EL MITO DEL GULAG
La imagen actual de Stalin y de su etapa al frente de la URSS
ha sido objeto de una deformación sistemática, primero a
iniciativa de la propaganda hitleriana y luego al amparo de la
guerra fría. Indudablemente esa campaña, por más que se
haya probado su inconsistencia y absoluta falta de rigor
histórico, ha calado: Stalin es hoy sinónimo de terror,
persecución, genocidio y campos de trabajo.
No cabe duda: la burguesía tiene pánico a Stalin y ese temor
nos lo transmite a diario por todos los medios de intoxicación.
Las razones son obvias: el movimiento comunista
internacional alcanzó su fase de máxima pujanza
precisamente bajo Stalin; la situación llegó a ser tan crítica
para el imperialismo que realmente llegaron a temer su
desplome. Había que hacer algo, borrar la imagen gloriosa de
la Revolución de Octubre y de los bolcheviques e imponer una
nueva imagen de diseño,
plagada de tergiversaciones,
mentiras y falsificaciones históricas de lo más burdas.
Los imperialistas nos insistieron durante décadas que la apertura de los archivos secretos del KGB demostraría sus afirmaciones; Gorbachov ordenó abrir esos archivos en 1989 y los primeros informes completos con las conclusiones se publicaron en 1993. Estas conclusiones no han tenido el eco mediático que merecían, sin duda porque refutan plenamente la campaña intoxicadora que hemos padecido durante tantos años
EL PROCESO CONTRA DIMITROV
La primera campaña propagandística contra la URSS y el movimiento comunista internacional se inició con la quema del Reichstag en 1933, nada más subir los nazis al poder en Alemania. Estaba
perfectamente preparada: Dimitrov, dirigente de la Internacional Comunista, fue acusado del incendio y los nazis desataron un ofensiva publicitaria de dimensiones hasta entonces desconocidas. Hoy está probado que fueron los propios nazis quienes quemaron un Parlamento
que ya no les servía para nada, pero la primera campaña de intoxicación
demostró que la técnica funcionaba. El legendario
Partido Comunista alemán fue perseguido, su
secretario general Thaelmann encarcelado junto
con otros miles de camaradas que inauguraron los
primeros campos de concentración y, como luego
escribió Bertold Brecht, tras los comunistas fueron
los antifascistas y, finalmente, los judíos y muchas
otras víctimas del terror imperialista.
Era el primer ejemplo histórico de la nueva propaganda imperialista, basada en la estrecha unión de la policía política (la famosa Gestapo) y los medios de comunicación. Los nazis inventaron la figura del periodista-policía, una nueva estirpe de siniestros funcionarios al servicio de las más burdas mentiras. Goebbels resumió esta nueva técnica en una frase hoy conocida: "Una mentira que se repite un millón de veces acaba convirtiéndose en una verdad". Pero nadie reconoce que los comunistas
fueron los primeros en padecer la infamia sistemática de los
nazis.
LOS TROTSKISTAS SALEN A ESCENA
A aquella primera campaña de propaganda anticomunista le siguió otra,
con la leyenda de un supuesto genocidio cometido en Ucrania contra los
"campesinos" por la colectivización socialista. Según aquellas
informaciones difundidas por la Gestapo, la colectivización habría
supuesto una terrible catástrofe en la que millones de campesinos
murieron de hambre.
La colectivización del campo, un episodio más de la lucha de clases bajo
el socialismo en la URSS, como no podía ser de otra forma, corría
paralela a una fuerte polémica -también otra más- en el interior del
Partido bolchevique entre dos corrientes políticas opuestas. Triunfó la
línea marxista-leninista de continuar la construcción del socialismo que encabezaba Stalin, y
las posiciones derrotistas y claudicadoras que bullían en su seno fueron depuradas y
expulsadas del Partido.
La más conocida -pero no la más importante- de esas corrientes es la trotskista, un
movimiento insignificante inflado hasta la saciedad por la propaganda imperialista. En
realidad Trotski nunca formó parte del Partido bolchevique, hasta pocos días antes de la
revolución, cuando en plena efervescencia del movimiento de masas, se incorporó -como
tantos otros- a las filas bolcheviques a las que antes había combatido sin cesar.
Trotski fue admitido en la dirección del Partido y asumió importantes funciones tras la
Revolución como responsable del Ejército Rojo, en el que tuvo que ser destituido pocos meses
después, tras sus reiterados fracasos en la dirección de la guerra con los
contrarrevolucionarios. Fue sustituido en esa función por Stalin y a partir de ahí sus desvaríos
no cesaron. A pesar de ello, los bolcheviques demostraron una paciencia más propia de los
franciscanos que de los revolucionarios.
Tuvo que ser destituido de la dirección del Partido,
luego expulsado de él, luego expulsado de la URSS y, finalmente, ejecutado en México.
La burguesía imperialista siempre ha presentado esta lucha como una pugna personal por el
poder entre Stalin y Trotski y no como un aspecto más de la lucha de clases contra la
burguesía en el seno del Partido. Porque mientras Trotski volvió finalmente al lugar del que
había salido, a las filas de la reacción, Stalin siguió también donde siempre había estado: entre los bolcheviques. Así que la inmensa mayoría del Partido estaba por un lado, y Stalin con él, mientras por el otro estaban Trotski
y un reducido número de militantes que se podían contar
con los dedos de las manos.
