS A HEARST
La característica común de las dos
primeras campañas de guerra psicológica
es que, no obstante su amplitud, no
trascendieron de las fronteras de la
Alemania nazi, salvo un cierto eco en la
prensa reaccionaria inglesa.
Es aquí donde surge la figura del magnate
de la prensa amarilla estadounidense
Hearst, que en 1934 viajo a Alemania,
donde fue recibido por Hitler como
invitado y amigo leal. A partir de entonces,
comenzó a abrir espacios en sus periódicos
para difundir artículos firmados por
Goering.
El descrédito y las presiones
populares le obligaron rápidamente a
suspender la difusión de tales artículos,
pero continuó "informando" acerca de la
URSS con materiales más refinados que la
Gestapo le remitía directamente desde
Berlín, alusivos a masacres, esclavitud,
presidios, etc.
Entonces la noticia estrella era el genocidio
en Ucrania a causa de las colectivizaciones,
campaña iniciada el 18 de febrero de 1935
en el periódico sensacionalista de Hearst
"Chicago American". A través de Hearst
la Gestapo avanzó las primeras cifras: 6 millones de muertos por hambre en Ucrania.
¿Qué hay de cierto en ello?
Ucrania era conocido como el "granero de Europa", un país agrícola muy rico, ambicionado
por Alemania y otras potencias imperialistas rivales como despensa alimenticia en sus
preparativos de guerra. Cuando en 1935 el PCUS promovió la colectivización, 120 millones de
campesinos pobres se levantaron contra los kulaks, unos 10 millones de terratenientes que a
través de los koljoses se habían enriquecido con el socialismo.
Se abrió un periodo de fuertes luchas en el campo, en toda la URSS. Los kulaks reaccionaron armándose y creando bandas que asaltaban a los campesinos pobres, incendiaban los graneros y destruían las cosechas.Surgió la escasez de grano y el hambre, lo que finalmente desembocó en epidemias, un fenómeno muy común en aquella época, ya que la penicilina no se inventó hasta la segunda mitad de los años cuarenta. Por ejemplo, en Europa occidental una epidemia de la llamada "gripe española"
causó 20 millones de muertos entre 1918 y 1920.
La colectivización, por tanto, no causó ningún estrago especial entre la población ucrania,
más que la propia del aplastamiento de la reacción kulak. Por el contrario, fue la
colectivización la que permitió el aprovisionamiento del Ejército Rojo y de los obreros
soviéticos en la guerra mundial que estallaría sólo seis años después. En la guerra mundial, los
kulaks supervivientes de la colectivización volvieron a Ucrania y colaboraron en la invasión
nazi,
privatizando las tierras de nuevo y asesinando a los
campesinos por millones. Pero de estas matanzas nada ha difundido el imperialismo.
ROBERT CONQUEST TOMA EL RELEVO DE LA GESTAPO
La guerra mundial no acabó con la URSS
como pretendieron las grandes potencias
imperialistas. Por el contrario, el socialismo
salió reforzado de la misma, obligando a una
nueva ofensiva de guerra psicológica para
encubrir su tremendo fracaso. Incapaces de
derrotar por la guerra al socialismo,
desataron una forma singular de agresión
permanente y larvada: la guerra fría
En Estados Unidos el senador McCarthy
inició una violenta campaña de persecución
contra los comunistas y cualquier asomo de
movimiento progresista que acabó
extendiendo por todo el mundo como una
fiebre de histeria. Desempolvaron los viejos
argumentos de la Gestapo y Hearst. En 1953,
financiado por los exiliados ucranios en
Estados Unidos, se publicó el libro "Los
sucesos negros del Kremlin"(1) en el que se
inventaban toda una serie de matanzas
truculentas en la URSS.
Pero el personajillo que se especializaría en esta tarea fue Robert Conquest, ex-agente de la
policía británica elevado unos años más tarde a profesor de la Universidad de Stanford en
California, que escribió en 1969 "El gran terror" y en 1986 "Cosecha de amarguras"(2).
Aquel mismo año escribió por encargo de Reagan un libro inolvidable cuyo título lo dice todo
acerca de su talla universitaria: "¿Qué hacer cuando los rusos vengan? Manual de
supervivencia".
La fuente de información de Conquest eran los kulaks ucranios que habían colaborado con el
Ejército hitleriano en la ocupación de la URSS y que los Estados Unidos acogieron después
como exiliados políticos. La mayor parte de esos ucranios eran criminales de guerra, como Mykola Lebed, jefe de seguridad en Lvov durante la ocupación nazi que colaboró en la persecución contra los judíos en aquella ciudad en 1942. En 1949 Estados Unidos le acogió como desinformador y comenzó a trabajar para la CIA.
