/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
Si alguna vez te quedas sola en una estación de tren japonesa cuando ya no queda ni el apuntador, no te fíes del silencio.
El silencio allí es mentira.
Lo que tienes que escuchar es el roce.
Un sonido rítmico, seco, como si alguien arrastrara carne y hueso contra el cemento: teke, teke, teke.
Es ella.
No tiene nombre, solo esa onomatopeya maldita.
Dicen que fue una chica que acabó partida por la mitad bajo las ruedas de un tren.
Ahora es un onryō, un espíritu que no busca justicia, solo busca compañía en su miseria.
Se mueve con los codos y las manos a una velocidad que no tiene sentido; da igual que corras o que vayas en coche, si te pone el ojo encima, te alcanza.
Si se te planta delante con esa mirada de quien ya no tiene nada que perder, te hará una sola pregunta: "¿Dónde están mis piernas?".
Ni se te ocurra dudar.
Ni se te ocurra decir que no lo sabes.
Si fallas en la respuesta, sacará una guadaña y te dejará como a ella, un tronco sangriento abandonado en la oscuridad.
Porque en el mundo de los muertos, la lógica no existe, solo existe el eco de un trauma que se repite cada noche bajo las luces de neón.
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