Por tanto, la fama de Trotski proviene de su obstinada lucha contra los bolcheviques,
prolongada durante varias décadas, y del apoyo que a esa lucha le proporcionó la burguesía.
Trotski proporcionó al imperialismo algo muy valioso que éste no tenía: información de
primera mano, del mismo interior de las filas revolucionarias en las que se había infiltrado.
Esto dio un "tono" distinto a la campaña de infamias contra Stalin y el comunismo a través de un cúmulo de grupúsculos trotskistas que no eran más que el "caballo de Troya" del imperialismo camuflado entre algunos sectores estudiantiles o intelectuales. El nazismo nunca desperdició esta ayuda de los trotskistas en su guerra psicológica contra el movimiento comunista internacional.A su vez,los trotskistas se beneficiaron de los altavoces que el imperialismo les proporcionó en la prensa y la radio
DE GOEBBELS A HEARST
La característica común de las dos
primeras campañas de guerra psicológica
es que, no obstante su amplitud, no
trascendieron de las fronteras de la
Alemania nazi, salvo un cierto eco en la
prensa reaccionaria inglesa.
Es aquí donde surge la figura del magnate
de la prensa amarilla estadounidense
Hearst, que en 1934 viajo a Alemania,
donde fue recibido por Hitler como
invitado y amigo leal. A partir de entonces,
comenzó a abrir espacios en sus periódicos
para difundir artículos firmados por
Goering.
El descrédito y las presiones
populares le obligaron rápidamente a
suspender la difusión de tales artículos,
pero continuó "informando" acerca de la
URSS con materiales más refinados que la
Gestapo le remitía directamente desde
Berlín, alusivos a masacres, esclavitud,
presidios, etc.
Entonces la noticia estrella era el genocidio
en Ucrania a causa de las colectivizaciones,
campaña iniciada el 18 de febrero de 1935
en el periódico sensacionalista de Hearst
"Chicago American". A través de Hearst
la Gestapo avanzó las primeras cifras: 6 millones de muertos por hambre en Ucrania.
¿Qué hay de cierto en ello?
Ucrania era conocido como el "granero de Europa", un país agrícola muy rico, ambicionado
por Alemania y otras potencias imperialistas rivales como despensa alimenticia en sus
preparativos de guerra. Cuando en 1935 el PCUS promovió la colectivización, 120 millones de
campesinos pobres se levantaron contra los kulaks, unos 10 millones de terratenientes que a
través de los koljoses se habían enriquecido con el socialismo.
Se abrió un periodo de fuertes luchas en el campo, en toda la URSS. Los kulaks reaccionaron armándose y creando bandas que asaltaban a los campesinos pobres, incendiaban los graneros y destruían las cosechas.Surgió la escasez de grano y el hambre, lo que finalmente desembocó en epidemias, un fenómeno muy común en aquella época, ya que la penicilina no se inventó hasta la segunda mitad de los años cuarenta. Por ejemplo, en Europa occidental una epidemia de la llamada "gripe española"
causó 20 millones de muertos entre 1918 y 1920.
La colectivización, por tanto, no causó ningún estrago especial entre la población ucrania,
más que la propia del aplastamiento de la reacción kulak. Por el contrario, fue la
colectivización la que permitió el aprovisionamiento del Ejército Rojo y de los obreros
soviéticos en la guerra mundial que estallaría sólo seis años después. En la guerra mundial, los
kulaks supervivientes de la colectivización volvieron a Ucrania y colaboraron en la invasión
nazi,
privatizando las tierras de nuevo y asesinando a los
campesinos por millones. Pero de estas matanzas nada ha difundido el imperialismo.
ROBERT CONQUEST TOMA EL RELEVO DE LA GESTAPO
La guerra mundial no acabó con la URSS
como pretendieron las grandes potencias
imperialistas. Por el contrario, el socialismo
salió reforzado de la misma, obligando a una
nueva ofensiva de guerra psicológica para
encubrir su tremendo fracaso. Incapaces de
derrotar por la guerra al socialismo,
desataron una forma singular de agresión
permanente y larvada: la guerra fría
En Estados Unidos el senador McCarthy
inició una violenta campaña de persecución
contra los comunistas y cualquier asomo de
movimiento progresista que acabó
extendiendo por todo el mundo como una
fiebre de histeria. Desempolvaron los viejos
argumentos de la Gestapo y Hearst. En 1953,
financiado por los exiliados ucranios en
Estados Unidos, se publicó el libro "Los
sucesos negros del Kremlin"(1) en el que se
inventaban toda una serie de matanzas
truculentas en la URSS.
Pero el personajillo que se especializaría en esta tarea fue Robert Conquest, ex-agente de la
policía británica elevado unos años más tarde a profesor de la Universidad de Stanford en
California, que escribió en 1969 "El gran terror" y en 1986 "Cosecha de amarguras"(2).
Aquel mismo año escribió por encargo de Reagan un libro inolvidable cuyo título lo dice todo
@XimoVCAT Con estas cosas no sé que pensar cuando tiran leche o frutas y hortalizas para subir precios (o eso dicen los mass que ya no sé cuándo creerles).
@XimoVCAT Sin duda la prensa sensacionalista británica haciendo de alcahuetes de pueblo antes y ahora. A mí me da que fue Hearst el que (primero) echó mano de los nazis y no al revés. Son normalmente estos magnates los que echan mano de los perros de presa.