Las siniestras conexiones de Conquest no fueron conocidas hasta que el periódico británico
The Guardian las desveló en un artículo publicado el 27 de enero de 1978. Los servicios
secretos ingleses habían creado en 1947 para la guerra fría un departamento especial
dedicado en exclusiva a la intoxicación periodística que se llamaba IRD (Information
Research Department), aunque su nombre originario era también bastante ilustrativo:
Communist Information Department.
Su tarea era combatir la influencia comunista entre el proletariado británico con noticias e informaciones inventadas, por medio de contactos en las redacciones de los periódicos y en las emisoras de radio, comprando noticias, sobornando a los periodistas, etc. Cuando en 1977 se disolvió por sus escandalosos contactos con los fascistas británicos, se comprobó que unos 100 periodistas conocidos de la prensa, radio y la televisión cobraban de sus presupuestos y que regularmente recibían "informes"
para su difusión.
Conquest fue agente del IRD desde los comienzos hasta 1956 y su tarea era escribir "noticias"
siniestras de la URSS para difundirlas en la prensa y la radio.
Su libro "El gran terror" no es
más que una recopilación de los artículos sensacionalistas que como agente del IRD escribió
durante años sobre la URSS. Una tercera parte de los libros fueron comprados por la
editorial Praeger que es la que habitualmente distribuye los libros de intoxicación de la CIA.
Y por su libro "Cosecha de amargura" Conquest cobró 80.000 dólares de los exiliados
fascistas ucranios.
LAS CIFRAS DEL GULAG
Según Conquest (y tras él toda la propaganda
imperialista) los bolcheviques mataron a 26 millones
de personas, con el siguiente desglose: 12 millones
de presos ejecutados entre 1930 y 1953 y otros 14
millones muertos de hambre en la década de los
años veinte.
También siguiendo sus cálculos, en 1950
había de 25 a 30 millones de presos en los campos de
trabajo soviéticos, de los que 12 de ellos eran
"presos políticos", o sea contrarrevolucionarios.
Añade que en las depuraciones de 1936 a 1939
fueron ejecutadas un millón de personas y otros dos
millones murieron de hambre. El resultado de estas
depuraciones serían 9 millones de "presos políticos"
y 3 millones de muertos.
Soljenitsin, un fascista-zarista que recibió el Premio
Nobel de Literatura(3) en pago a sus "servicios",
infló todavía más las cifras de Conquest. Según él,
los bolcheviques mataron a 110 millones de
personas: 44 millones en la II Guerra Mundial y
otros 66 millones desde la colectivización hasta la muerte de Stalin en 1953. Finalmente,
calculaba que en 1953 en los campos de trabajo había 25 millones de presos.
Estas son las cifras que luego la prensa imperialista ha reproducido millones de veces por todo
el mundo, por supuesto de fuentes "fidedignas".
LOS ARCHIVOS DEL KGB
Naturalmente, las conclusiones de la apertura de los
archivos secretos por Gorbachov en 1993 no han recibido
la misma dimensión informativa y sólo han alcanzado a
las publicaciones científicas restringidas. Las
conclusiones del estudio se han compendiado en 9.000
páginas redactadas por tres académicos rusos
(Zemskov, Dougin y Xlevnjuk) nada sospechosos de
simpatías stalinistas. Estas conclusiones han sido
reproducidas también por Nicolas Werth del CNRS
(Instituto Francés de Investigaciones Científicas) en la
revista "L'Histoire" en setiembre de 1993, y por J. Arch
Getty profesor de Historia de la Universidad de River
Side en California en la revista "American Historical
Review".
Todos los informes académicos son unánimes en desmentir la campaña tergiversadora.
En la URSS en 1940 existían 53 campos y 425 colonias de trabajo, los famosos "gulags". Se
diferenciaban porque las colonias eran más pequeñas y con un régimen penitenciario más
relajado que los campos y a ellas se destinaban los presos con condenas más reducidas. En los
campos y colonias los presos no estaban recluidos en espacios cerrados sino que trabajaban y
cobraban el mismo
sueldo que los demás trabajadores, sobre la base del principio de que los
presos no podían resultar una carga para la sociedad. Trabajaban durante su jornada laboral
(7 horas diarias) y luego debían recluirse en los recintos
cerrados y custodiados. En la URSS no había cárceles como las que conocemos aquí, en las
que impera la ociosidad: trabajar era una obligación para todos, y no un derecho. Imperaba
el conocido principio general de que "quien no trabaja no come".
En 1939 en los campos y colonias había un total de 2 millones de presos, de los que 454.000
eran contrarrevolucionarios. De ellos murieron 160.000 por causas diversas, especialmente
epidemias, enfermedades contagiosas y falta de medicinas. Después de la guerra, en 1950, el
número de contrarrevolucionarios presos subió a 578.000, pero el porcentaje de presos que en
total purgaban sus condenas nunca pasó del 2'4% de la población adulta de aquella época.